miércoles, 7 de enero de 2026

Dejar hacer a Dios - San Mateo 3, 13-17 -.

Dejar hacer a Dios - San Mateo 3, 13-17 -

El bautismo de Jesús en el Jordán por Juan, acontecimiento tras el cual el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús (Mt 3,13-17), es anunciado por la figura del Siervo del Señor sobre el que Dios pone su Espíritu (Is 42,1-4.6-7) y proclamado por Pedro en su predicación como el acto por el cual Dios «ungió» a Jesús con el Espíritu Santo (Hch 10,34-48). 

El Espíritu de Dios que permanece sobre Jesús significa la plena comunión entre el Padre y el Hijo, entre Dios y Jesús. La comunión de Jesús con Dios se expresa horizontalmente, es decir, en las relaciones humanas, por un lado como rechazo a condenar, por otro como hacer el bien activamente y sanar a los necesitados. 

El sentido de todo ello es que el Siervo del Señor no viene a condenar, sino a dar vida. En la predicación de Pedro, Jesús aparece como aquel que «pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban bajo el poder del diablo, porque Dios estaba con él». 

De este modo, la comunión con Dios no se explica, sino que se afirma y se muestra en sus consecuencias. Se presentan los frutos de la comunión, más que las condiciones que la han hecho posible. 

Será Lucas, en el relato paralelo al de Mateo, quien mostrará a Jesús en oración (Lc 3,21), mostrando así la fuente en la que Jesús fundamenta su comunión con Dios: la oración, la escucha de las Escrituras, la intimidad con el Padre. 

¿Cómo se reconoce al hombre de Dios? ¿Por la comunión con Dios que él vive? ¿Y cuáles son sus expresiones? 

La comunión de Dios vivida por el Siervo del que habla Isaías se manifiesta como una fuerza que lleva a este enviado a no juzgar, a abstenerse de ese movimiento de condena del otro que siempre es sembrar muerte y no vida. 

La comunión de Dios con Jesús se manifiesta en la acción de bendecir y hacer el bien activamente, de cuidar y sanar a tantos que están bajo el dominio del mal. Hay una expropiación de sí mismo en favor de los demás, a quienes se alcanza en su necesidad, en su enfermedad, en su pobreza. 

La comunión con Dios se expresa como la extrema libertad de Jesús al someterse en consciente obediencia al bautismo de Juan y en la creación de una comunión fraterna con el propio Juan gracias a la común —de Jesús y de Juan— obediencia a la voluntad de Dios, que supera la voluntad, aunque justificada, del propio Juan. 

La comunión con Dios se capta en la capacidad de crear fraternidad y de vivir juntos en libertad, renunciando a hacer prevalecer la propia voluntad. 

El acontecimiento del bautismo es fruto de una elección, de una decisión tomada por Jesús. Mateo subraya la intencionalidad de Jesús: «Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por él» (Mt 3,13). Al mismo tiempo, el bautismo se presenta como el acontecimiento en el que Jesús aparece como el elegido por el Señor. 

La voluntad de Dios y la voluntad de Jesús coinciden, y esta coincidencia se llama obediencia. La obediencia de Jesús al Padre también se pone de manifiesto en el diálogo —presente solo en el evangelio según Mateo— entre el Bautista y Jesús (Mt 3,14-15). 

Jesús decide sumergirse en el Jordán por Juan. Ha deliberado en su corazón y ahora lleva a cabo el proyecto de seguir los pasos del movimiento bautista de Juan. 

Jesús aparece como un hombre que sabe decidir y elegir asumiendo los riesgos del caso. Elige seguir a un hombre que pide conversión, que con parresía cuestiona las acciones de los poderosos, que anuncia la llegada del Reino de Dios, que sacude las conciencias y que está muy lejos de los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Y Jesús elige con valentía a un grupo minoritario y marginal. 

Y en el Jordán se produce el encuentro entre estos dos hombres, dos solteros, dos personalidades fuertes, dos hombres de Dios. Son dos personas que presentan muchas similitudes… pero también tantas diferencias… 

¿Qué caracteriza el encuentro entre Juan y Jesús y lo convierte en un ejemplo de encuentro en la madurez humana y en la libertad? 

Ante todo, la franqueza de palabra. La palabra que no se calla, que no teme al otro, que no es tímida y no se esconde. Juan dice expresamente, en presencia de Jesús, que le parece absurdo que Jesús quiera ser bautizado por él. Es más, reconoce y dice su necesidad de ser bautizado por Jesús. 

El valor de la palabra es el primer elemento de una relación que quiere ser clara y transparente. Juan ni siquiera duda en intentar impedir que Jesús sea bautizado: Juan «quería impedírselo». Juan motiva con palabras claras su voluntad de negar el bautismo a Jesús y argumenta diciendo que es él mismo quien necesita el bautismo que Jesús administrará. No hay miedo al enfrentamiento ni a la tensión. 

Los dos dejan claras sus posiciones divergentes: Jesús, la voluntad de ser sumergido por Juan, y Juan, la voluntad de no hacerlo. Una vez más, con palabras argumentadas y motivadas, sin autoritarismos, Jesús lleva a Juan a renunciar a su intención. Y no afirmando su punto de vista, sino asociando a Juan a su obediencia a la voluntad de Dios y a las Escrituras. El «conviene que cumplamos toda justicia» es una llamada a la obediencia de ambos a Dios. 

Jesús no pide obediencia a sí mismo, sino que sitúa a Juan y a sí mismo en la única obediencia a Dios y a su palabra. Hay una libre obediencia recíproca: Jesús al bautismo de Juan, Juan a la voluntad de Dios. 

Este encuentro entre los dos es especialmente intenso porque reconocen la vocación peculiar del otro. Si Juan reconoce que necesita ser sumergido en el Espíritu Santo por Jesús (cf. Mt 3,11.14), Jesús reconoce que la inmersión de Juan viene de Dios (cf. Mt 21,25) y que el Bautista ha venido por el camino de la justicia (cf. Mt 21,32). 

El criterio que hace libre la relación es hacer la voluntad de Dios. Jesús no se somete a la inmersión de Juan para complacerlo o por amistad, sino porque solo así se realiza la voluntad de Dios. Este es el criterio que debe reinar en la comunidad cristiana (cf. Mt 7,21; 12,50: «Quien hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es para mí hermano, hermana, madre»). 

Juan es precursor del Mesías al dejar hacer, al consentir a Jesús (cf. Mt 3,15). Y es que hay una forma de eficacia que no está en absoluto relacionada con la iniciativa o la acción, sino con la no acción, con dejar hacer al Señor, con consentir al Señor. 

Juan deja espacio a Jesús. La fe, como dejar hacer al Señor, es el activo y fatigoso dejar espacio al Señor. Es una acción sobre uno mismo, y este tipo de acción es la más difícil. Dejar hacer al Señor es también y simultáneamente dejar espacio al otro. Para Juan, dejar hacer (al Señor) se convierte concretamente en hacer espacio (a Jesús). 

Y es que dejar paso a los demás es la postura de la generatividad. En la relación parental, pero también en la relación entre maestro y discípulo, y en muchas otras situaciones de la vida, …, llega el momento de ceder el paso y dejar el lugar. Simplemente porque no somos eternos y porque otros, que no somos nosotros, deben tomar el relevo y vivir, y porque nuestra presencia puede convertirse en un obstáculo y dejar de ser una ayuda para el crecimiento del otro o de una comunidad, o de una misión, ... 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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