jueves, 9 de enero de 2025

¿De qué callan nuestros Obispos? ¿De qué hablan nuestros Obispos?

¿De qué callan nuestros Obispos? ¿De qué hablan nuestros Obispos? 

La pregunta inicial bien podría cambiarse por el “cómo”, el “cuándo”, el “por qué”,…, callan u hablan los Obispos. 

El Obispo -lo quiera o no, sea consciente de ello o no- es y sigue siendo el único Pastor de su Diócesis, bajo la autoridad del Papa que lo ha elegido y lo ha nombrado para ese servicio de animación y gobierno por supuesto, y de quien deriva su autoridad. 

En uno de los Domingos después de Pascua, el Evangelio nos presenta la figura noble y fuerte del Buen Pastor «que da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11), frente a la del asalariado, que «ve venir al lobo y huye» (Jn 10,12). 

Este pasaje del Cuarto Evangelio fue comentado con arte espiritual y mano sabia por el grande Obispo de Hipona, que se preguntaba: «¿Quién es el mercenario, que ve venir al lobo y huye? Aquel que busca sus propios intereses, no los de Jesucristo (…). Ahora bien, el que busca sus propios intereses y no los de Jesucristo, para no perder lo que le es querido, para no perder las ventajas de la amistad de los hombres y para no incurrir en la vejación de su enemistad, calla, no interviene» (Comentario al Evangelio de San Juan, Homilía 46, 8). 

De este modo se describe el rostro del mercenario: es el pastor que vela por sus propios intereses y calla “pro bono pacis”. Veámoslo en acción y en detalle: «He aquí -escribe San Agustín- que el lobo ha cogido a la oveja por el cuello, el demonio ha empujado al fiel al adulterio (o a cualquier otro pecado grave, se podría decir); tú callas, no levantas la voz. Mercenario que eres: has visto venir al lobo y has huido. Tal vez diga: aquí estoy, no he huido. No, huiste, porque callaste; y callaste porque tuviste miedo. El miedo es la huida del alma. Con el cuerpo te quedaste, pero con el espíritu huiste». 

Callar por miedo, según San Agustín, equivale a huir, y el que huye -aunque sólo sea con el alma y no con el cuerpo- es un mercenario, porque 'no le importan las ovejas' (Jn 10,13). En esta realidad compleja y tantas veces difícil, el silencio parece ser el rasgo más complaciente y diplomático de nuestros Obispos, salvo en algunos acontecimientos, algunos tímidos y otros tardíos. Y el silencio ante determinados temas hasta puede convertir a los pastores en mercenarios. Así como la palabra, en temerarios. 

Hubo alguien - Giacomo Biffi -, quien describió la figura del obispo con su pluma ingeniosa y aguda en estos términos, irónicos pero ¿certeros? ¿ciertos?: “El liderazgo del obispo rara vez tiene la marca del genio en evidencia: más a menudo aparece sin lógica interna, sin ímpetu, sin iluminación. [...] A veces es necesario seguir a un obispo que no va a ninguna parte y que, más que caminar, se queda parado. Sin decir que si el obispo, como sucede la mayoría de las veces, no sabe por dónde ir, me siento simpático y verdaderamente fraternal, pero no veo por qué él debe dirigirme a mí en lugar de ser dirigido...(Quando ridono i cherubini. Meditazioni sulla vita della Chiesa. Bolonia 2006). 

El retrato no podía ser más realista… aunque inclemente... A los que se quejaban de no tener más que un asno como obispo, Giacomo Biffi -él mismo sacerdote, obispo y cardenal- invitaba con su inconfundible ironía a no detenerse en la naturaleza asnal de los obispos, sino a elevar la mirada al sabio designio de Dios, que en su omnipotencia es capaz de hacer obispos ¡incluso a los asnos! De hecho incluso el Señor le dio a la burra de Balaam la capacidad de hablar (Nm 22, 27-33). 

Y esto por una razón muy básica: necesitamos de los Obispos. La Iglesia es la Esposa Inmaculada del Cordero, pero en la tierra es visible y tiene una estructura organizada. Es como el sistema óseo de nuestro cuerpo: nadie se enamora del esqueleto de una persona, pero nadie se enamoraría de una persona si no existiera el esqueleto. 

Necesitamos a los Obispos y de los Obispos porque necesitamos de la visibilidad de la Iglesia. No siempre, desgraciadamente, el escenario que se nos presenta es muy consolador. Hay Obispos que callan ante temas sobre los que deberían hablar. U Obispos que hablan ante temas sobre los cuales hasta podría parecer guardar un respetuoso silencio. 

El silencio episcopal sobre algunos temas no necesariamente quiere decir que el callarse sea sinónimo de conformidad. Tampoco quiere decir que necesariamente callar sea lo mejor en determinados temas para el bien de la Iglesia. Aunque mientras tanto… callan sobre algunos temas. O hablan y se pronuncian sobre sus temas. E incluso lo hacen con proclamas y consignas… casi hasta con anatemas de alta o de baja intensidad. 

Pero, lo confieso, yo echo de menos algún pronunciamiento de los Obispos ante algunos temas (por poner un ejemplo, las deslocalizaciones de empresas, el alza de los precios, la carestía de la vida en la cuesta de enero y de todo el año 2025,…) y más silencio sobre otros (por ejemplo, lo acontecido en la retransmisión de las campanadas de nochevieja en la RTVE…). 

Uno, por ejemplo el Obispo, es tan dueño de lo que habla… como de lo que calla. Siempre me pregunto, e invito a otros a preguntarse, sobre qué temas nuestra Iglesia de Navarra, por poner un ejemplo, guarda silencio... Y también ahí encuentro una radiografía de nuestra Iglesia de Navarra. Porque no nos definimos siempre, principal, exclusivamente sobre lo que decimos, hablamos, nos pronunciamos,…, sino también, y a veces sobretodo, sobre lo que callamos. 

¿De qué callas Iglesia de Navarra? ¿Cuándo callas Iglesia de Navarra? ¿Por qué callas Iglesia de Navarra? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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