martes, 7 de enero de 2025

Una sana laicidad según el Papa Francisco o el arte de vivir juntos.

Una sana laicidad según el Papa Francisco o el arte de vivir juntos 

¿Qué relación existe entre la fe cristiana y la razón? ¿Cómo puede la Iglesia católica comunicarse con la sociedad y, sobre todo, qué contribución puede dar a su construcción? Y de nuevo: ¿qué tipo de laicidad puede pretender la Iglesia? 

Seguramente a estas preguntas no se puede dar una respuesta "absoluta" y unívoca, que necesariamente seguirían siendo teóricas y abstractas y que ni siquiera los propios creyentes podrían formular; más bien, requieren ser comprendidos cada vez que se repiten dentro de un contexto específico, teniendo en cuenta las peculiaridades del momento histórico concreto de la vida del país, de la Europa de la que forma parte y de todo el mundo globalizado. 

Las palabras pronunciadas por el Papa Francisco sobre la “laicidad” en la sesión de clausura del Congreso “La Religiosidad Popular en el Mediterráneo” (https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2024/december/documents/20241215-ajaccio-congresso.html) pueden iluminar, en lo que respecta a los contenidos y más aún al método, el camino para abordar esta tarea: las siguientes reflexiones pretenden ser solamente una aproximación para releer esas palabras, tratando precisamente de comprender su valor, riqueza y profundidad. 

Incluso antes del contenido de las palabras del Papa, lo que suscita mi asombro y emoción es el hecho de presenciar una llamada al encuentro y diálogo auténticos. Y creo que esto es esencial. De este modo, se continúa y se profundiza el encuentro-diálogo entre dos tradiciones culturales que, en los últimos siglos, han sido la base de la construcción de Occidente: la cristiana-católica y la liberal-ilustrada, que los acontecimientos históricos han visto en ocasiones "una contra la otra", en un conflicto que a menudo se considera incurable, tal vez engañosamente con fines políticos. 

A lo largo de la historia, cada uno de los dos se ha presentado a través del símbolo de la luz: el de la fe y el de la razón, reivindicando a veces el monopolio del mismo y acusando al otro de oscurantismo. Pero los importantes pasos dados en ambas direcciones, en particular con la superación de la filosofía racionalista, por un lado, y la novedad del Concilio Vaticano II, por el otro, han conducido, incluso en momentos de intensa confrontación, a una situación en la que es necesario ciertamente reconocerse en el esfuerzo por encontrarse y dialogar sabiendo que van a emerger raíces comunes y puntos de convergencia. 

Sin querer archivar apresuradamente, ni tampoco simplificar, un pasado agotador, el protagonismo principal de este encuentro-diálogo debe estar animado por el auténtico deseo de "recorrer juntos un tramo de camino". Se trata de un punto de partida decisivo, fundamental, sin el cual ningún diálogo podría siquiera iniciarse, y que se basa en una verdadera ‘petitio principii’: la confianza en el interlocutor y en su honestidad intelectual, la voluntad de tomar en serio lo que dice y de cuestionar las propias creencias, sin asumir a priori una posición de superioridad. 

De hecho, cuando empiezas convencido de que ya sabes ante quién te encuentras - en este caso, respectivamente, un oscurantista supersticioso que representa a una institución o un cínico relativista sin Dios - y no dejas lugar a la posibilidad de sorprenderte, el diálogo ni siquiera puede comenzar. Durante mucho tiempo la crítica dirigida a la Iglesia católica, con razón o sin ella, fue precisamente el hecho de haber asumido esta posición, que por otra parte caracteriza a muchas personas que no buscan el diálogo porque creen saber con certeza inquebrantable lo que es la Iglesia y eso es lo que motiva a sus miembros. El diálogo se lleva a cabo "con cercanía fraterna": actitud nada obvia, dado que tradicionalmente el Santo Padre estaría más dispuesto a una "preocupación paternal". Esto también es un signo de una nueva manera de comprender y de ejercer el ministerio por parte del Papa Francisco y de creer en un diálogo sincero en el que nadie se ponga por encima del otro. 

El valor del diálogo y el rechazo del fundamentalismo son, al menos de palabra, peticiones ampliamente compartidas por amplios sectores de la sociedad. El Papa Francisco, en continuidad con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, asume sin embargo la carga de dar un paso más, reiterando que para el creyente el diálogo es una expresión íntima e indispensable de la fe, no un accesorio secundario. 

El Cardenal Martini diría que Martini que “cada uno de nosotros tiene dentro de sí un creyente y un no creyente, que se interrogan mutuamente, que continuamente se lanzan preguntas punzantes e inquietantes” -Reunión inaugural de la “Cátedra de los no creyentes”, Milán 1987-. Por tanto, creer no significa conformarse con certezas reconfortantes que anulan cualquier búsqueda, la experiencia de la fe tiene una estructura intrínsecamente dialógica y el diálogo ayuda a profundizar un poco más en su propia riqueza inagotable. Podemos incluso ir más lejos: la verdad misma, objeto último de todo diálogo verdadero, es logos, palabra intercambiada, relación: por tanto no es absoluta, en el sentido de algo "desconectado" o desprovisto de relación. 

