Adora al Señor tu Dios, y sírvele sólo a Él (Mateo 4, 10)
‘Póstrate ante él, que Él es tu Señor’ (Salmo 45,11).
En el epitafio de la tumba de un beato se encuentran tres verbos: «Adorar, Callar, Gozar». El cristianismo tiene sus fuertes provocaciones en la creencia y descripción de lo que es la vida cristiana presente y futura.
Que nadie se sorprenda si el culto es ante todo una forma de diálogo de comunión en el seno de la Comunidad Trinitaria de Dios. Uno de los significados etimológicos de la propia palabra “adoración” me da la pauta para decirlo. «Adorar» (del lat. ad + orare: hablar a...) significa también dirigirse a la palabra y expresa así la voluntad de diálogo. De lo que es la experiencia cristiana en la tierra (es esencialmente una experiencia de la Palabra a tantos niveles) también se puede inducir que en el cielo no puede ser su contrario: allí arriba no hay mutismo, sino sólo silencios elevados que establecen el diálogo en lugar de impedirlo.
La adoración es la reverencia más profunda que el hombre hace en su existencia. El propio significado de la palabra nos lo recuerda -del griego proskynein - sebazesthai = inclinarse, servir-, también está claro que es un acto reservado y único, porque no es digno de que el hombre lo dedique a otro hombre, ni nadie puede exigírselo a otro. Adoración es incluso una palabra peligrosa porque, si el acto que indica fuera usado o exigido por un igual de la dignidad humana, sería desastroso: nadie más que Dios merece ser adorado, porque con Él -por su infinitud amorosa- los significados extremos de la adoración se realizan tranquila y dulcemente, sin pudor ni violencia de ningún tipo.
¿Qué ocurriría si los actos indicados de los dos verbos griegos citados -proskynein y sebazesthai-, que significan 'temer, dirigirse con temor', fueran exigidos por un hombre a otro hombre?
Sería la mayor arrogancia posible. Ay del hombre que exigiera culto para sí mismo (cf. Hch 12,21-23), aun cuando se lo ofreciera por error con plena fe (cf. Hch 14,14)... ¿Y si ese acto fuera dedicado libremente por un hombre a otro hombre? Sería la debilidad más preocupante, el servilismo más contraproducente que se pueda imaginar.
Este es un punto fijo del cristianismo como religión de adoración: sólo Dios puede y debe ser «adorado» -Símbolo niceno-constantinopolitano- recibiendo tal acto de homenaje (cf. Ex 20,1-4). En concreto, la adoración debe dedicarse a la Primera Persona como Creador y Padre, a la Segunda Persona como Salvador e Hijo, a la Tercera Persona como Santificador y Espíritu.
Ver a Dios cara a cara, encontrarse contemplando su gloria infinita, el asombro inefable ante su belleza, la alegría desbordante ante su bondad amorosa, la intuición de su santidad absoluta, la percepción de la diferencia inmensurable con respecto a su condición de criatura,…, en la tierra y en cielo debe llevar al bienaventurado a la más profunda postración, pero ya no vinculada a su condición de pecado -superada y «olvidada» por Dios-, ni la adoración como acto de humilde aceptación con ocasión de desgracias, humillaciones, fracasos, derrotas difíciles de aceptar, porque son experiencias de un mundo ya pasado y ya no concierne a la condición de quien ahora está felizmente dentro de la espiral de la gloria.
La gloria de Dios no aplasta al creyente. Ya en la experiencia de la adoración en la vida terrena expresa el sentido creatural de que todo es don, todo es de Dios, todo viene de Él y es para su gloria. En la adoración el creyente evoca inmensamente el acontecimiento glorioso de la resurrección. También allí la imagen de estar profundamente inclinado habla de empequeñecerse en presencia del Altísimo y del Señor (cf. Flp 2,10), pero quizá ese estado de adoración, en un contexto más intenso de luz, pueda expresarse también -como en un oxímoron de imágenes- estando de pie: así como estar de pie recuerda la resurrección, la postración en tierra sigue teniendo un sentido glorioso de victoria: es, en efecto, un signo de adoración a Aquel que, resucitado, es el viviente.
El bienaventurado adorador está presente ya en el Cielo como criatura e hijo envuelto en la gloria de la Trinidad, y por esa gloria es penetrado, vivificado, elevado, regocijado y colmado de gozo y alegría hasta el máximo de que es capaz. En resumen, podría decirse que estar de pie es la postura que confiesa la dignidad y la libertad filiales concedidas al discípulo glorificado por Cristo resucitado que, en el Cielo, experimenta ante todo la paradoja de ser, al mismo tiempo, «el Cordero inmolado y en pie» (cf. Ap 5,6).
