Una cultura cristiana, una Iglesia, una teología… irrelevantes
Partamos de una simple observación: la devaluación de la cultura por parte de la Iglesia y del mundo católico. Es un fenómeno universal y transversal, que afecta a obispos, sacerdotes y religiosos, pero también a los laicos. Es muy raro leer pronunciamientos del magisterio que aborden el tema, y es difícil encontrar, por ejemplo, parroquias que inviertan tiempo y dinero en crear iniciativas culturales. Esta es una limitación que los católicos hemos tenido en las últimas décadas: ha habido una especie de borrachera de activismo y sociologismo a partir de los años 1970.
En mi opinión, haber ignorado y subestimado el mundo de la cultura por parte de los cristianos fue uno de los pecados más graves, especialmente en el período de posguerra. Hay grandes responsabilidades que se manifestaron durante el siglo XX y, en mi opinión, ésta es también una de las causas profundas del fracaso del cristianismo en occidente.
En los últimos años se han realizado investigaciones sobre el cristianismo en occidente. Se han gastado tantas palabras. Y se seguirán gastado. Como éstas que yo escribo. Todo cierto, pero ciertamente hubo un espacio que fue totalmente abandonado por nosotros los cristianos pensando quizás sólo en política o en la sociedad en general. El fracaso ha sido grave, muy grave.
No pretendo dar lecciones a nadie y menos aún repetir páginas del pasado mejor escritas que éstas. Sólo quiero reiterar una vez más un concepto clave para la presencia histórica del cristianismo en Europa y Occidente: el de la importancia de la cultura.
Como lo fueron las primeras comunidades cristianas, en mi opinión es necesario aceptar dos desafíos: la primacía de la cultura -y el redescubrimiento del inmenso patrimonio teológico del cristianismo- y la conciencia de que la evangelización hoy se va a realizar a través de lo bello y lo bueno.
Por este motivo creo, y lo vuelvo a decir, ante el terrible analfabetismo religioso de nuestra gente, incluidos los católicos y en particular los jóvenes, toda la Iglesia debería promover una iniciativa de gran alcance para superar el grave estado actual de estancamiento de la cultura católica: se devalúa la cultura y se hace coincidir el compromiso social sólo con la caridad.
Pero la fe cristiana no se expresa fuera de la cultura (o de las culturas) y es necesario un nuevo imaginario de fe que atraiga a los jóvenes. Y sin cultura no es posible. Esta es, en mi opinión, la primera tarea de la Iglesia, al menos en cociente: redescubrir la cultura. Sin cultura no hay cristianismo pero también sin cristianismo no hay cultura, al menos en Occidente.
¿Debería la Iglesia abandonar Occidente ahora destinado a una secularización completa? ¿Y resignarnos a que el calendario cristiano, con sus fiestas y ritos, se transforme en un calendario compuesto por fiestas laicas y consumistas como las que hoy se reducen a Navidad o Semana Santa?
Vamos viendo cómo el aporte numérico al cristianismo hoy en el mundo proviene de lo que fueron las periferias, África, Asia y América del Sur, y es necesario e indispensable que el aporte de las Iglesias jóvenes sea valorado y considerado, dejando detrás de ello está la creencia de que el cristianismo es sólo una expresión de la cultura occidental. Pero al mismo tiempo, no podemos tirar por la borda siglos de tradición y cultura. Pensemos en los efectos nocivos de la ‘cancel culture’, que tiene como objetivo en parte atacar símbolos y personalidades de la cultura cristiana.
También debemos poder salir de un complejo de inferioridad que nos afecta a los cristianos desde hace muchos años, un complejo de inferioridad por el que sucedió que un autor cristiano apenas tenía derecho a participar en la plaza del debate cultural. Esto se debió en parte a la arrogancia de una cierta cultura secularista, pero también a una incapacidad por nuestra parte de ser conscientes de la fuerza y la originalidad de nuestra propia cultura. Tener una determinada cultura no es en absoluto un hándicap, no es en absoluto una condición de inferioridad de entrada, al contrario debe ser algo que nos dé fuerza, teniendo entonces presente la capacidad de saber comunicarnos con todos, incluso aquellos que están más distantes.
