Mesías Siervo: hijo obediente - San Mateo 3, 13-17 -
Después de haber contemplado la manifestación del Mesías Jesús a los pueblos en la solemnidad de la Epifanía (Mt 2,1-12), en la celebración del bautismo de Jesús contemplamos su manifestación a Israel.
Jesús es presentado a Israel por Juan, profeta y precursor del Mesías, a cuyo bautismo se somete Jesús. El Evangelio subraya la dimensión de elección deliberada e intencionada que Jesús lleva a cabo al decidir el viaje que le lleva desde la zona norte de Galilea hasta el sur, a Judea, en la zona cercana al Jordán donde Juan ejercía su ministerio.
Mateo escribe que «Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por él» (Mt 3,13). Al elegir ser sumergido en las aguas del Jordán por Juan, Jesús se expone públicamente ante Israel, realizando un acto que lo sitúa como discípulo y seguidor del predicador de un movimiento de conversión y radicalidad en espera de la llegada del Reino de Dios.
Jesús realiza un discernimiento y una elección dentro del panorama fragmentado de los movimientos espirituales judíos de la época, decidiendo adherirse y seguir los pasos del Bautista, su predicación y su movimiento. El acontecimiento del bautismo es, ante todo, el fruto de una elección, de una decisión clara y neta tomada por Jesús.
Y, al mismo tiempo, el bautismo, obra de la elección de Jesús, se presenta como el acontecimiento en el que Jesús es confirmado como el elegido de Dios, aquel a quien el Señor mismo ha elegido.
El acontecimiento del bautismo marcará entonces el comienzo de una nueva etapa en la vida de Jesús con su predicación y su ministerio público. Tanto es así que en este acontecimiento se puede ver también la primera manifestación de su conciencia mesiánica expresada por la voz desde lo alto: «Tú eres mi hijo».
Por lo tanto, Mateo no se limita a anotar el viaje de Jesús, sino que nos hace entrar en la vida interior de Jesús, nos dice que ese viaje respondía a una elección precisa suya y que lo perseguía con voluntad y determinación. Jesús quiere este gesto, quiere ser bautizado por Juan.
Mateo inserta un diálogo entre Juan y Jesús que tal vez refleja la dificultad que suponía para las comunidades cristianas el hecho de que Jesús, el más grande, el Mesías, el que venía, el que bautizaría en Espíritu Santo, se sometiera al bautismo de Juan, el que solo bautizaba en agua. El diálogo permite a Mateo dar una explicación a esto en el sentido de la obediencia mutua del uno al otro que permite la realización del designio de Dios.
El texto afirma que, cuando Jesús llegó a Juan con la intención de ser sumergido por él en el Jordán, el Bautista se mostró vacilante y, de hecho, trató de disuadir a Jesús de este acto. El texto dice literalmente que «Juan se lo impedía», es decir, que intentaba impedirlo. Y lo hacía diciéndole esto: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?».
Juan se opone basándose en lo que sabe y conoce, en su propio discernimiento y en su propio conocimiento espiritual. Anuncia a aquel que bautizará con Espíritu Santo y fuego (Mt 3,11) y sabe que solo él puede recibir ese bautismo del que viene, y ahora se ve contradicho, él que sabe, él que conoce al que viene, él que puede decir a sus oyentes: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (Jn 1,26), ahora se ve paradójicamente llamado a sumergir en el agua a aquel por quien él hubiera querido ser sumergido en el Espíritu Santo.
La obediencia que se le pide a Juan es particularmente fuerte en el plano espiritual: «Yo necesito ser sumergido por ti». Juan confía en lo que Jesús le dice y renuncia a algo que él percibe como bueno e incluso esencial desde el punto de vista espiritual. E incluso acepta realizar él mismo el gesto que significará, en cierto modo, el fin de su ministerio, porque ahora, el que viene después de él le sucederá con un bautismo de muy diferente calidad al suyo.
Juan es uno de esos hombres del umbral que guían hasta una frontera, hasta un límite, y luego se detienen; abren el camino, indican la dirección, pero luego tienen la fuerza de detenerse y dejar paso a otros, un poco como Moisés, que no entró en la tierra prometida, sino que se la señaló a su pueblo y solo la vislumbró desde lo alto del monte Nebo.
Juan, dirá el cuarto evangelio, es el hombre capaz de disminuir, y disminuir en la alegría (Jn 3,28-30) ante aquel que viene después y detrás de él.
Juan quizá no entiende por qué Jesús debe dejarse bautizar por él: ¿para qué lo necesita? Hay algo similar a la actitud de Pedro narrada en el cuarto evangelio, que se niega a dejar que Jesús le lave los pies: no entiende inmediatamente el sentido de lo que Jesús quiere hacer (Jn 13,6-9).
Así, la actitud de Juan es intentar poner un obstáculo e impedir. Pero ahora es Jesús quien le pide a Juan que le deje hacer, para cumplir toda justicia, es decir, para cumplir las Escrituras, para cumplir la voluntad de Dios expresada en la Ley y en los Profetas.
Al «Yo necesito ser bautizado por ti» de Juan, Jesús opone la necesidad a la que ambos deben someterse para permitir que se cumpla el designio salvífico. La palabra clave es «dejar hacer»: «Deja hacer por ahora... Entonces lo dejó hacer».
Mateo nos presenta un acontecimiento de obediencia recíproca entre Jesús y Juan. Y hay algo extraordinario en este encuentro. Juan obedece a Jesús haciendo lo que no querría, y Jesús obedece a Juan sometiéndose a su bautismo.
Extraordinario porque ocurre entre dos hombres, dos varones, dos solteros, dos personalidades fuertes, dos hombres de Dios. En esa obediencia recíproca hay una libertad y una madurez sobre las que se posa la voluntad de Dios. El amor que muestran es un amor amado por Dios, un amor humano tan amplio y profundo que se convierte en espacio de revelación y conocimiento del amor de Dios.
No hay celos, ni envidia, ni rivalidad entre los dos, sino reconocimiento mutuo y acogida mutua, incluso de sus respectivos ministerios. Entonces Juan deja hacer. ¡Y el bautismo que él mismo administra se convierte en un dejar hacer a Jesús! Casi como si ya ni siquiera fuera un gesto suyo. Ese gesto bautismal revela entonces la cualidad de Jesús que el mismo Juan no podía prever:
a.- Jesús será el Mesías, sí, como se desprende de la referencia que la voz del alto («Este es mi hijo»: Sal 2,7),
b.- pero lo será en la forma del Siervo del que habla Isaías («en él he puesto mi complacencia»: Is 42,1), y «siervo» significa «obediente».
Jesús será el Mesías, pero en la forma y el destino doloroso de Isaac, el hijo destinado al sacrificio («el amado», referencia a Gn 22,2). La voluntad de impedir el bautismo de Jesús expresa también que la comprensión de Jesús por parte de Juan aún debe perfeccionarse. He aquí, pues, el acto de confianza de Juan.
No hay recriminaciones por parte de Juan, ni explicaciones adicionales por parte de Jesús, hay un acto de confianza renovada, y tal vez este sea el bautismo en el que se sumerge Juan, se sumerge en un acto de abandono y confianza radicales en Jesús y en su voluntad, en su palabra.
Un acto de confianza es un acto de fe, y aquí el acto de fe es entre Juan, que conoce a Jesús, sabe quién es en verdad, y por mucho que pueda contradecir lo que siente y sabe que es su necesidad espiritual, confía en él. Y a este acto de obediencia, que en verdad es una obediencia recíproca, de uno al otro, responde la obediencia de Dios, que manifiesta su beneplácito.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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