Venid, sentaos, tomad, comed y bebed
Tomad, esto es mi cuerpo.
En los Evangelios, Jesús habla siempre con verbos pobres, sencillos y directos: tomad, oíd, venid, id, marchaos; cuerpo y sangre.
Desconoce esas medias palabras cuya ambigüedad permite a los poderosos o a los astutos consolidar su dominio. Jesús es tan radicalmente humano, incluso en el lenguaje, que llega a Dios y lo comunica por las raíces, por gestos comunes, a todos. Sigamos la sucesión exacta de las palabras que recoge el Evangelio de Marcos: tomad, esto es mi cuerpo... En primer lugar ese verbo, nítido y preciso como un gesto concreto, como unas manos que se abren y se estiran. Jesús no pide a los apóstoles que adoren, contemplen, veneren ese pan partido, pide mucho más: "Quiero ser tomado por tus manos como un don, estar en tu boca como el pan, en lo más íntimo de tu ser como la sangre, hacerme célula, alimento, aliento, pensamiento tuyo. Tu vida".
He aquí el milagro, el latido, el propósito: tomar... comer... beber Convertirse en lo que se recibe.
Lo impactante reside en lo que sucede en el discípulo, incluso más que en lo que sucede en el pan y el vino: quiere que el cálido flujo de su vida corra por nuestras venas, que su coraje arraigue en nuestros corazones, que nos propongamos vivir la existencia humana como Él la vivió.
Dios en mí, mi corazón lo absorbe, Él absorbe mi corazón, y nos hacemos uno, una vocación: no dejar este mundo sin habernos convertido en un trozo de buen pan para el hambre y la alegría y la fuerza de alguien. Dios se hizo hombre para esto, para que el hombre se hiciera como Dios. Jesús dio sus dos sencillos mandatos, los redobló, y en cada Eucaristía los volvemos a escuchar: tomad y comed, tomad y bebed.
¿Para qué sirve un Pan, un Dios, encerrado en el tabernáculo, para ser expuesto de vez en cuando a la veneración y al incienso?
Jesús no vino al mundo para crear nuevas liturgias. Sino hijos libres y amorosos. Vivientes a partir de su vida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Cuerpo y sangre indican toda su existencia, su historia humana, sus manos de carpintero con olor a madera y agujero de clavos, sus lágrimas, sus pasiones, el polvo de las calles, sus pies empapados en nardo y luego en sangre, y la casa que se llena de perfume y palabras que saben a cielo. Él habita en mí y yo en él, la gente, cuando ama, dice lo mismo: ven a vivir a mi casa, mi casa es tu casa. Dios nos dice esto.
Antes de que yo diga: 'Tengo hambre', él dice: 'Quiero estar contigo'. Me ha buscado, me espera y se entrega. Un Dios así no se merece: sólo hay que acogerlo y dejarse amar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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