martes, 21 de enero de 2025

Pastores dabo vobis.

Pastores dabo vobis 

Os daré pastores según mi corazón (cf. Jeremías 3,15). 

Estos son tiempos complejos para ser sacerdote. La figura del sacerdote se ha vuelto hoy anacrónica en no pocos contextos. La mayoría de las personas de nuestro tiempo no sólo están completamente ausentes de la práctica religiosa, sino que ya ni siquiera tienen que ver con la cuestión de Dios. Viven, en su inmensa mayoría, "como si Dios no existiera", y no sienten ningún malestar por ello. 

A Dios no se le cuestiona, simplemente se le ignora. Los éxitos de la ciencia y la tecnología adquieren un carácter sagrado y absoluto, hasta el punto de convertirse en la "nueva religión". Los sacerdotes pueden parecer sencillamente irrelevantes. 

La pregunta que surge entonces es: ¿hay todavía espacio para la misión del sacerdote? La respuesta es, en mi opinión, positiva. No cabe duda de que hay también una necesidad religiosa presente en la conciencia de las personas contemporáneas, a menudo latente, que hay que hacer aflorar pacientemente, testimoniando sobre todo, no sólo individual sino comunitariamente, la actualidad de la propuesta evangélica. 

En este nuevo contexto, hay tres prioridades que el sacerdote podría vivir. Las esbozo sin más. 

La primera es la capacidad de identificarse con las situaciones existenciales de la gente, compartiendo sus alegrías y trabajos cotidianos. Tu ropa, querido sacerdote, debe oler más a pueblo y no tanto a incienso. 

La segunda prioridad es la elección de un estilo de vida sobrio, la renuncia a todas las tentaciones de poder, para conquistar esa libertad interior que te permite ser plenamente solidario con el mundo de los pobres y comprometerte en su liberación. Hermano sacerdote, vive como un pobre, ama a los pobres, deja que los pobres te enseñen. 

La tercera prioridad es, finalmente, la recuperación de una espiritualidad auténtica, no formal o devocional, sino marcada por una fuerte tensión mística, capaz de interpretar la necesidad de trascendencia que también hoy habita en el corazón de muchos de tus contemporáneos, y convertirse así en testigos creíbles del misterio de Dios. Querido sacerdote, déjate consumir por la pasión anhelante de Dios, y ninguna otra pasión humana te devorará. 

Estas son las condiciones que el sacerdote de este tiempo podría poner en la base del ejercicio de su ministerio, y que, cuando se cumplen, pueden dar más y mejor eficacia a la acción pastoral, es decir, a la capacidad de transparentar la novedad y la belleza del mensaje evangélico. 

Por mucha energía, inteligencia y tiempo que dediques al Evangelio, te darás cuenta por el camino de que el ministerio más doloroso de un ministro ordenado de Dios es caminar con la gente cuando se aleja de la Iglesia, de vuelta de todo o de casi todo, y rechaza sus enseñanzas. 

En el centro de tu vida como presbítero debe estar el arte de la conversación. Debes ser alguien a quien le guste hablar con los demás, especialmente si no están de acuerdo contigo. Necesitas confianza para hablar y humildad para escuchar. Esto es especialmente difícil en nuestra sociedad, que está perdiendo el arte de relacionarse con personas que piensan de manera diferente. 

La conversación es la única manera de anunciar a Jesús, la Palabra del Padre, el Dios con nosotros, es decir, el diálogo de Dios con la humanidad. Cualquier otra forma corre el riesgo de caer en la ideología. Todo el Evangelio de San Juan es una conversación tras otra. 

Jesús era un hombre de conversación, ¡sobre todo con la gente difícil! La primera pregunta que podríamos hacernos como presbíteros es la siguiente: ¿con quién debemos hablar mientras caminamos por la calle? ¿Quiénes son las personas que huyen de la Iglesia con las que podemos caminar? 

Los algoritmos de Google y Facebook nos guían hacia personas afines. La sociedad occidental corre el riesgo de hacerse tribal. Vivimos en salas de eco con personas de ideas afines. No caigas en la tentación de sentirte apoyado y rehén de la camarilla de siempre. Las mejores conversaciones abrazan y se deleitan en la diferencia. 

