martes, 7 de enero de 2025

A propósito del acceso al ministerio ordenado de las mujeres.

A propósito del acceso al ministerio ordenado de las mujeres 

En el debate que acompaña la reflexión eclesial antes, durante y después de la Asamblea del Sínodo de los Obispos, la comprensión de la mujer está precedida por una creencia espuria, que altera profundamente el debate, y que proviene de una larga tradición, en la que las mujeres han sufrido una "comprensión disminuida" de la propia dignidad. El hecho grave, ocurrido en 1994, fue, yo creo, la supuesta "dogmatización" de este impedimento disciplinario. 

Con un texto muy lacónico, el magisterio pretendió reducir la cuestión a una suposición dogmática problemática de un hecho histórico: la reserva masculina del acceso al ministerio sacerdotal sería una reivindicación de la "divina constitución de la Iglesia". No es difícil ver que en el debate algunos interlocutores atribuyen esta posición a la "doctrina católica". Y sugieren que, para ver la autoridad femenina reconocida de otra manera, sólo podemos recurrir a otras tradiciones (protestante, anglicana...). Creo que es útil dejar claro que hay varias inexactitudes en esta sentencia, que llevan a conclusiones erróneas: 

a) La posición afirmada por el Magisterio en 1994, con pretensiones definitivas, es simplemente una posición "antigua", que ha caracterizado la larga tradición en la que la Iglesia se ha identificado como "societas perfecta" y "societas inaequalis". En una sociedad así, que se extiende hasta principios del siglo XIX, la jerarquía de los sexos es una diferencia esencial entre el orden social y el orden cósmico: en cierto sentido, Dios es la garantía de esta jerarquía. Y, a su vez, sólo la jerarquía de los sexos respeta a Dios y el orden natural. 

b) Esta estructura ha dado lugar a una obra teológica de justificación de la jerarquía de los sexos a través de una doble justificación clásica: a nivel de la autoridad y a nivel de la anatomía. Por un lado se invoca la condición de "sujeción creatural", que sería constitutiva de la mujer" y por otro la "falta de semejanza con la masculinidad del Verbo encarnado": en las dos líneas de interpretación dominicana y franciscana, estas visiones arcaicas han creado un marco de argumentos en el que la exclusión eclesial se correspondía con la exclusión civil. 

c) Con el auge del mundo tardo-moderno, la dignidad de la mujer en la esfera pública aparece como uno de los "signos de los tiempos" más desafiantes para toda la cultura común y también para la cultura eclesial. Era fácil confundir la tradición cristiana con la antigua tradición, la virtud cristiana con la falta de reconocimiento de la dignidad de la mujer incluso en el ámbito público. Y la resistencia al viejo paradigma puede encontrar, aún hoy, una justificación teológica fundamentalista, que dice "siempre se ha hecho así" y "Dios así lo quiere". 

d) La elección de la ‘Ordinatio Sacerdotalis’ es doble: no avanza en argumentos clásicos (porque sabe que ya no son sostenibles), se refugia en una presunta "prueba histórica positiva" de continuidad con la acción original del Señor (que habría llamado libremente sólo "masculino"), y trata de dogmatizar este "no argumento" como una verdad en la que hay que creer definitivamente. 

e) El elemento nuevo, y mi modo de ver más preocupante, es la renuncia a la argumentación y el desplazamiento de la "reserva masculina" al nivel de una fe "sin razones". Se trata de una nueva manera (podríamos decir meramente afectiva y emocional) de sostener una cosa vieja: la primacía de lo masculino sobre lo femenino en términos de "vida pública". La cuestión del "argumento teológico" que se quisiera plantear en ese mencionado documento está en contradicción con el documento mismo: de hecho, todos los intentos que se han propuesto en estos 30 años no son más que mistificaciones de la "jerarquía perenne" de los sexos", como un prejuicio interno en la sociedad cerrada. 

f) Con la ‘Ordinatio sacertotalis’ se hacía lo contrario de lo que pedía el Concilio Vaticano II: se rigidiza una "formulación de la cobertura" y se pierde la sustancia del ‘depositum fidei’. El Señor llamó "homines" para el anuncio del Evangelio: históricamente esta palabra ha sido interpretada de diferentes maneras: inmediatamente como "varones galileos", luego como "varones circuncidados", luego como "varones". La apertura a una llamada dirigida a todos los "nacidos de mujer" (hombres y mujeres) forma parte de ese camino confiado a la historia y a la conciencia, respecto del cual el documento ‘Ordinatio Sacerdotalis’ constituye una manera demasiado simple y demasiado cómoda de esconder la cabeza bajo la arena y pretender que la historia y la conciencia (especialmente la de las mujeres) pueden reducirse a la irrelevancia. En todo esto hay no sólo "defensa temerosa", sino también "violencia sin respeto". 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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