Pensar en los supervivientes
Desde el punto de vista medioambiental, el mundo camina sonámbulo hacia la catástrofe. Así se leía en el informe de la decimocuarta edición del Foro Económico Mundial en 2019. Las catástrofes ecológicas y sus consecuencias vinculadas a fenómenos meteorológicos extremos representan el principal riesgo y la peor amenaza a nuestra supervivencia. El documento ‘Informe sobre riesgos globales’, elaborado tras el Foro Económico Mundial, destacaba el alto riesgo de desastres naturales, que son extremadamente peligrosos también en términos de consecuencias futuras y perjudiciales para la humanidad. De hecho, en la naturaleza todo está conectado. Seguramente la concienciación sobre las amenazas es importante. Sin duda. Pero debemos actuar ahora.
Muy a menudo los términos "catástrofe natural" y "desastre natural" se utilizan como sinónimos; sin embargo, las dos nociones son distintas. Los desastres naturales son acontecimientos impredecibles (o al menos difíciles de predecir) que, dada su escala, escapan al control humano. Las catástrofes naturales, de las que hemos sido testigos, directa o indirectamente, en estos días en España, han demostrado la insuficiencia de las medidas de seguridad de nuestros gobiernos, así como la magnitud y el peligro desproporcionado de los riesgos a los que estamos sometidos pero que, sin embargo, estamos acostumbrados. A menudo nos han sorprendido de repente con problemas tristemente conocidos pero ignorados, cuyas causas vienen dañando nuestro planeta desde hace mucho tiempo. Además, en los últimos años ha habido un aumento significativo en la frecuencia y potencia de todos los desastres naturales.
Los desastres ambientales, por otra parte, implican una combinación de causas tanto naturales como antropogénicas. Los desastres ambientales pueden ser causados por eventos hidro-meteorológicos (inundaciones, tormentas, olas de calor y frío), eventos geofísicos (terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, deslizamientos de tierra) y eventos biológicos (epidemias, contaminación); pero la acción o inacción humana también influye en la aparición de estos fenómenos. Los responsables de los desastres medioambientales son difíciles de identificar ya que cada uno de nosotros, cuando realizamos acciones cotidianas como encender la calefacción, contribuye a aumentar, aunque sea ligeramente, el efecto invernadero.
Aquel mencionado ‘Informe de Riesgos Globales’ del 16 de enero de 2019 encontraba que el mayor problema, tanto en términos de impacto como de probabilidad de ocurrencia, es el cambio climático. En el informe publicado por el ‘Foro Económico Mundial’ participaron alrededor de 1.000 expertos, comprometidos a evaluar las catástrofes medioambientales que afligirán al planeta a corto plazo y durante un período de diez años. El macroproblema del cambio climático trae consigo terribles consecuencias, como fenómenos climáticos extremos, pérdida de biodiversidad y degradación ambiental de bosques, mares y océanos.
La esperanza es que esta conciencia sobre el cambio climático pueda traducirse en acciones concretas y tangibles. No basta con reconocer los peligros causados por el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. La comunidad científica ha sido y está siendo meridianamente clara: ahora se necesitan acciones urgentes y sin precedentes. Todavía podemos salvar nuestro Planeta de la deriva destructiva y trágica que ya está modificando el clima y los equilibrios naturales.
Como cada vez más gente sabe, más vale prevenir que curar y la invitación a recurrir a la prevención se repite tras las noticias sobre las muertes (y demás daños que son siempre hasta ‘secundarios’ respecto a las muertes) que tanto publican los medios de comunicación.
Sin embargo, y siendo realistas, también es cierto que así como no todo se puede predecir al detalle, tampoco todo se puede prevenir siempre. Las causas del riesgo, a menudo amplificadas en la dinámica natural por acciones humanas imprevistas, son muchas y variadas. Y el riesgo depende no sólo de la posibilidad de que se produzca un acontecimiento catastrófico, sino también, a veces sobre todo, de la vulnerabilidad de la zona expuesta.
Por lo tanto, el riesgo, al estar estrechamente relacionado con la posibilidad de medir los daños, se refiere casi exclusivamente al hombre, sus asentamientos y sus actividades productivas. En consecuencia, el riesgo se ve amplificado por los niveles de antropización del territorio expuesto.
