‘Tantum aurora est’ (San Juan XXIII)
He entendido que el ‘armario’ es una metáfora psicoanalítica que hace referencia a la parte subconsciente o inconsciente de nuestra mente en la que se "guardan" recuerdos duraderos, pensamientos ocultos, conflictos no resueltos, etc.
Generalmente, se utiliza en referencia a algo de la identidad o los intereses de una persona que ésta desea mantener en privado y en secreto. En el plano sociológico, el ‘armario’ hace referencia tantas veces al espacio social en el que tiene lugar la gestión de la propia identidad sexual. La metáfora del ‘armario’ está totalmente ligada a la idea de la ‘salida del armario’, con la que uno revela su identidad sexual. El ‘armario’ suele asociarse a una conducta u orientación sexual no revelada o secreta, especialmente la homosexualidad y la bisexualidad, incluidos los transexuales o transgénero. Permanecer "en el armario" es más que ser discreto o reservado, es un "refugio con cambios existenciales", en el que gays, lesbianas, bisexuales y transexuales ocultan su sexualidad/identidad en los ámbitos más importantes de la vida: la familia, los amigos y el trabajo. Algunos incluso aseguran su heterosexualidad cuando se les pregunta directamente.
Seguramente no hay respuestas importantes que sean unívocas. No hay un momento definido concreto en el que debamos exponer a la luz una dimensión profunda, ni la necesidad de que todos compartamos una de las dimensiones más íntimas de nosotros mismos, con familiares, amigos, compañeros. La realidad de nuestra vida existe, siempre superior a la idea - Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 231-233-: más allá de las proyecciones de los demás, más allá de los patrones que nosotros mismos podemos imponernos, está el deseo de cada persona de reconocerse día tras día en aquello que quiere llegar a ser, y con la misma claridad, consideración y respeto ser reconocida por los demás. No por necesidad de confirmación, sino porque toda relación existe donde uno es llamado, donde otra persona le conoce y le reconoce por su dignidad infinita y por su nombre.
Es preferible la luz del sol a las bolas de naftalina en los armarios ("salir del armario" significa literalmente eso mismo "salir del armario"). Es preferible siempre vivir con autenticidad y no con normalidad. Y lo he proclamado, lo sigo diciendo y, Dios mediante, lo seguiré defendiendo porque ninguno de nosotros, visto de cerca, es normal. Y no es una frase hecha. Tampoco retórica. Más allá del eslogan, muchas cosas pueden ‘normalizarse’, es decir, encerrarse en un recinto tranquilizador y del concepto que de-fine, a veces violentando y casi siempre simplificando, pero no puede hacerse así con la identidad de la persona. La identidad no responde a la normalidad sino a otras necesidades. Entre ellas, la necesidad de la autenticidad y de la verdad.
Mientras el nombre de un afecto, el nombre de un amor, el nombre de una identidad,…, sea anulado por el miedo, por el prejuicio, por la violencia -de la intensidad que sea-, presentarse con respetuosa claridad y ser respetado en la dignidad infinita del ser humano es un deber incondicional según el Evangelio. Precisamente también porque la realidad es siempre superior al concepto que de-fine o a la idea concebida de esa realidad. El único "miedo" que debería preocuparnos hasta asustarnos es el miedo de no llegar a ser realmente uno mismo. No hay nada más hermoso que la autenticidad y la verdad. Las etiquetas son inútiles a toda costa. Y los clichés son siempre simplistas reducciones. Con respeto exquisito, ser uno mismo y vivir con autenticidad y con verdad, no sólo "hace el bien" a uno mismo, sino que "hace el bien" a los demás: nunca podremos imaginar cuánto bien hay en el dulce y valiente ofrecimiento del propio ser auténtico y verdadero.
