Comed y bebed de balde (Isaías 55, 1)
“Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo -lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor” (Isaías 25, 6-10a).
Hay gestos que ya han dejado de ser una novedad sino que forman parte de una tradición. Esa misma que hunde sus raíces en las primeras generaciones cristianas. Aquella que remonta a las comidas de Jesús. Solamente una Iglesia solidaria es una Iglesia creíble y sólida.
La Iglesia apostólica tomó en serio el ejemplo de Jesús de dar de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos. Y aquel ejemplo lo vinculó habitualmente a la celebración de la “fracción del pan”, de la Eucaristía. La «fracción del pan» debía ir acompañada del reparto de los bienes materiales.
Es San Pablo quien vincula, por ejemplo, la caridad para con los hambrientos con la celebración de la Cena del Señor. En la comunidad cristiana de Corinto la fracción del pan iba precedida de un ágape fraterno. A los corintios, que no compartían el pan con los pobres a la hora de la cena por considerarlos indignos de su mesa, San Pablo les recuerda el amor sin límites que impulsó a Cristo a celebrar la última cena, entendida como memoria de una vida partida y re-partida por los demás. Para San Pablo Pablo, la Eucaristía está vinculada a la solidaridad también cuando piensa en la colecta en favor de los cristianos de Jerusalén.
San Juan Crisóstomo relata que, al final de la reunión sacramental, en lugar de volver todos a sus casas, los ricos invitaban a los pobres y se sentaban todos a la misma mesa dispuesta en la propia iglesia. San Gregorio Magno abrió las puertas de la iglesia para que comieran los pobres, en una situación especialmente difícil para la ciudad de Roma, y la antigua basílica constantiniana de San Pedro también tuvo esta función, según relata San Paulino de Nola.
En ese otro magisterio siempre elocuente, ¿más elocuente incluso?, de los signos, la atención solícita a los pobres no es ajena al pontificado del Papa Francisco. El Papa habla continuamente de la «cultura del descarte» y de la «opción preferencial por los pobres». La frase inaugural de su pontificado - «cómo quisiera una Iglesia pobre para los pobres»- es el programa que el mismo Jesús dio a conocer en la sinagoga de Nazaret. Este Papa fue el que estableció la Jornada Mundial de los Pobres.
El pan y el vino colocados sobre el altar son un sacramento, un signo eficaz que realiza plenamente la presencia del cuerpo y la sangre de Jesús. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se convierte también en sacrificio de la Iglesia: la vida de los fieles, la oración, el trabajo, las alegrías y los sufrimientos se unen a los de Cristo y a su ofrenda al Padre, por lo que adquieren un nuevo valor. Existe una estrecha relación entre la Iglesia y la Eucaristía: cuando el cristiano recibe el pan eucarístico, recibe el Cuerpo del Señor que quiso incorporar a sí a toda la humanidad. De alguna manera, recibe también a sí mismo, a toda la Iglesia, a quienes comparten con él la misma fe. La Eucaristía se convierte así en el sacramento de la unidad de la Iglesia: comiendo el único pan, los fieles están en comunión tanto con el Señor como entre sí.
Para San Juan Crisóstomo, la solidaridad es un sacramento, el signo de la presencia de Cristo en el mundo: el pobre es «otro Cristo», el «sacramento del altar» debe prolongarse en la vida cotidiana con el «sacramento del hermano»; no hay separación entre ellos. Cara y cruz de la misma moneda. Es el Evangelio del Reino el que nos impulsa a ser servidores de los pobres a ejemplo del Siervo de los Siervos: la caridad para el cristiano no se ejerce en nombre de un humanismo anónimo, o de una solidaridad genérica, sino en nombre de Jesús, de la Buena Noticia, del Año de Gracia.
De esta manera la liturgia eucarística es también una liturgia del cuerpo. Si queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo herido de los pobres. Así dijo en una ocasión el Papa Francisco. La Eucaristía manifiesta una ética del dar, del compartir y de la solidaridad. San Pablo llama “koinonìa” a la colecta en favor de los pobres, término relacionado con el verbo griego “koinoō” que significa también «contaminar», «ensuciar»: la caridad, por tanto, es como una contaminación de la condición del otro porque uno se implica en su situación. La implicación operativa de la “koinonìa” es la solidaridad, término que deriva del verbo latino “solidare” del que también deriva el adjetivo “solidus”. Algunos hablan de la «modernidad líquida». La solidaridad es la referencia sólida para el ser humano hoy. Porque la «solidaridad» es el apoyo mutuo de la forma en que cada parte de un sólido es sostenida y mantenida firme por todas las demás: ninguna es independiente ni está aislada.
Cuando no atendemos a alguien que está enfermo o necesitado, se abre una grieta en el sólido, y sumando grieta a grieta, el sólido pierde consistencia y se desmorona. Sólo una Iglesia verdaderamente 'solidaria' es una Iglesia 'sólida'.
Comer junto a los pobres es también un mensaje contundente sobre el vínculo intrínseco entre liturgia y caridad. La iglesia, espacio de la presencia sacramental de Jesús entre los seres humanos, es también el lugar donde se honra el cuerpo de Cristo en el cuerpo de los pobres.
Y es que hay una dimensión de hospitalidad que el edificio de la Iglesia ha asumido a lo largo de la historia y que puede tomar incluso la forma de una comida compartida. Esto forma parte de la mejor tradición del cristianismo. Basta pensar en las grandes catedrales de la Edad Media, lugares que acogían a forasteros y peregrinos. Hay, pues, también una dimensión hospitalaria del espacio litúrgico que la Iglesia siempre ha conocido. Se trata de un acto emblemático que significa que la “charitas” cristiana brota del altar, de la Eucaristía, por lo que tiene un fundamento teológico, y el hecho de que se ejerza en un espacio litúrgico es su epifanía.
Liturgia y caridad, confesión de fe y solidaridad samaritana, requieren una relación armónica que encuentra su unidad en Cristo. Ninguna de ellas se entiende fuera del conjunto. Si se separa de la caridad, la liturgia se vuelve autorreferencial; si se separa de la liturgia, la caridad pierde su referencia fontal, que es el amor de Dios, se reduce en una mera forma de asistencialismo o ideología.
Tengo preparado el banquete… Venid a la fiesta… (cf. Mateo 22, 1ss).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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