Todo asentamiento humano que quiera abordar el problema de forma racional debe ante todo evaluar la peligrosidad de su territorio en relación al riesgo o riesgos a los que está expuesto. Para ello también resulta de gran utilidad el uso de documentos históricos y de archivo, y la aplicación de metodologías estadísticas a los datos obtenidos. De esta forma es posible determinar con cierta aproximación los intervalos de tiempo promedio (también llamados períodos de retorno) con los que un determinado fenómeno tiende a repetirse.
El censo de todo lo construido por el hombre, y de sus características constructivas, permite evaluar la vulnerabilidad del territorio ante la ocurrencia de estos eventos. La estimación económica de los daños previsibles, realizada sobre la base de la vulnerabilidad del entorno construido y del uso del territorio no construido (agricultura, pastoreo u otros), junto con la estimación de la pérdida relativa de vidas humanas, finalmente nos permite dar una evaluación global del riesgo al que está expuesta la comunidad en cuestión por un evento natural específico.
Con estos datos disponibles, la comunidad puede decidir si el riesgo así calculado es superior al que está dispuesta a aceptar y, si la respuesta es afirmativa, debe tomar medidas que devuelvan el riesgo a los límites que se consideran aceptables. Al no poder interferir con el peligro y la probabilidad de que ocurra un riesgo, la planificación urbana y territorial debe intervenir diligentemente sobre la vulnerabilidad.
Por otra parte, un fenómeno natural potencialmente calamitoso como una Dana no debe verse únicamente como un desastre que hay que sufrir o del que hay que escapar. Durante miles de años ésta era la única solución posible, pero hoy en día está cada vez más extendida la conciencia de poder convivir con muchos fenómenos naturales reduciendo su peligrosidad. Y, dado que, como hemos visto, gran parte de la gravedad de los efectos de un evento natural depende de la presencia de los seres humanos y sus productos materiales e inmateriales, también debemos reflexionar sobre una categoría particular de riesgo que es la de riesgo aceptable. El concepto de aceptabilidad puede parecer desagradable, pero es cierto.
En definitiva, en un planeta frágil y vulnerable como la Tierra y cuya vulnerabilidad aumenta con el cambio climático, el problema no es sólo cómo prevenir y defenderse, sino también ¿qué hacer después del desastre?
Hay dos respuestas y se enmarcan en los conceptos (y prácticas) de resiliencia y adaptación, conceptos y prácticas que tienen que ver con la física y la biología pero que son perfectamente aplicables a la humanidad.
La resiliencia es la capacidad de un material para resistir impactos repentinos sin romperse y volver a su forma original. Eso sí, no todos los materiales tienen esta posibilidad y no todos de la misma forma. Pero si lo “material” es humano y, por tanto, del campo de la física entramos al de las ciencias sociales, ¿qué pasa con el ser humano tras un shock traumatizante? ¿Después de un desastre natural? Las reacciones son diferentes; la reconstitución del estado original (resiliencia) se da de diferentes maneras y en diferentes momentos y consiste en la capacidad humana de afrontar las adversidades de la vida, superarlas y salir transformado o incluso fortalecido.
En primer lugar, la reacción es diferente si el shock golpea a sujetos "preparados". Los sujetos, es decir, que habiendo vivido ya la experiencia, tienen la percepción de ella, "saben de qué se trata". Una Dana en California, Cuba, España, Mozambique, Filipinas…, tiene efectos diferentes, profundamente diferentes, sobre los habitantes habituales de estas zonas geográficas y sobre los que residen en otras zonas no susceptibles de una Dana y se encuentran allí por casualidad. Lo mismo se aplica a otros desastres naturales y/o provocados por el hombre.
La percepción de riesgo, basada en las experiencias vividas, es un discriminante importante para determinar los tiempos y métodos de resiliencia. Y, a diferencia del material "físico", es posible que el material humano no se recupere por sí solo. Necesita ayuda. Después de una Dana, no sólo se reconstruyen las casas: a veces es más difícil reconstruir mentes, conciencias perturbadas, a veces conmocionadas por el acontecimiento.
En conclusión, es importante introducir el concepto de resiliencia como un elemento más de la gestión del riesgo durante y después de un suceso.
Pensar en los supervivientes. Este concepto nació en Estados Unidos de América y se volvió a hablar de él con especial atención después del desastre de las torres gemelas. Pero el problema siempre está vivo y acecha porque surge el día después de cada desastre: especialmente después de los desastres naturales.