Además, los presbíteros estamos llamados a vivir en la tensión entre las convicciones de la Iglesia y los problemas del mundo. 

Ninguno de nosotros podrá encontrar el equilibrio perfecto. Algunos de nosotros seremos más naturalmente personas de la institución eclesial y tendremos una adhesión instintiva al Magisterio. Otros encuentran su ministerio en las periferias, identificándose con la gente de los márgenes, los de fuera. Algunos son Pedro, la roca; otros son Tomás, el incrédulo. 

¿Qué puedo decirte cuando te encuentras en el umbral de esta vertiginosa aventura que yo mismo confieso que aún no he comprendido del todo? ¿Qué consejos puedo darte, suponiendo que quieras consejos míos? Los resumiría en sólo dos palabras: autenticidad y sinceridad. Sé auténtico y sincero. Siempre, eso sí, con quien sea y donde sea. 

Sé auténtico y sincero ante todo con Dios: porque, de lo poco que sé de Él, he aprendido que no le gustan los poetas de corte, los amigos de Job, los que sólo rezan citando a algún gran autor, pasado o presente, como si no tuviera mente y corazón propios. Además, he comenzado a entender, si fueras mujer, ¿te gustaría que tu amado te hablara sólo con palabras ajenas? No olvides que la oración es un encuentro cuerpo a cuerpo con Dios, a veces una lucha, otras veces un abrazo amoroso. 

Dios es fuego devorador, torrente impetuoso, madre solícita, médico y maestro que te conducirá a la cruz y al sacrificio. Sé sincero con Él. Hasta el punto de protestar, que ciertas protestas a veces son oraciones, hasta el punto de gritarle cuando te lleve (y te llevará, créeme) disgustado por tu misión, sin ocultar tus dudas y temores. Confiésale sin miedo todos los movimientos de tu corazón, incluso los más imperceptibles y secretos. 

Sólo así descubrirás que sí, que el fuego, el desierto, el torrente son realmente tus amigos, pero sólo lo son después de que tú te hayas dejado quemar, secar y abrumar por ellos. Sólo entonces descubrirás la alegría insensata e impensable que pende de la cruz, sólo entonces conocerás la inmensa paz que se extiende en el corazón que se ha dejado quebrantar. La paz que brota de haber crucificado el propio egoísmo y haber puesto todo de uno mismo al servicio del Amor. 

Sé auténtico y sincero contigo mismo: los mayores males de la vida espiritual provienen de enmascarar y hasta de negar la realidad. Llama a tus pecados y tentaciones por su nombre, sólo así podrás sanarlos y descender a las profundidades de tu alma para encontrar en ella la luz que te resucitará. 

Sólo bajo el precio de una verdad despiadada podrás abrir la trampilla que te separa del agua viva que murmura en tu interior. 

Reconoce la verdad de lo que te hace feliz y no temas a tu humanidad. Ama apasionadamente, canta con toda tu voz, llora fuerte y ríe aún más fuerte, ten el valor de arriesgarlo todo siempre, porque bebes de una fuente inagotable y nunca te faltarán fuerzas. Si no tienes el valor de comenzar una batalla… pide la gracia para terminarlas todas. 

Muchos se hacen la ilusión de que para parecerse a Dios hay que intentar ser como los ángeles. En cambio, mi experiencia me dice que los que quieren parecerse a los ángeles acaban más bien pareciéndose a un fantasma incorpóreo, sin fondo, sin forma, sin color. 

No tienes un cuerpo, eres un cuerpo. Y tu cuerpo lleva consigo todo un mundo de olores y sensaciones y pasiones que son entonces el color y la belleza de la vida. Aprende a hacer de ellos la cítara de tu alabanza. Nunca las niegues, aunque te hagan daño. No huyas de la ola, cabálgala con valentía si quieres dejarte llevar por ella. 

