Hijos de un deseo… hijos de una estrella… hijos de un don
«De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente: solo la sed nos alumbra, solo la sed nos alumbra»: https://www.youtube.com/watch?v=yC71CD9P7h4
El hermoso canto de Taizé, inspirado en La noche oscura de San Juan de la Cruz, tal vez ayude a intuir lo que impulsó a los Magos. Sí, la estrella luminosa. Yo añadiría también el profundo sentido de una carencia, el deseo de plenitud, la sed de conocimiento, la búsqueda de la verdad.
Nunca sabes dar nombre a lo que te falta, pero si te falta es porque existe: la falta no es ausencia ni vacío; sabes que debes buscarla infinitamente y que no puedes prescindir de ella, porque el hombre es siempre su falta, es siempre lo que desea.
Y siempre es deseo de algo ajeno a sí mismo. El deseo arranca al ego de sus necesidades narcisistas, lo desequilibra, lo inquieta, lo expone más allá... por eso da vida y sentido a la existencia.
Es este tipo de sed la que pone en movimiento a los Magos de Oriente. No saben lo que encontrarán, su sed-deseo no les deja quietos, genera una inquietud interior, una desorientación necesaria: deben ponerse en marcha y partir. Por menos de un deseo así no se encuentra nada.
La sed, por lo tanto, es una figura del deseo que enciende la búsqueda de algo que no se sabe muy bien qué es, pero que se siente una fuerte falta.
De hecho, la palabra «deseo» proviene del verbo latino «desiderare», compuesto por la partícula de —que puede indicar una falta o una acción destructiva— y el término sidus, sideris (plural sidera), que significa precisamente «estrella». Todo depende de cómo se interprete la partícula de.
Por un lado, podría expresar el sentimiento de una falta de constelaciones —sidera— que orientan y, por lo tanto, la nostalgia de puntos de referencia para el viaje o la navegación. Por otro lado, el significado opuesto: de-sidera en el sentido de destruir y liberarse de aquellas constelaciones que pueden aprisionar la vida y, por lo tanto, ir en busca de aquellas estrellas que pueden orientar el comienzo de un nuevo rumbo en la vida.
Ambas etimologías sugieren que la estrella de los magos tiene que ver con su deseo. La estrella no es la «cosa» que hay que buscar y encontrar, es el deseo, la sed que los mueve, los agita, subvierte la existencia. No hay puerto, no hay lugar ni niño que encontrar si no dejamos que la vida nos desbarate. Y no hay Herodes que pueda impedir la búsqueda.
Deberíamos dar más crédito al camino espiritual de tantas generaciones —jóvenes y adultos— que ya no encuentran «estrellas» ni motivos para la búsqueda espiritual: nuestras liturgias parecen apagadas, las palabras vacías, los gestos descoloridos... en las formas en las que las comunidades cristianas viven la religión.Seguramente la Epifanía es como esa puerta abierta a cruzar otros cruces de caminos... caminar otros horizontes… Se dice que los Magos, al ver la estrella, sintieron una gran alegría. Su camino no fue en vano. La alegría no es un sentimiento abstracto, sino que tiene la forma concreta de un niño.
Y esa alegría tiene la forma de un encuentro: la búsqueda de sabor universal que pertenece a toda la humanidad - los Magos encarnan el perfil del ser humano que busca - llega a la singularidad de una historia y de una vida, la de un ser humano, la de un niño, la de Jesús.
No se sabe nada de lo que ocurre en esa casa. Sin embargo, sucede que los Magos, al ofrecer sus dones —todos ellos altamente simbólicos—, reciben como regalo algo que nunca hubieran podido imaginar. El don genera don.
Sí, somos hijos de las estrellas. Y también somos hijos de un don. Al final se descubre que el destinatario de los dones es, en realidad, el dador de todos los dones, la fuente de toda gracia: nosotros llevamos dones… pero el don es Él.
Dios quiere hacerse hombre, débil, desarmado, indefenso…: un recién nacido. Creyentes o no, celebramos un misterio: Dios ha dejado de «demostrarse» como Dios y se ha limitado a «mostrar» quién es realmente. Sin complejos de superioridad sino haciéndose inferior.
Si un Dios envuelto en pañales y acostado en un pesebre no «demuestra» nada sino que se muestra como un niño, entonces la versión divina del ser humano, o de la Iglesia, es aquella en la que no debemos «demostrar» nada, sino solo mostrar lo que ya somos: hijos.
Los Magos, al llegar a su destino, solo encuentran a un niño acostado en un pesebre, envuelto en pañales, al calor de sus padres… Y, sin embargo, se postran y ofrecen regalos: se liberan de la idea de rey que tenían en la cabeza y se inclinan ante la realidad en su sincera verdad.
El mundo con sus apariencias se derrumba. Lo «real» es más sencillo: es un niño. La «gracia» es más simple: es ser hijo de un don.
«De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente: solo la sed nos alumbra, solo la sed nos alumbra»: https://www.youtube.com/watch?v=zkjDNdrzj1k

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