La igualdad radical de los interlocutores es la condición para la posibilidad de un diálogo sincero y de la capacidad de cuestionarse. El profundo respeto por cada interlocutor y la sincera apertura al encuentro con las personas, vengan del camino que vengan, es la raíz de esa laicidad sana y constructiva que nuestra sociedad demuestra y que tanto necesita. 

La concepción, hoy ampliamente dominante, que opone la laicidad a un acto de fe es banalizante. Un creyente o un no creyente pueden ser laicos. Y por eso ambos pueden ser una expresión del dogmatismo más vacío. Laico no es aquel que rechaza, o peor aún, se burla de lo sagrado, sino literalmente aquel que se sitúa frente a ello. Confrontado en todos los sentidos: discutiéndolo, interrogándolo, interrogándose ante su misterio. Un laico es todo creyente no supersticioso, es decir, capaz, o más bien deseoso, de discutir cara a cara con su propio Dios, no asegurado a Él, sino colgado, suspendido de Su presencia-ausencia. Por eso es laico todo no creyente que se desarrolla sin absolutizar ni idolatrar jamás su propio punto de vista relativo, su propia reflexión o recorrido, y al mismo tiempo sabe escuchar la profunda analogía que lo vincula a la pregunta del creyente, a la agonía de este último. 

Cuando comprendamos el significado de laicidad con esta amplitud, entonces, y sólo entonces, podrá ser el valor sobre el que construir nuestra casa de Occidente, de Europa, de España. 

En esta casa común, el diálogo entre conciencias sobre todo se centrará en la búsqueda de soluciones a los problemas que nos afectan como hombres y mujeres, como ciudadanos y como miembros de una sociedad que experimenta sus dificultades: aquí aparecen cuestiones que nos dividen profundamente precisamente porque están igualmente profundamente cerca de nuestro corazón, como las de la protección de la dignidad de la persona, de la vida y de la familia, o la promoción de una sociedad más justa y la eliminación de las desigualdades, incluso las globales. 

El creyente debe participar en esta búsqueda - recuerda el Papa Francisco - cumpliendo la tarea de cada uno, cualquiera que sea la tradición de pensamiento a la que pertenezca: articular y encarnar en la justicia y la solidaridad, en el derecho y la paz, una vida cada vez más humana. Cada uno, de un modo laico, está llamado a hacer su parte argumentando, aportando su conocimiento y su experiencia. 

Esto significa que los cristianos tienen la responsabilidad de comprometerse, sin refugiarse en un espiritualismo incorpóreo; ni pueden pensar en imponer su propio punto de vista, sino que deben llevar a cabo su misión hasta el final, manteniendo vivo el sentimiento de esperanza que nos impulsa a hacer el bien a pesar de todo y mirando siempre más allá. En el compromiso con la ‘polis’, el desafío para los creyentes es poder ejercer el poder según las líneas de autoridad con las que Jesús fue dotado: no subyugar y atar, sino liberar, no dominar sino abrir oportunidades para la libertad. 

Por aquí va la sana y, por lo tanto, verdadera laicidad de la que también nuestro país y sobre todo como Iglesia, sólo podemos aprender. Si el magisterio de los gestos y si las palabras del Papa Francisco no se reciben como un estímulo para crear una cultura, una mentalidad y unas actitudes compartidas, los gestos y las palabras del Papa Francisco corren el riesgo de quedarse en un "espectáculo de un solo hombre". 

Para los católicos europeos en general, y también por ende españoles, las palabras del Papa Francisco -en ese mencionado discurso del pasado Domingo 15 de diciembre en su viaje apostólico a Córcega sólo pueden ser la señal de que ha llegado el momento de recorrer un largo camino junto con los demás componentes de nuestra sociedad. Esto requiere la voluntad de ampliar la gama de interlocutores para incluir a aquellos más alejados -y por lo tanto no sólo a los "ateos devotos". Sin menospreciar la dificultad de las dinámicas políticas concretas, que también son tantas veces de confrontación, un nuevo tiempo de diálogo exige volver a reflexionar sobre el significado de la mediación y de las "leyes imperfectas" y dejar de blandir la consigna, más que discutible, de la no negociabilidad aunque nada esté exento del preciso de la complejidad y de la dificultad. 

El Papa Francisco nos muestra que es posible estar presentes en la sociedad como creyentes y dialogar a partir de la fe "con cercanía fraterna", sin amenazar con interdictos o excomuniones, pero sin por ello disminuir o tirar por la borda el tesoro que proviene de la fe. De hecho, nos sigue mostrando que este es el verdadero camino para ser testigos de la Buena Nueva hoy. 

En realidad hay una idea nueva e importante de laicidad. El Presidente de Francia, François Hollande, la expresó en 2012, entregando la Legión de Honor a Émile Poulat, un pionero en el estudio de la laicidad: “La laicidad ya no es una doctrina, ya no es un dogma, no es la religión de quienes no tienen religión. Es el arte de vivir juntos” El reto hoy es vivir juntos de manera responsable: una nueva página en la historia de la laicidad, en gran parte por escribir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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