Una lectura actual del Dios del Magnificat y del Reino - el que derroca a los poderosos de sus tronos y de eleva del polvo a los humildes -
Escribía algunos de estos pensamientos durante la Navidad ya pasada: aquella en la que se celebra que nació un Niño inocente, desarmado e indefenso capaz de derrocar a los poderosos de sus tronos y de elevar del polvo a los humildes.
Pues bien, hace poco, el rey del mundo «cristiano», el líder del llamado «mundo civilizado y libre», Donald Trump nos ha mostrado cómo no solo él, sino la mayor parte de los poderosos del mencionado mundo libre, desprecian el mensaje cristiano y, al mismo tiempo, el constitucional, y creen firmemente en un poder tan ilimitado, tan arbitrario, tan gratuitamente violento que parece diabólico: si no fuera, en cambio, tan banalmente humano.
Uno puede repetir la obvia (¡pero cuán olvidada en los medios de comunicación convencionales que no muerden la mano del que les da de comer porque son estómagos agradecidos!) premisa factual.
No importa cuán corrupto, criminal e indigno fuera Nicolás Maduro: secuestrar en su país y en su cama a un presidente formalmente legítimo (sujeto, por tanto, solo a las leyes de su país y a la justicia penal internacional) es un delito gravísimo. Peor aún: es un acto de guerra mafiosa más propia de la película “El Padrino” de Francis Ford Coppola.
Reivindicar este acto declarando que la economía estadounidense necesita el petróleo venezolano, amenazando a otros países soberanos, delirando sobre el derecho a controlar todo el continente americano, significa tirar a la basura la Constitución, el derecho interno y el derecho internacional, y sustituirlos por la ley del más fuerte. Significa que hoy en día el arsenal más poderoso del mundo está en manos de un jefe mafioso. Significa que nadie, absolutamente nadie, está a salvo.
Uno diría que eso sería suficiente. Pero hay incluso algo peor. Y lo incluso peor es lo que todo esto dice no solo de Donald Trump (todo era tan obvio...), y no solo de Estados Unidos de América, sino de todo Occidente, es decir, de nosotros.
Muchos actos de Estados Unidos de América en las últimas décadas no se habían alejado demasiado de esto, pero siempre habían estado cubiertos por un velo de hipocresía. Se cometía el mal, pero al disimularlo se admitía saber lo que era correcto y lo que no.
Ahora ya no es así: el mafioso padrino se jacta en directo por televisión de su crimen. Y su corte, su clan —nuestra desdichada presidenta del Consejo Europeo, pero también muchos otros líderes del Occidente libre— hasta pueden pensar y decir aquello de que el crimen es bueno, de que la guerra es paz, de que la noche es día, de que la mierda es chocolate… Y de esta manera se pierde casi toda esperanza residual de que sean creíbles no ya sus mismas personas - que a estas alturas ya están más que comprometidas y cuestionadas - sino los famosos valores que decían querer defender.
Hace más de un siglo, en 1914, el gran poeta indio Rabindranath Tagore dijo que la civilización occidental:
«consume a los pueblos que invade; extermina o aniquila a las razas que obstaculizan su marcha de conquista. Una civilización de caníbales. Oprime a los débiles y se enriquece a su costa. Con el pretexto del patriotismo, traiciona su palabra, tiende sin vergüenza sus trampas de mentiras, erige ídolos monstruosos en los templos dedicados al Lucro, el dios que adora».
Un siglo después no es un poeta indio quien lo dice, sino el presidente de los Estados Unidos de América, y los líderes occidentales se hacen eco de ello.
Después de decir durante siglos que todos somos esclavos de las leyes para ser libres, hoy decimos que nuestra libertad se llama arbitrio, nos importan un comino las leyes, gana quien tiene más dinero y más armas, es decir, más poder. Muy pocos son libres de mandar, todos los demás deben obedecer. Ahí está, la libertad de Occidente obedeciendo el todopoderoso norteamericano como el vasallo obedece a su señor. El feudalismo ha vuelto a la historia… si es que alguna vez se había ausentado…
Y luego hay otra cosa. Donald Trump ha hecho todo esto quitando de los periódicos estadounidenses sus fotos con las pobres modelos de Feffrey Epstein. Al fin y al cabo las dos cosas obedecen al mismo impulso instintivo: la muerte y el disfrute se entrelazan de forma tan evidente en esta repugnante historia.
Hay algo tan evidentemente sádico y también masoquista en un lúgubre payaso como es Donald Trump que mata, se jacta, amenaza en un ciclo continuo. Hay un gánster que ha abusado de todo y de todos, que ha violado todas las leyes durante toda su vida y, llegado a la cima del poder mundial, se comporta como siempre lo ha hecho: la arbitrariedad privada de quien nunca ha conocido límites es ahora la norma del mundo.
En esta trama entre la mafia privada y la mafia pública, entre la lujuria violenta y la guerra, parece que vemos aquella película de la “Saló o los 120 días de Sodoma” de Pier Paolo Pasolini: el verdadero rostro de un fascismo entendido como abuso permanente, como entrelazamiento entre la religión de la muerte y un vitalismo monstruoso.
Si Occidente no se rebela contra Donald Trump es porque se le parece. Y esto es no menos terrible. ¿Desde cuándo ninguna ley, sino solo la arbitrariedad del más fuerte económicamente, gobierna de hecho las vidas de los migrantes, los pobres, los precarios, los que no tienen ningún poder?
Ahora la máscara cae, definitivamente. Y en la repulsiva obscenidad de la lujosa costa de Gaza imaginada sobre el cementerio de un genocidio, todo esto ya estaba a la vista, ante los ojos del mundo.
Esto es lo que somos los civilizados occidentales europeos: cuanto antes lo veamos, antes tal vez podremos desenmascarar la mentira y rebelarnos contra la soberbia tiranía de los poderosos en sus tronos. Esa es la memoria del Dios del Magnificat y del Reino de Jesús.

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