En el significado simplemente etimológico de adoración, está también el de «postrarse» ante Dios para expresar el honor que uno cree y quiere deberle. El creyente bienaventurado queda impactado, en toda su identidad, por la gloria trascendente y omniabarcante de Dios, ante la cual se coloca en adoración, es decir, en la reacción orante más extrema posible, expresando así su verdad creatural y filial de forma gozosamente agradecida y laudatoria. En la adoración, la relación con Dios, que -de modo incipiente e imperfecto por estar condicionada por la experiencia del exilio y ensombrecida por el pecado- se expresa en plenitud y perfecta transparencia espiritual.
La adoración es el calificativo central de la liturgia (cf. Ap 4,10; 5,14; 7,11) y es el modelo de la relación de los cristianos, que son llamados simplemente «orantes» (Ap 11,1), con Dios. La adoración es la actividad confiada y religiosa de los bienaventurados.
Si la adoración perfecta es la del Cielo, ya en el tiempo y en la tierra, el cristiano la experimenta obediente y gozosamente, alcanzando la cima de la experiencia religiosa y creyente. En la adoración, el aspecto 'adorante', inherente a toda relación religiosa con Dios, es decir, el reconocimiento de la infinita diferencia de Dios respecto a toda criatura, de su infinita santidad y gloria, se realiza en una forma particular.
La asimilación de una espiritualidad adoradora es la forma más elevada de la vida cristiana. Se alimenta y se expresa en el constante diálogo orante con Dios. Los discípulos de Jesús, teniendo como fin último adorar al Dios uno y trino por toda la eternidad, deben, por tanto, hacer de la adoración un punto fijo de su experiencia creyente, viviendo constantemente en la presencia de Dios y consagrándose como adoradores de Dios.
Al adorar, uno se descubre orientado hacia el Cielo. Lo Alto y el Más Allá apuntan a menudo a Dios mismo, que se eleva infinitamente sobre todos en todo (en santidad, belleza, sabiduría, fuerza, vida...). La meditación asidua y orante sobre esto nos entrena a converger hacia un punto más allá de nosotros mismos, por encima de nuestros asuntos de la vida; de este modo se relaja la tensión que surge del enfrentamiento horizontal (de cara a cara, pecho con pecho, encuentro frontal) entre nosotros.
Del mismo modo, con la experiencia de la adoración se suaviza la dureza causada por andar en los muchos estrechos caminos de este mundo y se supera la miopía causada por apuntar a los horizontes demasiado cortos de nuestros empeños humanos. La adoración espera ser insertada como punto fijo de la vida cristiana y como alma de la pastoral, de la misión y de todos los caminos sinodales La experiencia de la adoración abre ya a la contemplación del Cielo y alimenta el deseo de alcanzarlo para encontrar a Cristo, razón de la existencia humana, luz de la vida y del mundo.
La adoración desarrolla el sentido creatural y filial. También el cristiano de hoy siente la tentación de deslizarse en la Babel de las actividades febriles, en el torbellino de las empresas, en el gigantismo de los proyectos, en el mito de los grandes números y de las grandes cantidades, convenciéndose a menudo de que esas costumbres o modos de vida despersonalizadores merecen incluso convertirse en leyes de comportamiento, con la pretensión de que ni siquiera deben ser puestos en duda o cuestionados... La adoración, al pedir que se parta en dos la propia figura (lo indica también el símbolo de arrodillarse, de inclinarse, de postrarse, de reverenciar,…), llama al hombre de hoy a redescubrir medidas sobrias en toda la experiencia de la vida, y sobre todo llama al hombre cristiano a recuperar su identidad creatural y su sentido filial, para poder reafirmar la grandeza y el señorío absolutos que sólo pertenecen a Dios.
Buscar, encontrar, seguir a Cristo en esta vida conduce a la adoración de Dios. Es lo que hicieron los Magos de Oriente delante del Niño Dios envuelto en los pañales y acostado en el pesebre (Mt 2, 11). Si los cristianos adoraremos por la eternidad, también estamos llamados a adorar en el tiempo. La adoración es la experiencia última y definitiva que califica la relación del Dios trino con el hombre: nuestra existencia futura en el Cielo consistirá en ser adoradores inmersos en un océano de santidad y gloria. Y esto dicta que la adoración es ya ahora, necesariamente, también la perspectiva indefectible de la misión cristiana.
No lo he dicho al comienzo, para no condicionar la lectura. El epitafio de la tumba del hombre de Dios al que me refería es el epitafio de la tumba de Antonio Rosmini: «Adorar, Callar, Gozar».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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