martes, 13 de mayo de 2025

Lo que es del Padre es también nuestro.

Lo que es del Padre es también nuestro

La Trinidad se perfila en filigrana, en el Evangelio de hoy, no como un dogma abstracto, sino como un acontecimiento de la vida, una acción que nos involucra. 

El Espíritu me glorificará: tomará de lo mío y os lo anunciará. La gloria de Jesús, aquello de lo que se jacta, la plenitud de su misión consiste en esto: que todo lo que es suyo sea también nuestro. 

Dios se complace en compartir. Para eso vino Jesús: para transmitirse a sí mismo y hacer nacer en todos nosotros un Cristo inicial e incompleto, un germen divino en camino. 

Todo lo que el Padre tiene es mío. El secreto de la Trinidad es una circulación de dones en la que también está incluido y comprendido el hombre; no es un circuito cerrado, sino un flujo abierto que derrama amor, verdad e inteligencia fuera de sí mismo, más allá de sí mismo. Una casa abierta a todos los amigos de Jesús. 

La gloria de Jesús se convierte en nuestra: nosotros somos glorificados, es decir, damos alegría a Dios y obtenemos para nosotros gozo y plenitud, cuando hacemos circular las cosas bellas, buenas y verdaderas, las ideas, las riquezas, las sonrisas, el amor, la creatividad, la paz... 

En la imagen parabólica de la Trinidad hay un sueño para la humanidad. Si Dios es Dios solo en esta comunión de dones, entonces también el hombre será hombre solo en la comunión. 

Y esto contrasta con los modelos del mundo, donde hay tantas venas estranguladas que obstruyen la circulación de la vida, y venas demasiado hinchadas donde la vida se estanca y provoca la necrosis de los tejidos. 

Hay capitales acumulados que roban vida a otras vidas; inteligencias a las que no se les permite florecer y aportar su contribución a la evolución de la humanidad; líneas trazadas en los mapas que son como torniquetes, y tanto a un lado como al otro, por diferentes motivos, se sufre... 

Todo baila y circula en el universo: planetas y astros y sangre y ríos y viento y aves migratorias... Es la economía de la vida, que se enferma si se detiene, que se apaga si no se da. 

Como en el relato de la hospitalidad de Abraham, en las encinas de Mambré: llega un desconocido al campamento y Abraham, con dulce insistencia, le obliga a quedarse y a sentarse a la mesa. Al principio es solo uno, pero luego, sin explicación aparente, los personajes son tres. 

Y nosotros querríamos entender si es Dios o si son solo unos viajeros. Querríamos distinguir lo que no se puede distinguir. Porque cuando acoges a un viajero, acoges a un ángel. Lo dijo Jesús: era extranjero y me acogisteis. 

La hospitalidad de Abraham al Dios Viajero, Uno y Tres, tiene una recompensa: la fecundidad de Sara, que será madre. 

Quizás aquí se vislumbra un remedio para nuestra época, que se está marchitando como el vientre de Sara: recuperemos también nosotros el sentido de la acogida y habrá vida en la tienda, vida en la casa. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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