viernes, 28 de febrero de 2025

El rostro humano y evangélico del Papa Francisco.

El rostro humano y evangélico del Papa Francisco 

El pontificado del Papa Francisco ha marcado, desde la elección de su nombre, una profunda ruptura en el lenguaje codificado de la Iglesia. Su voz no ha sido nunca la de un soberano que guía a su pueblo con mano firme o que defiende con pericia teológica la autoridad incontrovertible de los dogmas, sino la de un pastor que se ensucia las manos, que se inclina sobre las miserias humanas sin empuñar jamás la vara inhumana de la condena. Francisco no es el Papa de la Ley y su miedo, sino el de la Gracia y la salvación inmerecida que hace posible. 

Por estas razones, la palabra clave de su pontificado es «misericordia».  Es el mensaje más radical de Jesús que, citando al profeta Oseas, dice: «Misericordia quiero, no sacrificios» (Mt, 9,13). Evidentemente, no se trata de una simple exhortación moral, sino de un corte subversivo en el tejido simbólico de la Ley. 

El perdón y el amor, a los que se refiere la figura de la misericordia, rompen drásticamente con el carácter meramente vengativo de la Ley para abrir el espacio inédito de una nueva posibilidad. El pecado, en esta perspectiva, no es una mancha indeleble, sino una condición humana que puede ser atravesada, comprendida y aceptada plenamente. 

Es el pecado de Pedro que niega, de Tomás que duda, de Saulo que persigue. Es el pecado que siempre puede convertirse en un nuevo comienzo. Es el agua pútrida que se convierte en vino sublime en las bodas de Caná. Es el paralítico que resucita después de que su vida se hubiera atascado sin remedio durante años. 

En este sentido, la Ley de la que el Papa Francisco da testimonio nunca coincide con la aplicación normativa de sus preceptos, sino que, como dice Emmanuel Levinas, se encarna en el rostro del Otro, en la llamada incondicional a la fraternidad que este rostro conlleva. 

El Dios de Francisco no es el juez implacable que infunde miedo, ni la impersonalidad metafísica de una Ley sin corazón, sino el Padre que «hace salir su sol sobre malos y justos» (Mt 5,45). 

En este sentido, la misericordia es el resto irreductible de la Ley, su «semilla santa», como diría Isaías, lo que escapa a la lógica del cálculo y del mérito, lo que supera el mecanismo legalista de la retribución simétrica. 

Como enseña la parábola evangélica del buen samaritano, la fe no es la adhesión a un dogma, sino la curación de la herida. Es la imagen de la Iglesia como «hospital de campaña» que propone el Papa Francisco. Pero también es la imagen, estos días, de su propio cuerpo enfermo, en constante equilibrio entre la vida y la muerte. 

Sin embargo, también es su forma de hablar, su manera oblicua y laxa de moverse en el espacio, sus gestos fraternales, su alegre sentido del humor. Francisco es un Papa que sabe tocar, abrazar, sonreír, mostrar su fragilidad sin reservas. Es, evangélicamente, lo pequeño que se hace grande no contra lo pequeño sino precisamente porque es pequeño, como sucede con el grano de mostaza evocado por Jesús que genera un árbol frondoso en el que incluso los pájaros pueden posarse. Por eso, incluso su propio cuerpo enfermo, que estos días vemos en el candelero, se ha convertido en el teatro de la proximidad y la cercanía. 

Si el poder de la Iglesia siempre ha tenido la tentación de cercarse tras los muros de la separación, el Papa Francisco ha optado desde el principio de su pontificado por derribar esos muros. Esto es lo que ha hecho del Papa Francisco una figura tan querida y controvertida. 

Porque la misericordia, cuando se convierte en testimonio activo, socava en primer lugar la estructura aséptica del poder. Quienes invocan la pureza de la doctrina, quienes defienden la rigidez de las normas sin comprender el sentido profundo de la Ley, quienes desearían una Iglesia fundada en la rígida distinción entre justos e injustos, no han podido dejar de percibir a este Papa como una verdadera perturbación. 

No es el pontífice que tranquiliza sino el que interroga, no es el guardián de la ortodoxia sino el que abre el diálogo, no es el que alienta políticas de exclusión sino el que ha hecho de la inclusión un programa político, no es el guardián de la infalibilidad de la Ley sino la encarnación testimonial de la misericordia. 

En el Evangelio, Jesús se inclina ante los pecadores, come y bebe con los publicanos, cura en sábado, escandaliza a los bienintencionados, se junta con las prostitutas, con los pobres y desposeídos. Su existencia es excéntrica, dinámica, imposible de reducir a la estática sin vida de la dogmática religiosa. Jesús es una trasgresión continua, un exceso, un deseo que no teme sino que ama el esplendor y la atrocidad de la vida. 

Es el mismo exceso que encontramos en el Papa Francisco. Nunca es la obediencia a los preceptos de la Ley lo que salva nuestras vidas, sino el reconocimiento de que en el extranjero y en el enemigo -es decir, en el Otro que nunca está a nuestra disposición- reside siempre un hijo, un hermano, un prójimo. 

En un momento en que el discurso religioso corre el riesgo de convertirse en un delirio de identidad, en que la fe se anquilosa en una ideología que siembra muerte, guerra y destrucción, el Papa Francisco de la misericordia nos recuerda que el corazón del cristianismo no es la defensa de una fortaleza vacía, sino el movimiento extático de la salida de uno mismo, del vértigo del encuentro, del duro impacto con la alteridad del Otro. 

Este es el verdadero escándalo - otros lo llaman locura o necedad -: un Papa que rechaza el ropaje del juez despiadado para ponerse el ropaje del prójimo, de los que están verdaderamente cerca de nosotros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo? 

Según el último informe de Oxfam -publicado el 20 de enero de 2025- sobre la desigualdad, titulado «El saqueo continúa: pobreza y desigualdad extrema, la herencia del colonialismo», 2.769 personas, el 0,00003% de la población mundial, poseen una riqueza estimada en 15 billones de dólares; al mismo tiempo, 3.500 millones de seres humanos, es decir, el 38,8% de la población mundial, tienen que vivir con un máximo de 2.500 dólares al año. Si la riqueza de los superricos se distribuyera entre los menos afortunados, 3.500 millones de personas recibirían cada una el equivalente a casi dos años de los recursos que utilizan para alimentarse. En Suiza hay 41 multimillonarios y poseen 221.800 millones de dólares, el equivalente a más de 24.600 francos por cada uno de los 9 millones de habitantes del país, incluidos niños y centenarios. 

Más de un tercio de las grandes fortunas del mundo han sido heredadas, por lo que no tienen nada que ver con la capacidad o el mérito de sus propietarios, y esto es especialmente cierto en el caso de los multimillonarios jóvenes, menores de 30 años. La transmisión de estas fortunas entre generaciones ni siquiera se ha gravado especialmente, gracias a que muchos países han optado por reducir o suprimir el impuesto de sucesiones. 

