martes, 7 de enero de 2025

San Agustín, un mediador de la cultura y un maestro de la inquietud.

San Agustín, un mediador de la cultura y un maestro de la inquietud 

Agustín de Hipona es la figura seguramente más importante e influyente de la literatura cristiana latina de la antigüedad. Autor de una extraordinaria masa de escritos teológicos, filosóficos y exegéticos, marca una etapa fundamental en el diálogo entre el mundo clásico y cristiano para la cultura occidental. Su influencia en la historia de la literatura, sin embargo, se refiere sobre todo a los aspectos más vinculados a la dimensión existencial y humana, que encuentran expresión en la obra maestra de las Confesiones

La vida de Agustín aparece marcada por una constante inquietud y una búsqueda espiritual que sólo con su conversión a la fe cristiana podrá encontrar descanso. 

La producción literaria de Agustín es vasta. Y se le considera el mayor pensador cristiano de la antigüedad. Comparado con muchos otros autores de su tiempo, Agustín muestra aspectos de universalidad y profundidad tales que pueden percibirse en consonancia con cada época; los humanistas lo ven como un vínculo, un mediador entre el espíritu antiguo y el espíritu moderno. 

La inquietud que caracteriza su historia personal está también viva en sus reflexiones teológicas: el pensamiento de Agustín sobre las cuestiones de la gracia, la libertad, la predestinación… tendrá un profundo impacto en una época dominada precisamente por la inquietud espiritual como el Renacimiento, tal como inspirará la corriente del jansenismo y no dejará de interrogar a los filósofos y teólogos de todos los tiempos. 

Me quisiera fijar solamente en tres libros de San Agustín para tratar de mostrar lo que para mí es su permanente actualidad como mediador cultural y como maestro de la inquietud. 

De doctrina christiana: el mayor tratado de hermenéutica escritural en latín. Es una obra que se ve afectada por el debate sobre la validez de la cultura cristiana frente a la cultura pagana. Los detractores de la nueva religión se centran fuertemente en la inferioridad cultural de los cristianos y en la pobreza de herramientas lingüísticas y retóricas de sus textos, que tienden a favorecer los contenidos, devaluando los aspectos formales; los propios cristianos más cultos se sienten incómodos por la falta de una larga tradición cultural detrás de ellos. En De doctrina christiana Agustín responde a la necesidad de adaptar los instrumentos tradicionalmente propios de la cultura pagana a la verdad de las Escrituras. 

La obra se divide en cuatro libros, los tres primeros dedicados a ‘invenire’, o a la búsqueda del sentido profundo de la Palabra de Dios, el cuarto a ‘proferre’, es decir, a la exposición del significado. En los libros II y III son especialmente interesantes las reflexiones sobre el lenguaje que Agustín realiza con singular modernidad, precisando el carácter convencional del signo lingüístico, así como la distinción entre signo icónico, que reproduce directamente lo que pretende significar (como en el artes figurativas), y el signo simbólico, que, como en el lenguaje, representa lo que quiere significar por convención. La importancia del libro IV reside, en cambio, en proponer la retórica como herramienta al servicio de las Escrituras y de la doctrina cristiana. 

Las Confesiones y el nacimiento de la autobiografía interior. La obra de Agustín que ha tenido un impacto más profundo en la historia de la literatura son sin duda las Confesiones. El título está lleno de significado, porque el término ‘confesio’ en latín cristiano no tiene un significado unívoco: puede entenderse como confesión de los pecados, profesión de fe y anuncio y alabanza de la grandeza de Dios: todos estos aspectos, unidos por la idea de habla abierta y sincera (la parresía de los griegos) que surge de lo más profundo del alma, están presentes en la obra de Agustín. 

Las Confesiones decretan el nacimiento de un nuevo género, el de la autobiografía interior: la estructura no corresponde a la de una obra biográfica en sentido estricto, ya que el objetivo no es contar los acontecimientos de la propia vida de forma exhaustiva, sino más bien la de reconstruir, a través de la selección de hechos significativos, la historia de la relación con Dios. La estructura refleja también esta tendencia dictada por la interioridad: los 13 libros de las Confesiones narran la infancia, la adolescencia y la juventud del autor hasta su conversión final (libros I-IX), mientras que en los libros posteriores (X-XIII) la reflexión y la meditación prevalecen sobre la dimensión narrativa. 

Los dos niveles, sin embargo, se superponen y se interpenetran continuamente y la riqueza de la obra reside precisamente en esta duplicidad; incluso los episodios, aparentemente de poca importancia, relacionados con la infancia y la adolescencia, son una oportunidad para meditar sobre la pequeñez del ser humano y la grandeza de la misericordia divina, porque cada acontecimiento de la propia existencia es leído por Agustín a la luz de un continuo diálogo interno que encuentra en Dios su interlocutor privilegiado. Al volver sobre el camino de su propia alma, Agustín se convierte en un investigador de la psicología humana en un sentido más general, explorando -un hecho inaudito en la literatura cristiana anterior- los tormentos, las ansiedades y las miserias de la existencia. 