Y hay otro elemento que los cristianos debemos recuperar y es la capacidad de sentir curiosidad por todo, esa curiosidad que va de la mano de la pasión por la verdad, como decían los autores latinos: “Nada de lo humano es un extraño” como escribió Terencio, retomado más tarde por Séneca y varios otros. Esa curiosidad que nos hace capaces de abrir nuestros horizontes a todos los acontecimientos, a todas las culturas, sabiendo ver lo positivo allí donde se manifiesta, conscientes de que, como afirmó el Concilio Vaticano II, las semillas de la Palabra se manifiestan en todas partes, incluso donde no lo hacen.
Además, también lo escribió Santo Tomás. Es la curiosidad la que animó la apertura hacia todos los fenómenos culturales, de la ciencia a la filosofía, de las artes a la literatura, de la religión a las costumbres. Abriéndose al aporte de muchos autores no creyentes. Teniendo en cuenta que hoy muchas divisiones ya no tienen sentido, tras el derrumbe de muros e ideologías, así como me resulta repugnante ver el claro contraste entre católicos conservadores y progresistas.
Pero a estas razones, ya mencionadas varias veces, agrego otra: la falta de pensamiento teológico libre y provocador en las últimas décadas a nivel europeo. La teología católica se ha secado y el pensamiento católico ha perdido vitalidad. El mundo católico se ha hecho más pequeño. Como intelectuales y como católicos somos menos y sin duda menos brillantes, tenemos mucha menos influencia que en el pasado en los grandes debates contemporáneos.
Pero hay una responsabilidad de nosotros los cristianos, una verdadera "falta de cultura" teológica, filosófica y aún más histórica. Lo cual parece aún más grave en un momento histórico en el que el religioso experimenta en algunos casos un retraimiento identitario.
Se me permita un paréntesis. Muchas veces lo pienso. Sobre todo cuando hago retroceder mi pensamiento sesenta años: la presencia en el Concilio Vaticano II de los distintos Rahner, De Lubac, Schillebeeckx, Chenu, Danielou, Congar. Küng y podríamos seguir con otros grandes teólogos del siglo XX. Ciertamente a ellos les debemos buena parte de las constituciones conciliares esclarecedoras y fundacionales: de la ‘Dei Verbum’ a la ‘Lumen Gentium’, de los debates feroces a las revoluciones eclesiológicas. ¿Y hoy? Si es cierto que el Sínodo de la Sinodalidad no es el Concilio Vaticano II, ¿cuál es el lugar de la teología hoy? ¿Lo delegamos a las frías aulas de las facultades?
En el Concilio Vaticano II los teólogos fueron protagonistas. Ahora casi han desaparecido. La teología, sin ninguna presunción de superioridad cultural, intenta en última instancia dar voz a las demandas del pueblo. Tratar de que el grito, la protesta, la indignación se transformen en propuestas factibles, teorizables y en diálogo (incluso de manera franca, sin peros) con la institución, sin temor a alentar acciones relevantes, valientes, más de la época rayana en lo "canónico". La teología se nutre de controversias que no deben entenderse sólo como debates entre especialistas sino como verdaderos debates y aclaraciones de prácticas. La teología aporta vivacidad, conflicto y, en definitiva, síntesis más o menos equilibradas. ¿Y hoy? ¿Cómo se puede celebrar un Sínodo de la Sinodalidad sin teología? ¿Cómo se puede desarrollar un método sin incluir una disciplina como la teología que intenta crear síntesis? El riesgo es que la institución eclesial se limite a aceptar ciertas reclamaciones cuando son tan evidentes que ya ni siquiera será necesario reconocerlas. Necesitamos una militancia reflexiva, radical, sapiencial, profunda, a-ideológica y con visión de futuro: ¡bienvenida la teología! Hasta aquí el paréntesis a la teología.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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