Amor en el Jubileo de la Esperanza
La palabra más abusada y sobreutilizada del vocabulario. Pero tal vez porque es la experiencia humana que más se busca y de la que más se carece. Y esto nos dice lo primordial y básico que es el amor, tanto que no podemos darle una definición suficiente, porque nos precede, funda nuestro propio ser y da forma a todas las cosas bellas, verdaderas, buenas, santas, justas. Es el nombre oculto de la felicidad, que lo engloba todo en sí mismo, que ofrece sentido a todo.
En la Biblia, es la única palabra que logra decirnos suficientemente algo sobre Dios y su relación con nosotros: «Hemos llegado a conocer y creer en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor; el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn 4, 16). A diferencia de la fe pensada (teología), especialmente en las últimas décadas la fe vivida (espiritualidad) lo está redescubriendo en su fuerza disruptiva, liberadora y salvadora. Y quizá sea ésta la huella más importante para entender qué tiene que ver con ella el Jubileo de la Esperanza.
Todas las palabras, gestos, ritos, intenciones y acciones del Jubileo de la Esperanza se basan en el amor. Quien no ama no hace Jubileo, aunque viva todos los gestos, ritos, intenciones y acciones requeridos. Quien no está animado por esta energía que busca dar vida a la vida, en todas sus formas, que busca alegrarse de la existencia, la propia, la de los demás y la del mundo, no vive el Jubileo.
Esto significa «esencializar», ir al corazón del Jubileo, más allá de todas sus estructuras, para encontrar la esencia de la fe cristiana. Y el Jubileo se convierte en una oportunidad para desprenderse de las superestructuras mentales, jurídicas, históricas, que en dos mil años de cristianismo se han amontonado, e ir a la raíz de todo, que es lo que todos deseamos y que Dios locamente nos sigue comunicando: «¡Tú eres el Amado!». (Lc 3,22). El Jubileo es el intento de Dios de decirnos a cada uno de nosotros ¡tú eres el amado! ¡Tal como eres! Tal como tu historia te ha llevado a ser, sin tener que cambiar, esconder, engañar, disfrazar.
Tú eres el amado. Porque estás vivo, porque existes. Claro, percibimos que estamos vivos, ¡pero nos duele! No somos lo que deseamos, no tenemos lo que nos gustaría, no sentimos que ese amor nos alcance. ¡Pero estamos vivos! Puede que no estemos, que no se nos necesite, ¡pero estamos ahí! Y el dolor que sentimos es posible precisamente porque lo que hace que la vida continúe dentro de nosotros nos impulsa poderosamente a vivir, tanto que buscamos ser cada vez mejores, vivir plenamente. Si no estuviéramos hechos por ese amor y para ese amor, que nos ha hecho ser, ni siquiera sentiríamos dolor cuando esta vida no es tan plena como quisiéramos.
Hacer Jubileo, pues, empieza por aquí: tomar conciencia de que estamos hechos de amor, volver a entrar en contacto en nuestro interior con esa energía que nos habita. Los rituales, gestos, intenciones y acciones sólo y exclusivamente tienen sentido si partimos de aquí. De lo contrario, el Jubileo se convierte en un juego de «toma y daca», entre una humanidad desesperada y culpable, y un Dios tirano que, cuando le apetece, decide ser un poco bueno, ¡pero siempre bajo ciertas condiciones!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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