La concentración de estas fortunas inimaginables en muy pocas manos constituye un grave problema desde varios puntos de vista. No sólo lo dicen las organizaciones progresistas, sino también algo menos de 400 multimillonarios y millonarios de 22 países que han firmado una carta abierta titulada «Debemos trazar la línea», en la que piden a los líderes presentes en el FEM de Davos que pongan fin a la enorme concentración de riqueza que socava la calidad de las democracias y la cohesión social. 

El problema no se limita, pues, a la constatación de la insoportable injusticia en el reparto de la riqueza, sino que afecta directamente a la resistencia del sistema democrático, a su defensa contra la corrupción, el poder desbordante del dinero y los caprichos de unos pocos o muy pocos. 

Si las cosas han empeorado en los últimos años, no es por casualidad. En muchos países, las mayorías políticas pensaron que era mejor jugar la carta de la alfombra roja para los ricos y los muy ricos, en una servil e indigna carrera a la baja en las condiciones fiscales, en lugar de trabajar juntos para frenar esta repugnante desigualdad. 

Junto al gigantesco problema de la injusta distribución de la riqueza, aparece también hoy el de la voluntad de algunos de los superricos de apropiarse del bien público o de ocupar privadamente espacios que normalmente son responsabilidad del ente público. 

La participación directa de los ricos y los muy ricos en la escena política y su interés por la propiedad de los medios de comunicación de masas y de los ámbitos económicamente más prometedores del servicio público y de las instituciones públicas (líneas ferroviarias de alta velocidad, sanidad, instituciones universitarias con investigación puntera, medios de comunicación, instituciones asistenciales, empresas energéticas, etc.) no son nada nuevo, pero estos fenómenos se han acentuado, entre otras cosas por el crecimiento de las fortunas privadas que se invierten en estos ámbitos. Los líderes políticos que no disponen de grandes fortunas personales antes de entrar en política empiezan a convertirse en bienes escasos, lo que desmiente una vez más el principio del mérito. 

Y como lo peor no tiene fin, lo forzoso es constatar que algunos de los ricos o muy ricos que se han metido en política, tal vez empuñando rosarios y crucifijos, también hacen fortuna en este ámbito promoviendo la guerra contra los desesperados, que no sólo no se benefician de un reparto menos brutal de la riqueza, sino que son tratados como bestias a las que hay que capturar y deportar. 

Desesperados, entre otros, obligados a emigrar, ya sea como resultado de conflictos decididos o apoyados por los mismos dirigentes políticos que hoy montan la cuestión de la inmigración como un problema para las naciones occidentales, ya sea como resultado de la inaceptable desigualdad económica, ya sea como consecuencia de los primeros problemas graves causados por el cambio climático. 

En otras épocas, conflictos basados en estos elementos han desencadenado levantamientos, piénsese en la lucha contra la esclavitud, el nacimiento de movimientos socialistas y comunistas, las luchas anticoloniales, las luchas de las mujeres, por lo que es de imaginar que alguna forma de reacción surgirá en los próximos años. 

La parte rica y democrática del mundo, en lugar de sufrir esta inmundicia, haría bien en trabajar seriamente para reducir las diferencias, evitando así futuros conflictos sociales. Pero como las lecciones de la historia sólo en contadas ocasiones conducen a decisiones políticas atrevidas y de altura de miras, es muy difícil que esto ocurra realmente, entre otras cosas por falta de mayorías populares dispuestas a apoyar tal perspectiva. 

Así pues, a la espera de que el Titanic se encuentre con el iceberg de la revuelta, sin renunciar a solicitar un grito ahogado de quienes no están de acuerdo con lo que está ocurriendo, no puedo sino unirme a aquellos que dicen que estamos en otra Edad Media. Son horas oscuras para la igualdad y, por lo tanto, tiempos de hierro para la humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 27 de febrero de 2025

Una conversión a los pobres y desde los pobres.

Una conversión a los pobres y desde los pobres 

Rezar por los ricos, los sabios, los hipócritas. Rezar «para que el Señor cambie sus corazones». Más aún: «Sonreírles de corazón, desearles el bien y pedir a Jesús su conversión». 

Este es el «favor» que el Papa Francisco pedía a los participantes en una peregrinación de pobres de las diócesis francesas de la Provincia de Lyon encabezada por el cardenal Philippe Barbarin, recibidos en el Aula Pablo VI allá por el lejano… 6 de julio de 2016. La iniciativa había sido promovida por la organización Amigos del Padre Jospeh Wresinski, con motivo del centenario del nacimiento del sacerdote que dedicó su vida a los pobres. 

«Estáis en el corazón de la Iglesia», dijo el Papa en tono espontáneo: «Me acuerdo de lo que pensaba la gente cuando veía a María, José y Jesús por las calles, huyendo a Egipto. Eran pobres, estaban afligidos por la persecución: pero allí estaba Dios». «Las teorías abstractas nos llevan a las ideologías y las ideologías nos llevan a negar que Dios se hizo Carne, ¡uno de nosotros! Porque es la vida compartida con los pobres la que nos transforma y nos convierte», prosiguió el Papa Francisco dirigiéndose a los compañeros de los pobres: “Suscitad una comunidad en torno a ellos, devolviéndoles así una existencia, una identidad, una dignidad”. 

Y añadió: «Me habéis pedido que recuerde a la Iglesia de Francia que Jesús sufre a la puerta de nuestras iglesias si los pobres no están allí. Si no están los pobres... Los 'tesoros de la Iglesia son los pobres', dijo el diácono romano San Lorenzo». 

Luego el Papa Francisco mencionó el «favor»: «Más que un favor -dijo-, quisiera daros una misión: una misión que sólo vosotros, en vuestra pobreza, seréis capaces de cumplir. Me explico: Jesús, a veces, era muy severo y reprendía duramente a las personas que no aceptaban el mensaje del Padre. Y así como dijo aquella hermosa palabra `dichosos' a los pobres, a los hambrientos, a los que lloran, a los que son odiados y perseguidos, dijo otra, que viniendo de Él ¡espanta! ¡Ay! Y lo dijo a los ricos, a los sabios, a los que ahora se ríen, a los que les gusta que les halaguen, a los hipócritas». 

«Os doy la misión de rezar por ellos -añadió-, para que el Señor cambie sus corazones. También os pido que recéis por los culpables de vuestra pobreza, ¡para que se conviertan! Rezad por tantos ricos que se visten de púrpura y bisoño y banquetean a lo grande, sin darse cuenta de que a su puerta hay tantos Lázaros deseosos de alimentarse con las sobras de su mesa. Rezad también por los sacerdotes, por los levitas, que -viendo a aquel hombre golpeado y medio muerto- pasan de largo, mirando para otro lado, porque no tienen compasión. A todos estos sonreídles de corazón, deseadles el bien y pedidle a Jesús que se conviertan». 

