A vueltas con la sinodalidad
El Sínodo de los Obispos de todo el mundo fue convocado precisamente para reflexionar sobre la sinodalidad. Un término que -del griego syn (juntos) y odos (camino)- indica un modo de ser Iglesia a la vez comunitario y dinámico, bastante habitual en la más antigua tradición eclesial, pero que seguramente se fue difuminando a lo largo de los siglos, también con el progresivo imponerse de las estructuras verticalistas y la degeneración de la distinción entre jerarquía y laicos en un claro dualismo. Tras el Concilio Vaticano II, la necesidad de volver a un estilo sinodal se concretó en la institución de encuentros periódicos entre representantes de los obispos de todo el mundo. Este Sínodo, el de estos tiempos, sin embargo tiene al menos dos peculiaridades que la distinguen de las anteriores.
La primera es que el tema sobre el que está llamado a reflexionar es la propia sinodalidad. De este modo, lo característico de este Sínodo es que alcanzará la meta de su búsqueda a su manera. El camino y la meta coinciden en este caso. Pero hay una segunda novedad que hace único a este Sínodo, y es el hecho de que no sólo implicará a los obispos, sino a todo el Pueblo de Dios. El Sínodo sobre la Familia ya había sido precedido por un amplio esfuerzo de escucha de las bases. Ahora, sin embargo, este momento de confrontación forma parte orgánicamente del camino sinodal.
El "cortocircuito" entre el camino y la meta, por el que la sinodalidad no es sólo el tema de una reflexión abstracta sino el estilo concreto con el que debe llevarse a cabo, implica por tanto no sólo a los padres sinodales que participarán en la sesión final sino a todos los miembros del Pueblo de Dios que realizan este esfuerzo de caminar juntos. De este modo, la sinodalidad deja de ser un objeto particular de especulación y se propone como un método, es decir, una práctica de la comunidad cristiana en todos sus niveles. La sinodalidad no es tanto un acontecimiento o un eslogan sino más bien un estilo y un modo de ser con los que la Iglesia vive su misión en el mundo.
En esta perspectiva la sinodalidad se transforma de argumento teológico más o menos inocuo en criterio para un valiente examen de conciencia de las comunidades cristianas -diócesis, parroquias, congregaciones, grupos y movimientos- y, al mismo tiempo, en perspectiva ineludible para el futuro. La pregunta fundamental que guía este camino o itinerario a todo el Pueblo de Dios es la siguiente: Una Iglesia sinodal, anunciadora del Evangelio, que quiere caminar unida ¿cómo realiza hoy este 'caminar unida' en cada Iglesia particular? ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro "caminar juntos"? No es fácil llevar a cabo este compromiso. Menos aún, hacerlo con coherencia y fidelidad. Porque nos obliga a todos -obispos, sacerdotes, religiosos y laicos- a cuestionarnos y quizá a realizar, como al comienzo de la celebración eucarística, un serio acto de penitencia. Porque el estilo de la mayoría de nuestras comunidades -empezando por las parroquias y las diócesis- está muy alejado, ¿en las antípodas?, de la lógica sinodal.
Por supuesto, es necesario evitar las generalizaciones. Me atrevo, hasta quizá con temerario atrevimiento, a indicar al menos algunos riesgos que nos acompañan en un itinerario sinodal: formalismo, intelectualismo, inmovilismo. Y trato de explicarme a continuación.
El primer gran riesgo de una experiencia como ésta del Sínodo, que implica en cualquier caso un aspecto organizativo exigente y, además, sostenido en el tiempo, es el de agotarse en una serie de procedimientos. Más que limitarse a responder a un cuestionario, la fase diocesana pretendía ofrecer al mayor número posible de personas una verdadera experiencia sinodal de escucha mutua y de caminar juntos bajo la guía del Espíritu Santo. La experiencia de otras iniciativas, que en el pasado han pretendido renovar la pastoral, nos enseña que es una tentación de los protagonistas de la pastoral ordinaria la de relegar todas las novedades a un espacio de realizaciones puramente formales -en este caso el nombramiento de referentes diocesanos, de animadores de grupos de escucha, de distribución de cuestionarios,…- que en realidad no afectan para nada a la sustancia de las prácticas habituales. El problema también está relacionado con la falta de tiempo y de fuerzas. Por ello, se precisaba, y con razón, que la sinodalidad no debía ser vista como una carga opresiva que competía con la pastoral local sino que debía expresarse en el modo ordinario de vivir y trabajar de la Iglesia. No se trataba de "añadir" algo a la pastoral ordinaria de las parroquias y diócesis, sino de cambiar su calidad. Precisamente esto -no el hacer "cosas"- es el reto más complejo, y seguramente difícil.
Un segundo riesgo -y ya lo dijo el Papa al abrir el Sínodo- es el del intelectualismo, es decir, la abstracción, la especulación, la teorización cuando la realidad va por un lado y nosotros, con nuestras reflexiones, vamos a otra parte queriendo imaginar que representamos fidedignamente la realidad. Es la tentación de hacer que el Sínodo se convierta en una especie de grupo de estudio, con intervenciones eruditas, sesudas, propias de especialistas, pero abstractas sobre los problemas de la Iglesia y los males del mundo. El peligro es real y corresponde a una práctica de investigación teológica que a veces ignora y pasa por alto los temas reales, no ficticios en el laboratorio de la especulación, del Pueblo de Dios. Aunque quizá sea bueno recordar que el compromiso de hacer de la Iglesia la portadora de una nueva cultura -compromiso para el que el papel de los intelectuales es fundamental, aunque no exclusivo- parece decisivo para hacer nacer en el mundo contemporáneo un "nuevo humanismo", alternativa a la inhumanidad rampante de nuestro tiempo, y forma parte ciertamente de los objetivos del Sínodo.
El tercer peligro señalado por el Papa Francisco es el inmovilismo. 'Como "siempre se ha hecho así" -esta palabra es un veneno nocivo en la vida de la Iglesia, "siempre se ha hecho así"-, es mejor no cambiar'. Yo, lo confieso, pertenezco a una estructura en la que se postula y defiende a ultranza aquello de "desee siempre". O, peor aún, multiplicar las restauraciones de fachada pero sin cambiar la sustancia. Esta es la amenaza para cualquier esfuerzo dirigido a la renovación de la Iglesia, así como de la sociedad. "Cambiarlo todo", incluso ostentosamente, para que al final nada cambie. También la insistencia en el anuncio del Evangelio por parte de la Iglesia al mundo contemporáneo corre el riesgo de enmascarar la cuestión mucho más compleja y difícil de la identidad y los problemas de la propia Iglesia. Si uno se adentra en esta incómoda cuestión se ve obligado a contar con deformaciones establecidas, inveteradas en el tiempo, y muy difíciles de desmontar. Una de ellas, y profundamente arraigada, se refiere a los papeles respectivos de sacerdotes y laicos. Toda la Iglesia está llamada a contar con el peso de una cultura impregnada, con el marchamo de los siglos, de un clericalismo que hereda de su historia (de su dogmática, de su legislación canónica, …, de su inercia), y con formas de ejercer la autoridad sobre las que se injertan los diversos tipos de abusos (también de poder, económicos,…, además de los de conciencia, sexuales, etc.).
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF
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