Reducir, adelgazar, racionalizar estructura eclesial
El Papa Francisco, allá por mayo de 2013, y dirigiéndose a la Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, presentó a los obispos italianos tres factores de preocupación:
1.- la disminución de las vocaciones,
2.- la pobreza evangélica y la transparencia en la Iglesia,
3.- y la reducción o concentración de diócesis.
En esta reflexión me gustaría centrarme en la tercera de estas preocupaciones. Aparentemente podría parecer la cuestión más técnica y organizativa, pero la resistencia que conlleva es una clara imagen de una representación social de la Iglesia que lucha por ser superada, representación de la que también se derivan consecuencias en relación con otros aspectos de la pastoral y la evangelización.
Hablar de representaciones sociales es reflexionar sobre una visión históricamente definida, portadora de un sistema de valores y creencias propio de un determinado grupo social, que influye en nuestra capacidad de encontrar soluciones alternativas ante las dificultades que nos toca afrontar. Influyen en nuestra percepción de la realidad, en nuestra capacidad de comprenderla y de actuar en consecuencia.
Se podría considerar una de las casi 70 diócesis españolas a modo de ejemplo. Tenemos una realidad -no importa si la diócesis es grande o pequeña- estructurada en órganos internos (jurídicos, administrativos, de coordinación,…) y oficinas pastorales. El número y volumen de todo ello depende del tamaño de la diócesis y de su complejidad.
Pongámonos en la tesitura de una diócesis mediana-pequeña que empieza a tener escasez de sacerdotes, pero que sin embargo tiene un número considerable de oficinas, tantos directores como sacerdotes -que son a la vez párrocos de una o varias parroquias, a veces profesores etc.-; de hecho rara vez nos encontramos con directores laicos -con un sacerdote como asistente espiritual-, salvo en algunos contados casos que suelen ser excepcionales.
Uno puede imaginarse la dificultad para muchas oficinas, a menudo sin equipo de apoyo, de poder realizar un servicio significativo que no sea la realización de los actos anuales indicados por la Conferencia Episcopal.
Todo esto se vive a menudo como una carga para el servicio pastoral de los propios sacerdotes directores. Y esto va en detrimento no tanto de la organización, repito, sino de la eficacia evangelizadora de la Iglesia diocesana y de su capacidad de implicar al territorio.
¡Lo pequeño no es hermoso! Porque lo pequeño no siempre equivale a un mayor cuidado de las realidades individuales, sino a ser pocos en el intento de conseguirlo todo sin tener los recursos para hacerlo adecuadamente, descuidando a veces ese mismo vínculo con el territorio que siempre se quiere proteger y que se plantea como justificación para mantener el statu quo.
Quizás no nos damos cuenta de que ya no estamos en una época de cristiandad madura, y la tierra que pisamos es ahora tierra de misión. Si somos tierra de misión, es comprensible que la estructura que mantenemos ya no sea la adecuada sino que condicione el empuje evangelizador y misionero que hoy se necesita.
Como dijo en su discurso de apertura de la Asamblea de Obispos de Italia allá por mayo de 2016: "En vuestra reflexión sobre la renovación del clero, el capítulo relativo a la gestión de las estructuras y de los bienes también forma parte del proceso: en una visión evangélica, evitad quedar lastrados por una pastoral de conservación, que obstaculiza la apertura a la perenne novedad del Espíritu. Conservar sólo lo que pueda servir para la experiencia de fe y caridad del pueblo de Dios".
Vivimos una fase de éxodo…, pero al atravesar el desierto hemos traído con nosotros la estructura de Egipto…
Esto provoca nostalgia, una paradójica nostalgia de la esclavitud, y la incapacidad de saborear una posible experiencia de liberación de un imaginario que ya no se corresponde con la realidad.
Una organización diocesana basada en un número elevado de oficinas pastorales era coherente con un contexto de cristianismo maduro, en la medida en que era el instrumento que actuaba para orientar una realidad que hoy, en no pocos caso, ya no existe. Hoy ya no se puede sostener una pastoral de especialización. Una pastoral de especialización no es misionera, sino que sigue tomando vida de una representación, y no de una realidad, generando fantasmas imaginarios.
Pero incluso una reflexión análoga se podría hacer, por ejemplo, sobre el número de parroquias en Pamplona. Pongo este ejemplo porque es la ciudad en la que yo vivo desde finales de agosto de 2022.
Cuando se responde que una reducción o una amalgama de diócesis o de parroquias provocaría una reducción de la proximidad de los pastores, un alejamiento de las personas y de las situaciones, una pérdida de identidad cultural del territorio -por recordar algunas de las objeciones que parecen plantearse-, se está reafirmando un modelo de presencia en el territorio que ya provoca estos problemas y que cada vez más, a falta de vocaciones -primera preocupación- para el ministerio ordenado, los generará.
Tantas veces nos enfrentamos a esta cuestión, como a tantas otras cuestiones, dentro de una lógica binaria, a menudo perdedora y ciega: si dejamos todo como está por ahora, evitamos crisis peores y podemos salir del paso con ajustes (pero ¿hasta cuándo, y qué pasará cuando sea demasiado tarde?); si hacemos el cambio, perdemos proximidad pastoral y la identidad particular de cada realidad. Esta lógica es perdedora de entrada, pero sobre todo conduce a una perspectiva errónea.
En su lugar, deberíamos preguntarnos: ¿cómo puede un territorio más amplio mantener vivas las relaciones de proximidad pastoral? ¿Qué determina la identidad y el sentido de pertenencia a una determinada realidad y cómo no perderlo en un contexto más amplio?
A la primera pregunta, está claro que la respuesta no puede encontrarse sólo en el clero presente en los territorios, sino en la activación de verdaderos procesos de corresponsabilidad o sinodalidad dentro de la Iglesia, implicando laicos, religiosos, familias,…, como pide el Papa Francisco.
A la segunda, el propio pontífice da la referencia invitándonos a reflexionar sobre la metáfora del poliedro: un modelo donde es posible que las partes no sean iguales y equidistantes del centro; donde la comunión acoge y vivifica las particularidades; donde la pertenencia y la identidad no se basan en el hacer, en las múltiples iniciativas, sino que es el cuidado de tres dimensiones juntas: cognitiva (discursos, reflexiones), mimética (gestos, ritos, prácticas compartidas) y narrativa (los relatos).
Estas tres dimensiones son las que definen la representación social. Por tanto, sólo interviniendo sobre las tres es posible orientar el cambio hacia nuevas visiones compartidas. Es decir, es posible pensar en modelos de presencia pastoral en el territorio que no sean sólo los que nuestra mente es capaz de concebir hoy... que suelen ser fundamentalmente la herencia del pasado siglo XX que, en buena medida, todavía era hasta un régimen de mayor o menor… cristiandad.
Lo que probablemente falta es un renovado bagaje simbólico, pero también y sobre todo un serio discernimiento que confíe no a nuestros miedos sino a la voluntad del Espíritu Santo el camino a seguir para superar nuestras inquietudes.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF
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