«Amados hermanos -concluía-, os pido sobre todo que conservéis el valor y que, en medio de vuestra angustia, conservéis la alegría de la esperanza. Que no se apague esa llama que habita en vosotros. Porque creemos en un Dios que repara todas las injusticias, que consuela todas las penas y que sabe recompensar a los que mantienen la fe en Él. Mientras esperamos ese día de paz y de luz, vuestra contribución es esencial para la Iglesia y para el mundo: sois testigos de Cristo, sois intercesores ante Dios, que responde a vuestras oraciones de un modo muy especial». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La conversión cristiana: hacerse prójimo como Jesús, el Buen Samaritano.

 La conversión cristiana: hacerse prójimo como Jesús, el Buen Samaritano

¿Pero quién ha dicho que las parábolas evangélicas son simples recursos didácticos, ideados por el rabino Jesús para captar la atención de sus oyentes? ¿O pueden interpretarse como relatos sinceros y edificantes, diseñados artísticamente por el único Maestro verdadero para instruir a los discípulos, ablandar a los curiosos y suavizar a los adversarios? ¿O deberían tomarse como un dossier inofensivo de “buenos ejemplos” y exhortaciones moralistas genéricas? 

De hecho, la parábola se sitúa en una dinámica conflictiva. Es una provocación que hiere y empuja a elegir, a tomar partido: con o contra Jesús. Es un relato simbólico que pretende cambiar mentalidades y convertir la vida. Si el fin último de toda parábola es despertar nuestro corazón, entonces la regla fundamental para comprender su mensaje es dejarnos sorprender por la parábola. 

1.- El icono de proximidad 

Pero ¿cómo podemos todavía sorprendernos por una parábola que conocemos casi de memoria, como la del Buen Samaritano? 

Debemos tener presente que el género literario de Jesús se asemeja al de los profetas, pero lo supera por la brillante frescura del lenguaje utilizado y la novedad inédita del mensaje propuesto. De hecho, es un lenguaje vivo, colorido e imaginativo. Es un discurso encendido, a través de comparaciones y paradojas. El género parabólico de Jesús esculpe pequeñas historias verosímiles ambientadas en la vida cotidiana. Pero he aquí que en medio de la normalidad, a menudo surge lo asombroso, lo más sorprendente e impredecible. 

Preguntémonos entonces: ¿dónde encontrar el centro de la parábola del Buen Samaritano, ese punto magnético alrededor del cual irradian todos los elementos narrativos? ¿Dónde podemos interceptar ese corazón palpitante de la parábola que nos permite captar la «buena noticia» evangélica, con una intuición global, más cercana a la percepción artística que a la deducción científica? 

No hay duda de que el punto central de la parábola se encuentra en la aparición del samaritano. 

Aquí el texto lucano nos reserva una triple sorpresa. 

La primera viene dada por el hecho de que el protagonista del relato aparece en escena después del paso del sacerdote y el levita. Si tenemos en cuenta que la narrativa popular ama el número tres y que en el desarrollo del relato la serie de personajes va en dirección descendente -primero pasa el sacerdote, luego, en segundo lugar, el levita, y no al revés-, los oyentes esperarían que finalmente ahora surgiera del fondo de la escena la figura de un laico, quizá no sin un toque de polémica, en sintonía con la polémica secular, querida por los antiguos profetas, contra un ritualismo, toda exterioridad e hipocresía nauseabunda. 

En resumen, se podría esperar que, como máximo, un simple hombre del pueblo –un laico, es decir, un israelita común– interviniera para ayudar al desafortunado. Y el mensaje ya sería más que asombroso. Pero, inesperadamente, aparece un samaritano: no un simple laico, sino incluso un hereje. 

Así que, ¡sorpresa dentro de la sorpresa! A diferencia de los dos primeros transeúntes – correligionarios y compatriotas del pobre desventurado, abandonado medio muerto al borde del Jerusalén-Jericó – es precisamente este extranjero el que acude en ayuda de aquel pobre hombre. 

Entre paréntesis, conviene recordar que para un judío decir ‘samaritano’ era como decir ‘enemigo’: un ser digno de desprecio, cultural y espiritualmente ‘distante’. ¡Todo menos “próximo”! 

Pero aquí viene la tercera sorpresa. El samaritano aparece en el relato no como el personaje necesitado de ayuda, sino como el salvador que se hace cargo de la emergencia del pobre. Al fin y al cabo, si se quería inculcar el deber de ayudar al necesitado, aunque fuera extranjero o enemigo, el herido debía ser samaritano y el ayudador judío. En cambio –y ésta es precisamente la tercera paradoja– aquí ocurre exactamente lo contrario. 

En este punto el mensaje de la parábola parece completamente transparente. 

¿Quieres realmente entender a quién debes considerar tu prójimo? Trata de imaginarte en el lugar de ese desafortunado hombre, herido por bandidos y abandonado, ahora al final de su vida, al costado del camino. Me gustaría mucho ver si en ese momento de pesadilla, y después de que dos compatriotas de impecable ascendencia judía continuaran sin parar, tú continuarías sacando a relucir toda esa cantinela infantil de tabúes y te negarías a ser tocado por las manos impuras de ese samaritano. ¿O qué pasaría si no quisieras desesperadamente que ese samaritano se detuviera, ignorara la barrera étnico-religiosa y finalmente te considerara su prójimo... simplemente porque eres un hombre y punto? 

2.- La gramática de la proximidad 

Ahora podemos dedicarnos a una relectura, casi a cámara lenta, de nuestra parábola. 

El trasfondo: una historia criminal que ocurrió en la línea Jerusalén-Jericó. “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron y, hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto”. 

“Un hombre…”: pero ¿quién es el hombre? Es la gloria de Dios. “Gloria Dei homo vivens”, escribió San Ireneo. Dios encuentra su gloria en el hecho de que el hombre viva y alcance la plena realización de su humanidad. Pero este hombre, que cayó en manos de bandidos, fue asaltado, golpeado hasta sangrar y dejado inconsciente, es un ser pobre, herido, frágil, indigente y sufriente. Él es el hombre que interesaba al Concilio Vaticano II, definido por Pablo VI como «el hombre trágico de sus propios dramas, el hombre frágil e infeliz de sí mismo». Pero – añadió – ​​“la antigua historia del samaritano fue el paradigma de la espiritualidad del Concilio. El descubrimiento de las necesidades humanas ha absorbido la atención de nuestro Concilio”. 

Por tanto, el hombre como ser-necesitado. En este punto San Óscar Romero completa a san Ireneo: “Gloria Dei vivens pauper” -“La gloria de Dios es la vida de los pobres”-. Dios no ama tanto lo que el hombre tiene y es, sino ese ser-en-necesidad que es necesidad de tener y de ser. El leproso de Asís no tiene derecho al beso de San Francisco… pero lo necesita. Y San Francisco lo abraza y lo besa. Desde aquel día, San Francisco dejó de adorarse a sí mismo y comenzó a convertirse en un auténtico prójimo de los pobres y en un hermano universal. 