‘Salir del armario’ es una decisión verdadera y luminosa porque significa también y especialmente salir del anonimato de la supervivencia para descubrirse y convertirse en uno mismo. Y al hacerlo incluso podemos recordar cómo Jesús de Nazaret, al comienzo de su ministerio, a orillas del Jordán, también salió del anonimato para decidir que Dios fuera el último de la fila entre los últimos de todas las filas, y hacerlo además sumergiéndose en el agua -también compleja, manchada, problemática, sucia- de la humanidad para acercarse y saciar toda sed de belleza, de bondad, de verdad. Salir del anonimato para, junto a Jesús y con Jesús (y antes y después de Él), seguir clamando: “Por amor a mi pueblo no callaré” (Isaías 62,1).
‘Salir del armario’ significa ser uno mismo; es más, significa vivir la unción sagrada de todo ser humano, y hacerlo en la conciencia de que, verdaderamente, Dios nos sigue tomando y apartando y conduciendo para algo que sólo cada uno puedo vivir y crear con Él, para alguien a quien sólo cada uno puede amar junto con Él. Si los cielos se abren en el bautismo en las aguas del Jordán, también ‘salir del armario’ es una metáfora de la necesidad de abrir de par en par las puertas de mil y un colores, en lugar de levantar paredes grises, porque todos, absolutamente todos, queremos tener vida, y tenerla en abundancia.
‘Tantum aurora est’. Así definió San Juan XXIII el inicio del Concilio Vaticano II. Fue un reinicio en las aguas del Jordán…, un renovado bautismo para la Iglesia del siglo XX. Salir del anonimato es sólo el comienzo de esta vocación a la autenticidad y a la verdad. Y volver siempre a aquel inicio original de la creación en el que el ser humano no es sólo un cuerpo sino también un alma y un espíritu. Como en cualquier otra condición de criatura -incluida la heterosexual- no debe olvidarse que el cuerpo terreno no es la "cumbre" del cuerpo glorioso. Por tanto, la "condición" homosexual puede, como todas las demás, entrar dentro del "límite" y del "misterio" que como criaturas sexuadas experimentamos. Aquella sexualidad “original” es un signo creatural que nos ayuda a los creyentes (y a los no creyentes) a pensar y vivir el kerygma cristiano -y la ética que de él se deriva- bajo la seña de la misericordia: hacia sí mismos y hacia los demás. Esta realidad creatural y sexual la intentamos vivir unos y otros, todos, como un don gratuito y como una tarea de búsqueda y de maduración. Y lo intentamos siempre de una manera "paradójica" como, por otra parte, todo lo humano. No hay camino hacia el amor de Dios que no sea un amor carnalmente encarnado. Ésta es nuestra condición "original", la del comienzo o el inicio que está también a la base de la dignidad infinita del humano.
Hay una sabiduría que nace del amor. Y no del juicio. Hay una inteligencia que nace de la pregunta: "¿Cómo estás?", "¿Qué quieres que haga por ti?"... Y no de la condena. Jesús de Nazaret conocía la Ley, la conocía bien, incluso la conocía mejor que muchos de sus defensores, e insistía en que había que cumplirla… hasta la más mínima iota y la última tilde. Pero ésta no era su tarea: su tarea era, precisamente, preguntar "¿cómo estás?", "¿qué necesitas?" "¿qué quieres que haga por ti?" a todos, incluso a los desobedientes a la Ley, que precisamente en su desobediencia esperan encontrar la felicidad. La misericordia se ríe del juicio (cf. St 2, 13).
Volvamos una y otra vez, siempre, a este inicio, a este comienzo. La Iglesia de Jesús de Nazaret no debe ser famosa como guardiana de la Ley, "divina" y "natural"... sino por el servicio que puede encarnar y realizar, es decir, por preguntar a todos "¿cómo estás?", "¿qué necesitas?", "¿qué quieres que haga por ti?", y por acoger las consecuencias (¡no siempre previsibles!) de esta pregunta. Y es que el Evangelio sólo tiene a la persona en el corazón y su capacidad de amar con un amor responsable y, por lo tanto, esponsal -fiel, solidario,…-, sea homosexual o heterosexual.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF
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