Sobre itinerarios y procesos… también en la designación de los obispos
En estos días sinodales nos llegaba la noticia de la necesidad de repensar itinerarios y procesos en la Iglesia católica y en un horizonte del actual Sínodo.
Uno ya comienza a estar acostumbrado, incluso también abrumado y saturado, por lo que considera “frases-queda-bien” tipo “titular-eslogan”. También en estos días sinodales. Y, a lo mejor, lo que hoy se espera no es tanto frases redondas y rotundas sino… actos "sinodales". Es decir, no tanto discursos ‘homiléticos’ y retóricos sino actuar con una actitud y un estilo más sinodal. No palabras sobre el Sínodo, sino palabras de hijos e hijas con espíritu realmente sinodal que nos ayuden y estimulen a vivir verdaderamente la eclesiología conciliar del Concilio Vaticano II en el presente y en el futuro.
Escuchamos y leemos expresiones como “itinerarios” y “procesos”. Y, si se trata de practicar la sinodalidad -y no solamente de hablar de ella- tal vez uno de los temas es re-pensar, siempre en clave más sinodal es el actual itinerario y proceso de elección y designación episcopal. Teniendo en cuenta la mayoría de edad de todo el Pueblo de Dios, y la eclesialidad de su “sensus fidei”, se pueden requerir de la Iglesia criterios de discernimiento, no indicaciones de nombres, para participar co-responsablemente en ese discernimiento.
Es una petición tan responsable como nada vaga. Una petición hasta normal -normal, obviamente, en una Iglesia que vive el Concilio Vaticano II: si no parece normal, es que no estamos ante una Iglesia conciliar-. Normal y, yo diría, muy moderada. Y es que las actuales modalidades de elección de los obispos en la Iglesia católica son también, se supone, una práctica, con su itinerario y proceso, que puede ser re-pensada. Quizá hasta se pueda recordar una de las «cinco llagas», en concreto es la cuarta de esas llagas mencionadas, de la Iglesia, señalada en el siglo XIX (¡hace casi doscientos años!), por el Beato Antonio Rosmini, entonces condenado por su franca audacia, pero luego visto como un profeta anticipador del Concilio Vaticano II, beatificado por el Papa Benedicto XVI el 18 de noviembre de 2027 y al que también se ha referido varias veces el Papa Francisco. Juan Pablo II rehabilitó la figura de Antonio Rosmini enumerándolo, en la encíclica Fides et Ratio, entre los pensadores más recientes en los cuales se realiza un fecundo encuentro entre el saber filosófico y la palabra de Dios.
Más allá de la referencia histórica a los primeros tiempos de las comunidades cristianas (aproximadamente desde la predicación de Jesús de Nazaret hasta el edicto de Constantino), es evidente que, en el siglo XXI, en esta época de cambio (y no sólo de cambio) que estamos viviendo, la reflexión y el cambio institucional, incluso en este aspecto, son necesarios y urgentes para la Iglesia católica, y de hecho ya deberían haberse producido. No se trata, por tanto, de ser «moderados»: necesitamos más coraje y más radicalidad evangélica. Y las decisiones de cambio radical no son mucho más allá aplazables.
En el régimen de la Cristiandad, y limitando esos siglos al último período, desde el comienzo de la Edad Moderna hasta el siglo XX, es decir, cuando existía una sociedad que se creía enteramente cristiana, los dirigentes políticos -emperadores, reyes, príncipes, gobiernos, ministros- se inmiscuían -en la medida en que se consideraban titulares de un deber/poder «cristiano» frente a la Iglesia- en la vida eclesial interna y condicionaban (o imponían) el nombramiento de los obispos. Para salir de esta «plaga» podían seguirse dos caminos, cada uno analógicamente paralelo a los dos diferentes procesos en marcha para modernizar el poder político: el camino de la centralización o el camino de la participación democrática. El primero fue el camino que se siguió realmente -con el paso fundamental de 1917, cuando se promulgó un Código de tipo centralista para regular el derecho canónico-, centralizando, valga la redundancia, todo el poder en el Papa y en la Curia romana. El segundo era el camino en el que pensaba Antonio Rosmini.