Los verbos de la no proximidad 

Tanto el sacerdote como el levita “ven y pasan de largo”. 

Es interesante el verbo griego “antiparerchomai”, que significa “pasar por encima”. Es un verbo compuesto con dos preposiciones: antì (al otro lado, en el lado opuesto) y parà (al lado de). Podríamos traducir fácilmente ese verbo griego de esta manera: los dos primeros transeúntes pasan por encima del pobre hombre, guardando una distancia de seguridad para no contaminarse. 

Pero ¿por qué Jesús elige a un sacerdote y a un levita como figuras negativas? Probablemente para resaltar su miedo a la contaminación –y a la sangre contaminada– y, por lo tanto, su preocupación por salvaguardar su propia pureza religiosa. Pero de esta manera, al distorsionar el mensaje de los profetas, olvidan que el culto a Dios no es verdadero si no se traduce también en servicio a los demás. De hecho, como leemos en el pasaje paralelo de Marcos, “amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (12,33b). 

El dodecálogo del hacerse cercano 

Retrocedamos ahora e intentemos recorrer el recorrido del samaritano, avanzando casi a cámara lenta y tratando de conjugar los doce verbos que fotografían su acción, su estilo y sus sentimientos. 

Los dos primeros verbos – viajar, pasar al lado – podrían considerarse los verbos del azar y del riesgo. Así como “por casualidad” (v. 31) el sacerdote y el levita habían pasado poco antes por aquel camino, así también el samaritano viajaba en la misma dirección y por tanto era inevitable para él encontrarse con aquel desdichado hombre, herido y a punto de morir. Este samaritano es un hombre normal: no es un fariseo observante ni un ministro escrupuloso del culto, como lo eran los dos primeros personajes. Él sabe bien que tomar ese camino significa correr graves riesgos de alguna emboscada, para él y para los demás. Amar es correr riesgos. 

He aquí dos verbos que deben mantenerse inseparablemente unidos: ver y tener compasión. Podríamos llamarlos los verbos de los ojos y del corazón. 

El evangelista Lucas ya las utilizó refiriéndose a Jesús: cuando, entrando en Naín, se encuentra con el cortejo fúnebre del hijo único de una viuda pobre, el Señor «al verla, se compadeció de ella» (Lc 7,13). ¿Quizás el evangelista quiera insinuar que Jesús es el Buen Samaritano? 

Recordemos que “tener compasión” traduce un verbo típicamente femenino, y que literalmente se debería traducir como “sentir que se agita el seno”: como una madre, cuando ve a su hijo correr hacia ella, siente que sus entrañas se agitan de emoción, así hace Jesús. Y así hace Dios: de hecho, los dos verbos volverán a aparecer también en la parábola del padre misericordioso para describir los sentimientos de ese padre en el momento en que corre al encuentro de su hijo: “lo vio y se compadeció” (Lc 15,20). «Tener compasión»: es el signo del reconocimiento del samaritano y de aquel que se ha hecho prójimo, como reconoce el mismo escriba (cf. Lc 10,37). Amar es dejar que te rompan el corazón. 

Y aquí estamos con los tres verbos de “primeros auxilios”: el samaritano se acercó a él, vendó sus heridas, vertiéndoles aceite y vino. Podemos llamarlos los verbos de los pies y de las manos. Son los verbos de la concreción y de la competencia, sin los cuales la compasión sería estéril y retórica. Se hizo cercano a él, es decir, próximo a él, y esta proximidad se traduce en una intervención experta y experta: el vino desinfecta, el aceite alivia las heridas. Amar es ensuciarse las manos. 

Finalmente vienen los tres verbos: “lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él”. Éstos son los verbos del cuidado: después de la intervención de urgencia, el samaritano compasivo debe organizar el “después”, para no arruinar su propia sala de urgencias. Por eso, al día siguiente, cuando estaba a punto de reanudar su viaje, planeó todos los tratamientos posibles para el enfermo, hasta su completa curación: Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y  todo lo que gastes de más, te lo pagaré cuando regrese”. 

Dar y pagar: estos son los dos últimos verbos. El samaritano no le dice al posadero: «Basta, ya está dado». Sino “te doy y te daré lo que sea necesario para la pronta y completa recuperación de este pobre hombre”. No es posible donar sin gastar. Pero es posible, desgraciadamente, gastarse sin entregarse. Amar es cuidar. Es darse y gastarse. 

3.- La sintaxis de la proximidad 

Ahora vayamos a la conclusión de la parábola. Como hemos visto, la chispa que desencadenó la respuesta de Jesús fue la pregunta del escriba: «¿Y quién es mi prójimo?» 

Al final del relato del samaritano, Jesús contraataca con la contra-pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones? 

El doctor de la Ley quería saber quién tiene derecho a su amor. Jesús responde indicándole a quién él, doctor y maestro, tiene el deber de amar. Del prójimo como objeto a amar, Jesús nos invita a pasar al prójimo como sujeto que ama. Vosotros –dice Jesús– no tenéis prójimo. Vosotros os hacéis prójimos, es decir, cercanos a alguien. 

Pero esto nunca será posible si mantienes la distancia: tienes que acercarte a él, tienes que aproximarte a él, tienes que convertirte en su prójimo, entonces no podrás evitar sentir una sincera compasión por él. 

El verdadero problema no es teórico: ¿a quién debo considerar mi prójimo? sino de carácter ético-práctico: ¿de quién debo estar cerca? 

Y tengo que hacerme cercano a todos, derribando distancias y barreras dentro de mí, derrumbando muros y vallas fuera de mí. En resumen: el problema no es tener un prójimo a quien amar, seleccionándolo con cuidado. El problema es estar cerca de quienes necesitan ser amados. 

Pero eso no es todo. 

Ahora debemos identificar quién es el verdadero samaritano de la parábola. Jesús es el verdadero “Buen Samaritano”. Él nunca se preguntó si estábamos cerca de Él. Él vino para estar cerca de nosotros. 

Esta no es una interpretación devota. Se trata de una identificación correcta, que se remonta a varios Padres de la Iglesia. Dos entre muchos. Escuchemos a San Ambrosio: “Este samaritano que bajaba, ¿quién es el que bajó del cielo, sino el que subió al cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo? – viendo al hombre medio muerto, (…) se acercó a él, es decir: se hizo semejante a nosotros tomando sobre sí nuestra compasión, y se acercó a nosotros dándonos su misericordia”. 

Escuchemos a San Agustín: “Nuestro Señor Jesucristo nos hace comprender que fue Él mismo quien ayudó a aquel hombre medio muerto que yacía junto al camino, maltratado y abandonado por los ladrones. Por eso nuestro Señor y Dios quiso llamarse nuestro prójimo”. Jesús, marcado por los judíos durante su vida como «samaritano» (Jn 8,48), superó todo límite para acoger a los pecadores y nos reveló así el amor del Padre. 