Precisamente porque la obra constituye la narración de un viaje interior, el espectro de consideraciones y temas que en ella se abordan es muy amplio; sin embargo, es posible identificar algunas cuestiones cruciales: por ejemplo las reflexiones sobre la gracia, la predestinación y el libre albedrío, pero también sobre la naturaleza de Dios, sobre el mal y sobre por qué el ser humano se siente a menudo fatalmente atraído por él. La presencia de las Sagradas Escrituras es constante, especialmente en los tres últimos libros, en los que se exalta la grandeza de Dios a través de la exégesis del primer capítulo del Génesis; también se presentan temas filosóficos, que ya son objeto de las reflexiones de los pensadores paganos: la memoria (libro IX) y el tiempo (libro X) son fundamentales. 

La dimensión novedosa de las Confesiones afecta también al estilo y a las formas expresivas: Agustín muestra originalidad y eficacia en la interpretación de los movimientos internos, no sólo por la autenticidad de la experiencia, sino también gracias a su profundo conocimiento del arte retórico. Gracias a la capacidad del autor para comunicar su propio universo emocional, las Confesiones representan sobre todo un modelo y una referencia constante en los siglos futuros para todo relato auténtico de interioridad. Son un ejemplo de lo que es una carta abierta del ser humano a Dios. 

De civitate Dei: La ciudad del hombre y la ciudad de Dios, el diálogo con el mundo pagano. Si desde un punto de vista literario las Confesiones son la obra de Agustín destinada a dejar la huella más profunda en los siglos siguientes, el escrito fundamental del obispo de Hipona desde el punto de vista del pensamiento, el resultado filosóficamente más elevado de su producción es quizás el De civitate Dei. 

En el fondo hay un acontecimiento histórico trascendental: en 410, el saqueo de Roma por los visigodos de Alarico arrasa la Roma pagana y cristiana al mismo tiempo; de hecho, nos encontramos ahora en la era del cristianismo triunfante, pero también en el período de un renacimiento pagano contemporáneo. Si bien Roma ya no es el centro del poder político desde hace algún tiempo, sigue siendo el lugar simbólico del pasado pagano. Ante la gravedad del momento, tanto paganos como cristianos se preguntan sobre las razones profundas de este flagelo. 

En este contexto, Agustín creó una obra monumental que aspira a ser la respuesta exhaustiva del cristianismo a las exigencias del paganismo. En 22 libros, De civitate Dei se estructura en una primera parte de refutación del paganismo (libros I-X), a la que sigue una parte de exposición de los principios de la religión cristiana. 

La idea subyacente es el contraste irreductible entre la "ciudad del hombre" y la "ciudad de Dios". Agustín explica la génesis de las dos ciudades en estos términos: "Dos clases de amor crearon las dos ciudades, es decir, la ciudad terrenal del amor propio, que llega al desprecio de Dios, y una ciudad celestial del amor de Dios". Las dos realidades son irreconciliables, pero destinadas a coexistir, ya que la ciudad de Dios vive necesariamente dentro de la terrenal, aunque esté plenamente terminada al final de los tiempos. Aunque Roma y su mito encarnan la imagen de la ciudad terrena, la clave para entenderlo no es la del contraste entre Imperio e Iglesia, porque el concepto de las dos ciudades no es de carácter político, sino existencial: quien pertenece a la Iglesia real no es necesariamente ciudadano de la ciudad de Dios, puesto que la pertenencia a esta última se juega en el plano de la adhesión interna a Dios. La obra que Agustín concibió con el objetivo de derribar los fundamentos del paganismo es también aquella en la que más se recupera la cultura pagana y se pone al servicio de la verdad cristiana; los clásicos que Agustín había conocido y amado en sus años de formación regresan, una parte integral del sistema enciclopédico de De civitate Dei. 

De San Agustín se aprende la introspección interior y la búsqueda de Dios a través de la razón y la fe

En el relato lucano de Emaús, el autor dice que Jesús les abrió la inteligencia (Lucas 24, 45). Jesús no nos da una capacidad cognitiva fuera de lo normal, una "superinteligencia", sino el don de otra sabiduría que viene de lo alto y que nos permite comprender, de manera experiencial, sapiencial, lo que ni el ojo vi ni el oído oyó (1 Corintios 2, 9)

Que el Señor nos conceda esta percepción intuitiva del misterio en un momento complejo como pudo ser el momento que vivió San Agustín. Porque la Iglesia sigue necesitando de estos mediadores de la cultura y de estos maestros de la inquietud. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

 

 

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