martes, 7 de enero de 2025

Recreándose en la creación.

Recreándose en la creación 

El desierto, el lugar donde por definición no hay nada, es en realidad una gran bendición. Para nosotros, que quizá nos acercamos a él por primera vez, es un reto y una apuesta. Un reto porque el entorno es hostil, duro, inhóspito. Una apuesta porque, en el desierto, Dios ha atraído a su pueblo, como dice el profeta Oseas, para enamorarlo de nuevo, como un prometido que desea estar a solas con su amada. Esta es la experiencia que buscamos, con la Palabra como guía, que nos permitirá descubrir muchas cosas… en el desierto. 

En primer lugar, el desierto es un lugar adecuado para poder saborear el sentido de la creación. En efecto, en el desierto, en la experiencia concreta de su ausencia o en los raros oasis que se encuentran, se pueden apreciar mejor los múltiples aspectos del mundo que nos rodea, desde las plantas al agua, a los animales, al otro que está a nuestro lado, que a menudo damos por descontado. 

El desierto es entonces el lugar adecuado para redescubrir lo que es esencial y lo que no lo es; es finalmente el lugar adecuado para redescubrir, en el silencio de todas las cosas, quiénes somos realmente, escuchando la voz de Aquel que es nuestro Padre. 

La lectura y la oración de la Palabra en el desierto nos ayudan, por tanto, a redescubrir la belleza y la bondad de los muchos dones que el Creador nos ha dado, empezando por el más precioso de todos: la vida. 

En el desierto se nos permite reconocer y alabar los muchos dones que Dios nos ha dado, especialmente el de ser su imagen y semejanza. En el desierto recibimos la gracia de disfrutar de la imaginación y generosidad del Creador. 

«En el principio» la primera palabra de la Biblia y del libro del Génesis no fue elegida al azar. En el principio no significa tanto en el principio, sino en el origen, que también podríamos traducir como en la profundidad. Lo que ocurre en el principio es lo que ocurre siempre, es la realidad tal como Dios la concibió y quiso ayer, hoy y mañana. Es el primer regalo que Dios nos hace al abrirnos su corazón: quiere que conozcamos cómo quiso y pensó el mundo con el hombre y la mujer en su cumbre. 

«La tierra estaba desierta y sin forma». Quienes escribieron estos pasajes para describir el punto de partida de la creación tenían en mente lugares como el desierto, donde la tierra parece no tener forma y donde no hay vida, sólo calor y polvo. Este lugar también puede ser un símbolo para describir cómo nos encontramos muchas veces. A veces nos sentimos como en un desierto, vacíos, sin vida, envueltos en un abismo de oscuridad y caos. Pueden ser las preocupaciones, las enfermedades, los fracasos, las muchas ocasiones en que nos encontramos sumidos en la confusión. Pues bien, como hizo «en el principio», Dios sobrevuela hoy nuestro caos con su Espíritu, no para dejarnos solos, sino para decirnos su palabra: «Hágase la luz». Dios no quiere dejarnos en la confusión, sino que quiere iluminar nuestra vida, poner orden en el caos, separando los elementos como hizo en la creación. 

«Dios dijo»: la fuerza de Dios consiste en su palabra, no tiene ejércitos, no es como el emperador del mundo elevado a la enésima potencia. La suya es una fuerza suave, no violenta, que se expresa en la palabra, en el Logos como dirá el prólogo del evangelio de Juan. También nos dirige su palabra, que habla a través de los sentimientos que suscita en nosotros: deseos de armonía, de bondad, de compartir la alegría. Su palabra es creadora precisamente porque es humilde y respetuosa con toda la vida. 

«Y vio Dios que era bueno»: es un estribillo que se repite a lo largo de los días de la creación. A veces tenemos la tentación de pensar que algo en nosotros está mal, que estamos mal hechos. Dios nos invita a tener su mirada sobre el mundo: una mirada de admiración y bendición. Nos invita a redescubrir la capacidad de observar, nos exhorta a no ser peregrinos distraídos en el camino de la vida, a ser capaces de captar todo lo que es bello, bueno y verdadero. 

«Dios hizo el firmamento y lo separó». La creación tiene lugar mediante una obra de separación, un principio de orden y armonía. Sin separación entre los diversos elementos sólo hay confusión e indeterminación. Dios quiere poner orden en la creación, así como en nuestras vidas, ayudándonos a separar los distintos elementos. 

En la cúspide de la creación, Dios colocó a la pareja humana, el hombre y la mujer, llamados a ser «su imagen y semejanza». A diferencia de todas las demás culturas antiguas, en las que la imagen de Dios se confiaba o bien a los astros, como el sol para los egipcios, o bien a animales considerados más poderosos, como el toro o el león, en la Biblia Dios se confía a los seres aparentemente más frágiles de todos: el hombre y la mujer. 

Con este gesto, que él mismo califica de «muy bueno», quiere darnos a entender muchas cosas. La más importante es que no es como a veces nos lo imaginamos: un soberano poderoso, ajeno al mundo. Al contrario, la imagen más eficaz para intentar comprender quién es y cómo piensa es precisamente el amor entre un hombre y una mujer. Un amor que está llamado a la misión más difícil: hacer de la diversidad armonía, sin destruir ni subyugar al otro, como desgraciadamente ha sucedido a menudo a lo largo de la historia. En segundo lugar, Dios invita a la pareja humana a ser sus representantes en la creación, a tener una relación positiva con los bienes, a no distorsionar su uso. Y, por último, bendice su unión, confiándoles la fascinante tarea de transmitir la vida y difundir así el amor. 

Finalmente, Dios deja de crear y descansa en el «séptimo día». Este día en el que aparentemente no se hace nada es el más importante porque en él se revela el propósito de la creación que tuvo lugar en los otros seis. Es el descanso, la fiesta que implica la relación con los demás y con el Creador. De hecho, es necesario recordar, al cesar las actividades de la semana, quién las quiso y por qué, de lo contrario se pierde el sentido y se puede caer en la tentación de pensar que fuimos nosotros quienes lo creamos todo o creer que la creación se hizo a sí misma o por casualidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Y tú, ¿quién eres? - San Mateo 3, 13-17 -.

Y tú, ¿quién eres? - San Mateo 3, 13-17 -   ¿Quién es este Hijo de Dios?   Juan el Bautista quiere impedir que Jesús sea bautizado por él....