Pero ¿cómo podemos reconocer que Jesús es el verdadero buen samaritano? Lo puedes reconocer por sus ojos. No sabemos su color, pero sí su calor. En los ojos de Jesús arde el fuego de la compasión. 

Es sábado y Jesús está enseñando en una sinagoga. Entre las muchas personas que lo escuchan, hay una pobre mujer que está enferma desde hace dieciocho años. Ella estaba encorvada y no podía mantenerse erguida en absoluto. “Jesús la vio, la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Él puso las manos sobre ella, y al instante ella se enderezó y glorificaba a Dios” (Lucas 13,10-13). Los ojos de Jesús se llenan de tristeza al ver al joven rico alejarse tristemente (Lucas 18,24). Están cubiertos de lágrimas al contemplar la ciudad santa y al pensar en el mal que se cierne sobre ella y sus hijos, cuando un día sería sitiada y destruida (Lc 19,41-44). Están llenos de dolor, pero imbuidos de profunda misericordia cuando Pedro lo niega por tercera vez y, traspasado por la mirada del Maestro, «salió y lloró amargamente» (Lc 22,61ss). 

El Buen Samaritano-Jesús se nos revela a través de sus preferencias. Una de ellas, muy destacable, es la convivencia. Siguiendo con el evangelista Lucas, lo encontramos resaltándolo 10 veces: 3 veces con ocasión de Jesús resucitado (cf. Lc 24,30.43; Hch 1,4) y 7 veces durante su vida pública. A Jesús le gusta comer juntos, y no con las almas bellas y piadosas de Palestina, sino con los publicanos y pecadores; con el fariseo que desprecia al pecador; con la multitud cansada; con el fariseo obsesionado con la ablución; con uno de los jefes de los fariseos que lo espía para ver si tiene el coraje de curar a un hidrópico en sábado; con los Doce dispuestos a abandonarlo en la tarde de la Última Cena. 

El Jesús samaritano se reconoce por sus gestos típicos, en particular por lo que se convertirá en su signo especial de reconocimiento: el gesto de partir el pan. Véase la multiplicación de los panes (Lc 9,16); en la Última Cena (22,19); al final del encuentro con los dos en Emaús, cuando «se les abrieron los ojos y le reconocieron», así cuando los dos regresen a Jerusalén contarán «cómo le habían reconocido al partir el pan» (24,31.35). 

Pero hay un último signo que supera a todos y que en cierto sentido permite al Jesús samaritano superarse a sí mismo: es el signo de la cruz. 

En la Cruz lo ha dado todo: tiempo, talentos, sabiduría, mansedumbre, bondad sin límites, perdón gratuito,… Y un amor total, incondicional, in-creíble. Aún le queda dar la señal del amor más grande: dar la vida por sus amigos. Pero ahora se supera a sí mismo porque da su vida incluso por sus enemigos. Lo asaltan los insultos de los transeúntes, de los jefes del pueblo, de los soldados: “Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz”. El evangelista Lucas añade que uno de los dos malhechores insistía en desafiarlo: «¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!» Pero Jesús ya no puede salvarse a sí mismo. Y es precisamente así, es precisamente habiendo renunciado por nosotros a la salvación de sí mismo, que puede salvarnos a todos. 

En conclusión, la parábola del Buen Samaritano, reflejada en la historia de Jesús, nuestro verdadero Buen Samaritano, nos interpela y, al mismo tiempo, nos permite redefinir todos los personajes en juego de la espiritualidad evangélica de proximidad. 

El yo. No puedo definirme girando sobre mí mismo, ni retirándome o encerrándome en la jaula dorada de mi ego. No soy ni el padre ni el dueño de mí mismo. Si el Buen Samaritano es el yo que encuentra su identidad ayudando a los demás, entonces son verdaderas las palabras de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que deje de pensar en sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá» (Mc 8,34s). Negarme a mí mismo no es sólo la condición indispensable para salvar al otro, sino también la premisa esencial para salvarme verdaderamente a mí mismo. A medida que me acerco al otro, mi “yo” se convierte en un “tú” para el otro, y de este modo llega a ser más verdaderamente “yo”. Mi ser y el de los demás está en juego. 

El otro. Él es mi hermano. Y desde que Caín mató a Abel, ya no puedo decir: “¿Soy yo acaso responsable de mi hermano?” Del cuerpo torturado del pobre surge la voz de la sangre que llama al samaritano a “hacerse prójimo”. Estar necesitado es la nueva identidad de los pobres. Es la necesidad de ser la que hace que desde su frágil y negada humanidad brote el grito de ayuda, la sentida súplica de salvación del naufragio del no-ser. El Papa Francisco dedica un pasaje a nuestra parábola en su exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (98): 

Cuando me encuentro con una persona durmiendo a la intemperie en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un obstáculo imprevisto en mi camino, un criminal ocioso, un obstáculo en mi sendero, un aguijón persistente en mi conciencia, un problema que los políticos deben resolver y tal vez incluso un pedazo de basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad y reconocer en él un ser humano con la misma dignidad que yo, una criatura infinitamente amada por el Padre, una imagen de Dios, un hermano redimido por Cristo. ¡Esto es ser cristiano! ¿O acaso se puede entender la santidad sin este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano? 

Dios. Así como la redefinición del yo está entrelazada con la del otro, así ambas están entrelazadas con la redefinición de Dios. De hecho –nos enseña insinuantemente la parábola– la compasión visceral que siente el samaritano, que lo empuja a hacerse prójimo del desdichado, es la participación del amor mismo de Dios Padre que envía a su Hijo para hacerse prójimo y buen samaritano de la humanidad, herida de muerte por el Maligno. El Papa Francisco, en la misma exhortación (n. 106) cita a Santo Tomás de Aquino: “No practicamos el culto a Dios con sacrificios y ofrendas externas para su beneficio, sino para nuestro propio beneficio y el del prójimo. Por eso la misericordia con que uno ayuda la miseria del otro es un sacrificio más aceptable para él, porque asegura más estrechamente el bien del prójimo”. 

Hermano, hermana ¿quién es tu prójimo? Es el samaritano quien te salvó. ¡Alégrate! Inscríbete en su escuela. Aprende de él. Préstale sus ojos para verlo en el sagrario de la carne herida de los pobres. Que te trasplanten el corazón para amarlo en cada hermano que sufre. Dale tus manos para ayudarlo, para sanar y para acariciar. Préstale también tus pies para acercarlo a los más necesitados. Entonces ve y sé un buen samaritano tú también. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una parábola de la conversión: el Buen Samaritano.

Una parábola de la conversión: el Buen Samaritano

Jesús cuenta una parábola para responder a la pregunta que le plantea un doctor de la ley: ¿Qué debemos hacer para heredar la vida eterna? 