Luego, entre las dos guerras mundiales, ante el desafío mortal que supusieron para la Iglesia los regímenes totalitarios (especialmente el nazismo de Hitler y el comunismo de Stalin, pero más sutilmente y a pesar de los Pactos de Letrán también el fascismo, cada vez más nazificado), la Iglesia adoptó también una forma totalitaria, atrincherada a la defensiva, auto-protectora, con los pontificados de Pío XI y Pío XII. Pero, tras la caída del fascismo y del nazismo, y con el advenimiento de los regímenes democráticos, esta estructura institucional centralizada de la Iglesia, que persistió, creó malestar y produjo dinámicas contradictorias. El Concilio Vaticano II inició la superación de cierto absolutismo, centralismo, totalitarismo eclesial romano. Pero el proceso ha tenido sus altibajos, aún no se ha completado, y el anacronismo (existencial incluso más que institucional) de algunas permanencias totalitarias parece cada vez más chocante e incomprensible para las nuevas generaciones. Todavía podía aceptarse en presencia del comunismo. Pero tras el hundimiento de la URSS ya no puede justificarse. Al contrario, la Iglesia católica corre el riesgo de ser percibida -de forma exagerada, pero no del todo errónea- como el último de los totalitarismos. Fuera de tiempo, al menos, en el continente europeo.
Escuchamos y leemos mencionar itinerarios y procesos en una perspectiva sinodal de la Iglesia. Éste puede ser, yo creo que lo es, un proceso e itinerario que hay que re-pensar, y siempre en una clave más sinodal. Y, tal vez incluso, es uno de los puntos más urgentes de cambio necesario porque el episcopado ofrece un gran servicio a la Iglesia católica y también porque principalmente y sobretodo de él suele depender el éxito de las iniciativas eclesiales como lo es, por ejemplo, el actual Sínodo. Quizás este tema es todavía demasiado moderado para las actuales necesidades históricas y las que, presumiblemente, van a ser las futuras. Pero quizá demasiado audaz, para la actual timidez -al menos aparente- de una no pequeña parte, y también decisiva por ser la decisoria, de la Iglesia católica.
Desde hace ya unos años pienso que una desacralización de la Iglesia puede ser un auténtico ejercicio, por evangélico, de santificación. Y en este ejercicio hay que discernir una plaga actual de la Iglesia, paragonando aquellas formuladas por el Beato Antonio Rosmini, es la exclusión total de los laicos de ciertos ámbitos y temas de la corresponsabilidad de la Iglesia. El principal síntoma de ello ha sido un clericalismo que está bien representado no sólo por algunos clérigos sino a veces con la misma vehemencia por laicos neoconservadores que están en busca de un origen que nunca existió. Este clericalismo se manifiesta en el hecho de que el sujeto de la Iglesia es un clero sacralizado (y unos pocos políticos creyentes y partidarios, incondicionalmente subordinados al clero). En esta lógica, los laicos debían permanecer excluidos de ciertas responsabilidades hacia la Iglesia, y desde aquí se entiende que el Pueblo de Dios no tenga posibilidad de tener voz en la elección de sus obispos -como tampoco en las vocaciones presbiterales-.
El Papa Francisco, en su comprensión de la santidad, está evidentemente en línea con la tradición del Evangelio, el Concilio Vaticano II y también del Beato Antonio Rosmini. Continúa subrayando que la santidad se encuentra en los pobres, los emigrantes y los marginados. Habrá que ver si su pontificado, y el actual Sínodo de los Obispos, tienen un efecto duradero en relación con una reforma de la Iglesia en el sentido de la santidad o si el clericalismo auto-sacralizador -sacudido por la dimisión de Benedicto XVI, en la medida en que desacralizó el oficio papal- será finalmente más fuerte.
El futuro de la Iglesia católica, sumida en una profunda
crisis en muchas partes del mundo, como proclamadora universal del Evangelio
depende, en cualquier caso, de una concepción de la santidad tal como expresada
en el texto de Antonio Rosmini, De las
cinco llagas de la Santa Iglesia. Dicho de otra manera, dependerá sobretodo
de pensar e instaurar otros itinerarios y procesos también en su gobernanza.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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