El excepcional número de víctimas en hechos como el atentado a las torres gemelas; los terremotos, los tsunamis, los huracanes,…, aunque muy alto, subestima la realidad porque no toma en cuenta el "víctimas supervivientes", de supervivientes de acontecimientos desastrosos. No se tiene en cuenta, es decir, a aquellos que durante años tendrán en sus ojos y en su mente la explosión de las fuerzas de la naturaleza.
El objetivo de quienes proponen esta "ayuda" es no perder la memoria de las víctimas, ser un punto de referencia para los supervivientes y un estímulo para las instituciones con recursos, denuncias preventivas y controles.
Es un objetivo importante, pero si la recuperación de la memoria es sobre todo importante para evitar que determinadas catástrofes vuelvan a ocurrir, para los supervivientes también existen otros problemas ligados a la forma en que superan la catástrofe. Es, de hecho, lo que se llama "capacidad de resiliencia" la que nos permite reaccionar ante situaciones de sufrimiento.
El abordaje y el debate en profundidad sobre la resiliencia son de un carácter exquisitamente socio-psicológico y conciernen al comportamiento del ser humano como respuesta al sufrimiento desencadenado por un evento doloroso.
Pero no son sólo los seres humanos los que se enfrentan a este problema tras un acontecimiento traumático. También lo son la economía, la sociedad en su conjunto o una comunidad más pequeña; es política internacional o local. El medio ambiente y el territorio también pueden serlo, y lo son especialmente después de un acontecimiento calamitoso.
En conclusión, la resiliencia puede considerarse una práctica cuya preparación da por sentado que un evento se manifiesta con su carga de peligro y que después de haber causado daños y víctimas, no sólo quedan los daños por "reparar" y los destruidos reconstruidos, sino que quedan por recuperar a los supervivientes de su vida anterior.
Las personas de las zonas afectadas por la Dana saben a partir de ahora que, con cierta probabilidad (y quizá cada vez hasta con un poco más de frecuencia en un indefinido futuro), viven en zonas de extrema vulnerabilidad y enorme exposición a este riesgo. No es que haya que abandonar esos territorios. Pero sí hay que adaptarse a esta situación. Y este es un ejemplo que concierne "sólo" a unos pocos millones de los miles de millones de habitantes de la Tierra. Se podrían hacer otras para otros casos con números "pequeños". Pero hay una situación que podría afectar a la Tierra en su totalidad y a todos sus habitantes. Es el fenómeno, llamémoslo así, de los cambios climáticos a cuyas consecuencias nos adaptamos o nos extinguimos.
El término adaptación en biología se refiere a la capacidad que tienen los organismos vivos de cambiar sus procesos metabólicos, fisiológicos y de comportamiento, permitiéndoles adaptarse a las condiciones del entorno en el que viven. La historia de la vida en la Tierra es la historia de la adaptación al medio ambiente. A través de una serie de mutaciones y selecciones, las especies vegetales y animales se han adaptado continuamente al entorno cambiante, encontrando cada vez las soluciones adecuadas para sobrevivir en los climas más diversos. Los que no se adaptaron se extinguieron.
Luego, hay una especie -la humana- que ha decidido modificar esta tendencia intentando adaptar el entorno a sus necesidades. Lo hace desde hace al menos doce mil años y, paradójicamente, por la forma en que ha llevado a cabo este proceso durante los últimos cien años, corre el riesgo de extinguirse. A menos que consiga adaptarse a las situaciones cambiantes que ha provocado forzando a la naturaleza, que no quiere saber nada de ello.
El cambio climático causado cada vez más evidentemente por el comportamiento humano es el ejemplo más apropiado. Si, por ejemplo, siguiera acumulándose en la atmósfera una cantidad intolerable de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, sería inevitable el desencadenamiento irreversible de esa cadena de acontecimientos que va desde el aumento de las temperaturas hasta el derretimiento de los glaciares y el aumento de los niveles de mares y océanos, hasta el hundimiento de tierras costeras. Es decir, o los prolegómenos o el meollo de la sexta extinción.
Entonces, ¿cuál puede ser el papel de la adaptación con respecto a las condiciones externas cambiantes? El objetivo es doble: no extinguirse y adaptarse a vivir de la mejor manera posible, en el mejor de los mundos posibles. En este sentido, el concepto de adaptación puede “adaptarse” mejor y entenderse como la capacidad que tienen los organismos vivos -los seres humanos, en este caso- de sobrevivir en un entorno que cambia continuamente, de forma más o menos predecible. En biología esta variación es también causa y resultado de la selección natural. No lo es ni debería serlo (pero el riesgo no es remoto) en el caso de una "población" de seres humanos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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