¡Parece que el secreto está en el AMOR! Amar a Dios y amar al prójimo... se puede morir amor, pero se vive ciertamente siendo amado. 

El hombre parte a menudo del amor al prójimo para llegar al de Dios: sólo desde un amor dado y recibido del prójimo podemos llegar a experimentar y reconocer el de Dios por nosotros. Por eso todo ser humano se presenta sediento de amor. Cuanto mayor sea esta necesidad de amor, más poco atractivo, más vulnerable y susceptible de marginación parece el ser humano. Pensemos en el ser humano afectado por la enfermedad, por la pobreza, brutalizado por la violencia… 

Esta parábola nos invita a celebrar el encuentro con el rostro sufriente. Para que este encuentro realmente suceda necesitamos… 

Contemplar el rostro 

Dificultad: ¿Qué suscita en nosotros el encuentro con un rostro sufriente? 

Actualmente, como actitud de masas, nos movemos entre la represión y la espectacularización, entre la represión de la muerte y la épica de lo macabro. O la muerte en vida o el sufrimiento ajeno visto a través de la mediación protectora de los medios de comunicación. 

¿Podemos sostener la visión de un rostro concreto y sufriente? ¿Es todavía posible la compasión? ¿O ahora está asfixiado por la indiferencia, la represión, la costumbre, el miedo? 

Contemplar es considerar el rostro completo del hombre sufriente:

 

- Un acontecimiento inesperado hace que este desafortunado hombre esté a un paso de la muerte.

 

- Delante del sacerdote y del levita este hombre se convierte en el hombre desatendido, que sufre una indiferencia asesina. Experimenta que no es nada, algo o alguien que hay que evitar.

 

- Ante el samaritano se convierte en el hombre que se deja ayudar, que experimenta que alguien se ocupa de él gratuitamente, aquel que experimenta la compasión del otro.

 

Otro ejemplo: aquella anciana que todos los días pedía limosna por las calles de aquella ciudad… aquel día que alguien le regaló una rosa, y ella exclamó: “¡Me ha visto!” 

Alguien pudo ver en el rostro del mendigo la sed profunda de la persona. No la redujo a su pura necesidad material. Y desde ese día nunca más la volvieron a ver mendigando en aquella calle. 

Escuchar el rostro del sufrimiento

Es una actitud muy difícil de cultivar: pensemos en lo fácil que es proporcionar medicamentos para la depresión que escuchar el silencio de la persona deprimida. 

La mayoría de los oídos se cierran a las palabras que intentan expresar un sufrimiento. Construimos barreras para evitar que el sufrimiento pase de quienes lo experimentan a quienes lo escuchan. Pero sin escuchar al que sufre, lo relegamos al aislamiento… y nos excluimos de la posibilidad de comunicarle nuestro sufrimiento. 

Sufrir con el que sufre… compasión 

No basta ver al que sufre, hay que hacerle espacio dentro de nosotros, sentir compasión, simpatizar con él, empatizar con él... La compasión es sacar el dolor de su soledad. Pero para poder experimentar esto debemos reconocer las oposiciones con las que luchamos dentro de nosotros mismos. Debemos aprender a ver nuestro miedo. A menudo nos impide ver el miedo de quien sufre. Tal vez tengo miedo del aislamiento en el que se encuentra el hombre herido. 

El dolor aísla absolutamente y es de este aislamiento absoluto de donde nace la apelación al otro, la invocación al otro... No es la multiplicidad humana la que crea la sociabilidad, sino que es esta extraña relación que comienza en el dolor en el que apelo al otro, y en su dolor que me perturba, en el dolor del otro que no me es indiferente. Es la compasión... El sufrimiento no tiene sentido, pero sufrir para reducir el sufrimiento del otro es la única justificación del sufrimiento, es mi mayor dignidad... La compasión, es decir, sufrir con el otro es lo que tiene más sentido en el orden del mundo” (Emmanuel Levinas). 

Quien ama al prójimo es quizás el hombre herido que, en su absoluta impotencia, da al otro la posibilidad de llegar a ser plenamente él mismo, de hacerse hombre a imagen de Dios, de hacerse compasivo como Dios... 

En la Cruz, en Jesús inmerso en el dolor, contemplamos al verdadero hombre hecho a imagen de Dios, capaz de dar la vida por la humanidad... Este don contiene la expresión más alta de la dignidad humana... sufrir para reducir el sufrimiento del otro es mi mayor dignidad. 

Jesús nos da un ejemplo de cómo vivir la compasión: Isaías 53, el Siervo sufriente… Es el primero no escuchado, no visto, sin rostro, sin dignidad. Aquí Jesús nos deja ante todo una gran enseñanza: no puede haber compasión sin pasar del saber al hacer, del conocimiento de las Escrituras al conocimiento del sufrimiento humano, entre el cuerpo de las Escrituras y el cuerpo del hombre herido. Esto era quizá lo que faltaba en el doctor de la ley para quien Jesús cuenta esta parábola. 

Cuántas veces experimentamos que el amor no se reduce sólo a una obra de manos humanas, a algo que hacer, a una eficacia, a una buena organización de las estructuras caritativas. Esto nos ofrecería una excelente oportunidad de ocupar un lugar central. 

El punto de partida correcto es considerar siempre que sólo Dios es amor, tenemos amor… sólo lo tenemos al recibirlo de una fuente mayor que nosotros. La Iglesia que hace caridad no es en sí misma sujeto de la caridad, sino participación en la caridad que es de Dios Padre.

Encontrarse y solidarizarse con los que sufren, convertirse en buenos samaritanos para los hermanos, requiere necesariamente un camino de conversión personal y continua. 

Es importante poder verme en ese desgraciado hombre: soy yo quien baja de Jerusalén a Jericó y se esconde lejos de Dios (Jesús se hizo todo lo que nosotros somos y no queremos ser). 

Es el camino de Adán que se aleja y se esconde de Dios. El hombre es un fugitivo, el Hijo del Hombre es un peregrino. Él recorre el mismo camino que nosotros, los desafortunados, pero en dirección opuesta. 

Cayó en manos de bandidos: estos bandidos podrían ser los dones que Dios nos ha dado y que usamos mal: nuestro corazón, nuestra vida, nuestra inteligencia… cuando no están revestidos de amor sino de egoísmo. 

Lo desnudaron del todo: cuando tenemos una mala opinión de Dios, ya no nos aceptamos como una de sus criaturas, nos sentimos frágiles, indefensos. Sentimos nuestros límites ya no envueltos en su ternura, sino atacados y juzgados por Él. Entonces nuestra necesidad del otro se convierte en una amenaza, una vergüenza, una humillación. Nuestra necesidad podría ser el lugar de encuentro entre yo y el Creador, entre yo y mis hermanos, en cambio se convierte en una amenaza, un vacío que hay que cubrir y que ya no se llena. Nuestra limitación se convierte en una falta de vida que nos afecta continuamente. 