Se auténtico y sincero con las personas, especialmente con aquellos que te serán confiados. Nuestro papel como presbíteros es ante todo revelar y descubrir el rostro del Señor. Debemos ser ese rostro y ver ese rostro en aquellos que nos son confiados. Cada ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, nos ofrece un atisbo de ese rostro que deseamos. 

La gente de hoy necesita desesperadamente la verdad, orientación en sus elecciones, iluminación en su confusión, la palabra de un maestro, pero no te aceptarán como maestro a menos que sepan que pueden confiar en ti, y no confiarán en ti a menos que llegues a su mente pasando primero por su corazón. 

Y al corazón no se le puede mentir. Sólo hablando desde tu corazón podrás hacerte entender por aquellos que te escuchen. 

Jesús nos advierte en el Evangelio: "El que quiera ser el primero, que sea servidor de todos". No cedas al autoritarismo incuestionable, no te sientas poseedor de la verdad, no te dejes atrapar por el afán de ser siempre servido y venerado. 

Desgraciadamente, éstas son tentaciones que siempre nos acechan a los sacerdotes. Tenemos la tentación de buscar nuestra propia realización conquistando espacios de notoriedad relevante, es decir, de afirmación y de dominación. A veces recurrimos a nuestras propias fuerzas y logros. 

Son tentaciones naturales, casi ineludibles, con las que tienen que lidiar todos los que tenemos autoridad, poder de jurisdicción, etc. Sin embargo, no faltan "vacunas" para curarse de estas enfermedades y distorsiones del alma. 

No hay nada en la vida de Jesús que haga pensar en un hombre de poder: ni las condiciones de vida privilegiadas, ni las insignias y connotaciones con las que se rodeaba la autoridad en su época. Incluso ante los que habían venido a arrestarle, Jesús no reaccionó de forma temeraria y violenta, sino que "se entregó a ellos". 

Querido hermano sacerdote, aprende a "entregarte" a todos sin máscaras, sin asumir tonos de sermón, desarmado de todo autoritarismo, disponible a escuchar, sin esconder tus fragilidades, como sueñen hacer los niños tomados como ejemplo por Jesús. 

No tengas miedo de mostrarte débil y herido si lo estás, no es a ti mismo a quien debes guiarles, sino al único Salvador que es Jesús, así que no es a ti a quien deben confiarse, sino a Él. Tú eres el guía, no la tierra prometida, y por eso sólo se te pide una cosa: que conozcas el camino y guíes sin vacilar por ese camino. De hecho, si eres débil y estás cansado, esto será a veces una ventaja, porque te hará comprender mejor el cansancio y la debilidad de las personas que te han sido confiadas. 

Si aprendemos a leer los rostros en toda su complejidad humana, veremos el rostro de Dios cien veces y muchas más al cabo de cada día. Si nos atrevemos a salir de nuestras profundidades, de modo que nos sintamos sin palabras, el Espíritu Santo nos dará qué decir, aunque nunca lo sepamos. 

En cuanto a tu vida, no te engañes a ti mismo queriendo siempre gobernarla, ordenarla, dirigirla a toda costa. En cambio, entrégate a la vida, momento a momento, déjate sorprender, asombrar y llevar por ella, y te darás cuenta de cuánto menos ansiosamente y con qué espíritu de verdadero y gozoso servicio podrás vivir no sólo para ti mismo, sino también para todos los que te rodean. 

Te repito lo que escribe el Apóstol Pablo en su primera Carta a Timoteo: Guarda cuidadosamente lo que se te ha confiado. 

Y ahora te pido que me bendigas, amigo y hermano en el ministerio ordenado sacerdotal. Que la frescura de tu gracia sacerdotal me inunde a mí y a todos aquellos a quienes amas y sirves. Ten una buena aventura y mantén en el corazón no tanto ser un sacerdote perfecto sino un sacerdote feliz. Con el único fin de hacer felices a los demás dando gratis lo que gratis has recibido. Mis mejores deseos para una vida cristiana y sacerdotal plena, es decir, bella y buena: fuente de santificación para los demás porque en ello te juegas tu propia santificación. 

Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas (cf. Juan 10,11). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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