Lo vio y se acercó: Jesús viene a nosotros porque nosotros no podemos ir a Él. Sólo aquellos a quienes el Buen Samaritano cuida son ahora capaces de seguir su mismo camino. Sólo si somos capaces de captar el amor de Dios por nosotros seremos capaces de amar a los demás… Bienaventurados los ojos de quien ve a Jesús samaritano inclinado sobre su existencia. 

El desdichado hombre se cura gracias a la intervención de alguien que acoge a todos. La persona recién curada a su vez también podrá acoger y cuidar a todas las personas medio muertas que encuentre… él también se convertirá en alguien que acoge a todos. 

El cristiano ve en el Buen Samaritano la imagen de alguien capaz de misericordia, que no tiene miedo de ensuciarse las manos, que no se encierra en sus propios asuntos privados, que no se va directamente a casa dejando afuera el mundo con sus problemas. El Buen Samaritano desempeña el papel esencial del hombre que expresa el compromiso en la Jerusalén-Jericó de la vida. Una persona que desdeña la proximidad no es digna de ese nombre de ser humano. 

El samaritano de la hora justa: realiza una intervención en el momento oportuno. Es el gesto de primeros auxilios, de asistencia inmediata. Una dimensión que no debemos pasar por alto escudándonos en el pretexto de que no estamos a favor del asistencialismo. A veces, bajo este pretexto, se permite a los miserables dormir en la estación y a los pobres pudrirse arropados bajo cajas de cartón en cualquier soportal. 

El samaritano de la hora después: ésta es la verdadera caridad que busca proyectos globales de recuperación que busquen sacar definitivamente a ese hombre de la calle. 

El samaritano de la hora anterior: si el samaritano hubiera llegado al camino una hora antes, tal vez el atentado no se habría cometido. La compasión del corazón debe convertirse también en compasión del cerebro. Es necesario que ame previendo las necesidades del futuro, previendo las urgencias del mañana, encontrando el sistema para prevenir los daños. 

Todos los cristianos, también los que trabajan en política y en el trabajo social, debemos estar dotados de una gran capacidad de discernimiento y de conversión: discernimiento de los signos de los tiempos, intuición de esas grandes utopías que irrumpen hoy y ya se hacen carne y sangre, percepción de la paz y fruto de la justicia. 

La Iglesia, como cada uno de nosotros, es una casa frágil, suspendida entre Jericó y Jerusalén, que nace allí donde se está dispuesto a acoger a todos, como el Reino del Padre que acabará por acoger a todos los que han acogido. Es el camino de quienes se ocupan del mal del mundo hasta el final de la historia. 

El mandamiento de Dios y del amor es ahora una ley posible: «ve y haz tú lo mismo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una Cuaresma provocativa e impertinente.

Una Cuaresma provocativa e impertinente 

Me gustaría introducir la Cuaresma ofreciendo algunas ideas pastorales, junto con algunas consideraciones deliberadamente provocadoras. Impulsos visionarios –no me atrevo a llamarlos proféticos– para desear que todos vivamos un tiempo incómodo, que nos escandalice, que nos sorprenda y nos obligue a perder el control sobre las situaciones, sobre las certezas que hemos acumulado. Lo cual nos lleva a buscar no solos sino, a través del Espíritu, junto con las comunidades a las que servimos. 

Un tiempo que en sí mismo no quiere dar respuestas, sino abrirnos a preguntas generadoras, preguntas para habitar en estos cuarenta días. No son las respuestas las que desencadenan las conversiones, sino las preguntas reales y auténticas. No es el cómo ni el qué lo que nos mueve: estos son ámbitos que nos hacen sentarnos, problematizar, a sentirnos aplastados… 

Es el "por qué", o "el cómo sería si", lo que se convierte en la pregunta generadora de todo espíritu narrativo, como bien lo describió Paul Ricoeur en su ensayo “Tiempo y narración”: la acción metafórico-simbólica rompe la referencia descriptiva, liberando una radical poder que nos cuenta nuestro ser-en-el-mundo. Se genera una impertinencia, pero ésta se realiza y alcanza una significación ontológica (conversión profunda del ser) sólo si se metaforiza el verbo ser mismo y nos percibimos como un ser-como o un ver-como, ampliando nuestra existencia. 

Es precisamente a las obras de ficción a las que debemos en gran medida la ampliación de nuestros horizontes de existencia. Las obras literarias representan la realidad aumentándola con todos sus significados gracias a la capacidad de abreviación, saturación y culminación, maravillosamente ilustrada por la construcción de la trama”. 

La Cuaresma, tiempo que nos exige atravesar la oscuridad de la existencia para llegar renovados a la luz de la Resurrección, se caracteriza en la tradición cristiana por tres grandes «signos» o «prácticas de conversión»: la limosna, la oración y el ayuno. 

Estas prácticas, como indica Jesús en el Sermón de la Montaña -Mt 6,1-18-, tienen una doble función: por una parte son condiciones que favorecen un proceso de cambio profundo, por otra son expresión tangible de esta transformación que no es sólo fruto del compromiso personal, sino que encuentra su fuente en el Padre. 

Estos tres «signos» no sólo son importantes para cada creyente en el camino de la conversión, sino que tienen un valor que podríamos definir «pastoral» y, por tanto, válido para la comunidad cristiana. Para nosotros son tres movimientos que deben interpelarnos, tres signos de impertinencia espiritual capaces de ampliar nuestra existencia. La Cuaresma no es un tiempo de mortificación, sino de expansión, de liberación de una muerte que ha ocurrido, pero que aún no hemos procesado. 

Sí, ha muerto una época. Sí, ha muerto un modelo de Iglesia, ha muerto un cristianismo y sus formas. Liberémonos de ese hedor que, si no lo percibimos, es indicio de muerte interior. He aquí el poder de la impertinencia que puede darnos un empujón: como un interrogante provocador que reanima un corazón «lento y dormido» -es la expresión que usa Lucas para describir el corazón de los dos de Emaús- para ayudarnos a levantarnos de nuevo y vivir la nuevo que ya esta aquí. 

1.- La limosna 

Una característica de la práctica de la limosna descrita por Jesús es el secreto del gesto de caridad. La eficacia de esta práctica está directamente ligada a la capacidad de descentralizar y actuar en secreto, dando así al otro el lugar principal. 

Desde el punto de vista pastoral, esto podría significar operar una sana descentralización desde nuestros centros pastorales: desde las Curias, desde las parroquias, desde las oficinas centrales,…, para dar ‘secretamente’ a las comunidades cristianas esparcidas por los territorios la posibilidad de crecer en libertad. 

Si antes en el centro estaban los motores que hacían funcionar la máquina diocesana o parroquial o congregacional o…, ahora se trata de lograr que se desarrollen experiencias semi-espontáneas, difundidas entre los lugares de la vida ordinaria. ¿Tan ilusorio es cambiar por el simple hecho de no cambiar? 

¿Por qué no aceptar el escándalo o la impertinencia de reducir los cargos de una Congregación, Diócesis, Curia,…, a sólo tres o cuatro? ¿El escándalo de dejar de utilizar términos como Director, Colaborador, Oficina, Superior,…? Si estoy llamado a animar y desarrollar un área o zona, ¿qué utilidad tienen estas expresiones y los modelos que hay detrás de ellas? ¿Cómo sería una Curia compuesta sólo por 4 áreas -sólo a modo de ejemplo-: generatividad, fragilidad, responsabilidad, belleza…-) en las que injertar el ADN de la acción divina/pastoral (liturgia, caridad y anuncio)? Dividir lo que debería estar unido por su naturaleza genera ciertas patologías pastorales que están ante nuestros ojos. ¿Y qué sería si dentro de cada área, en lugar de un director, tuviéramos un referente/responsable de la liturgia, uno de la caridad y uno del anuncio dentro de un juego trinitario, relacional, recíproco? 

Por supuesto, esta perspectiva exige una decisión firme y segura de “perder el control”, renunciando a la estabilidad de las estructuras y los programas. Pero quizá abre algún espacio para ese secreto tan querido por el Padre, que prefiere la gratuidad y la libertad del don. 

2.- La oración 

El Señor Jesús nos invita a redescubrir una intimidad profunda en la oración y a no perdernos en demasiadas palabras, yendo directo a lo esencial. La oración es un vínculo íntimo con el Padre que los cristianos, como hermanos y hermanas, cultivan como fuente de su ser y de su actuar. 

Pastoralmente, esta “intimidad perdida” representa un estilo que hace fructífera la oración y las relaciones comunitarias. Se trata, ante todo, de volver a poner en el centro la atención al crecimiento de cada bautizado, procurando que todas las energías contribuyan al redescubrimiento de este don para la vida de cada persona. 

Se trata también de hacer más cálidas nuestras comunidades, ofreciendo un contexto vital adaptado al dinamismo bautismal de cada persona, superando el anonimato, el elitismo y la indiferencia que a veces se cuelan en las rutinas de la vida comunitaria. 

Se trata de poner las relaciones en primer lugar, descuidando todo lo que no vaya en esa dirección y que constituye un factor de pura administración y de mera gestión. Saber recuperar la dimensión trinitaria. ¿Quizás en las últimas décadas hemos exaltado demasiado el principio de la encarnación por encima del trinitario? ¿Tal vez la primera fue más aceptable para el individuo y el hombre autodidacta de la cultura occidental? ¿Quizás esto nos ha llevado a dejar en un segundo plano la dimensión narrativo-relacional de la experiencia espiritual? 

Durante mucho tiempo hemos utilizado términos como ‘lejos’ y ‘cerca’ sin ser conscientes de que el uso de estas categorías establecía una distancia con la curia, con la parroquia, con…, y no con Cristo, pensando que la curia, la parroquia,…, era el centro. ¿Tal vez deberíamos cambiar de categorías? ¿Por qué lejos y cerca? ¿No podríamos hablar de ‘caliente’ y ‘frío’ y reconocer que un tal Zaqueo era un ‘distante cálido’, y que muchos trabajadores (¡el término lo dice todo!) son vecinos fríos o tibios? 

Todavía tenemos una visión funcional y espacial (control y gestión). En nuestra cabeza siempre tenemos la idea de un centro… de donde emanan acciones. ¿Por qué? Un centro pulsante que da sentido al resto o un punto hacia el que converger y en todo caso hacia el que fluir. ¿Por qué? ¿Qué pasaría si no fuera un centro, sino un conjunto de nodos? En una era líquida quizá no basta un centro sino una red de nodos y cada nodo es un centro, un espacio de sentido que contiene el todo trinitario. 

Las metáforas quizá ya no sean válidas. Pensar en la Iglesia como un cuerpo en un tiempo dinámico y fluido sería pura ideología: una visión organicista hoy superada en todos los contextos humanos. Una gran comunidad no se construye “ladrillo a ladrillo”. No es la proximidad física la que genera pertenencia y comunidad. 

A veces nos dicen que una acción más cálida y relacional produciría comunidades de élite. ¿Quizás no nos damos cuenta de que nuestras comunidades hoy son puramente elitistas? ¿Por qué, por ejemplo, en un contexto parroquial de 5.000 habitantes sólo una parte muy pequeña se siente parte y experimenta una pertenencia significativa a la comunidad? 

En una comunidad “cálida”, incluso un no creyente o una persona en búsqueda de sentido puede encontrar un espacio fértil de vitalidad. En el calor de las relaciones auténticas se crea espacio para el discernimiento y estamos mejor preparados para aprender la novedad del Evangelio. 

3.- El ayuno 

Por último, es necesario hacer espacio. El ayuno pastoral es liberación de todo lo que estorba y obstaculiza la acción impredecible del Espíritu. Se trata de reducir la saturación de las agendas pastorales para dejar espacio a lo que todavía no se entiende o no se puede ver. 

Hay algunas actividades que hoy ya no tienen relevancia o ya no producen los resultados deseados. Provocan pesadez y provocan gran gasto de energía. Si queremos que las cosas cambien verdaderamente, si queremos redescubrir un nuevo entusiasmo por la misión evangelizadora, es necesario experimentar nuevas experiencias pastorales y liberar nuevas energías. 

Para quien lidera una comunidad hoy es necesario encontrar el coraje de no llenar la agenda de septiembre a junio, saber salir y estar dispuesto a perder. Nuestro tiempo no está hecho para dar pasos graduales y lineales con cautela, sino que hoy necesitamos una discontinuidad generativa. ¿Es tan sabio hoy un camino lento y gradual? Quizás estaba bien en un contexto estable. En el contexto actual, en lugar de proceder mediante planificación, ¿no es quizás más apropiado actuar a través de pequeñas experiencias que permitan respirar a lo nuevo, aceptando el error en la búsqueda de lo mejor y no en la gestión de lo soportable? 

Pero sobre todo es imprescindible dejar algo atrás. Ésta es la dinámica de la Pascua: para resurgir hacia la nueva luz es necesario pasar por la oscuridad del sepulcro. Para una verdadera renovación eclesial es esencial dejar de lado el viejo paradigma pastoral que hoy ya no es eficaz. 

Es de desear que vivamos cuaresma pascual, es decir, no como un tiempo de mortificación sino de liberación, tratando de vivir esas condiciones de conversión que son ya signo de esa novedad que el Espíritu va introduciendo en la Iglesia: descentralizando sin miedo a perder el control, redescubriendo la intimidad y el calor en la experiencia comunitaria y haciendo espacio para experimentar nuevos paradigmas pastorales capaces de testimoniar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la belleza del Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Alégrate María.

Alégrate María En pleno camino de Cuaresma, abrimos un luminoso paréntesis sobre la Anunciación, exactamente nueve meses antes de la Navidad...