El coraje de la esperanza
La esperanza es algo que tenemos o no tenemos dentro de nosotros. Es una dimensión de nuestra alma y, en su esencia, no depende de observaciones del mundo ni de predicciones sobre la situación. La esperanza no es una predicción. Se trata de una orientación del espíritu, una orientación del corazón, que va más allá del mundo vivido inmediato y encuentra raíces en otro lugar, más allá de sus fronteras…
La medida de la esperanza, en este sentido profundo y poderoso, no es nuestro entusiasmo por el curso favorable de las cosas o nuestra voluntad de invertir en empresas claramente destinadas al éxito inminente, sino más bien nuestra capacidad de comprometernos con algo porque es correcto, y no sólo porque es seguro que tendrá éxito…
Cuanto más adversa sea la situación en la que manifestamos nuestra esperanza, más profunda será ésta. La esperanza, sencillamente, no es optimismo. No es la creencia de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte.
Creo que la esperanza más profunda e importante, la única que realmente puede sostenernos, impulsarnos a realizar buenas obras y representar la única fuente verdadera de la grandeza del espíritu humano y de su esfuerzo, viene, por así decirlo, "de en otra parte". Y es precisamente esta esperanza la que nos da la fuerza para vivir y seguir intentándolo, incluso en condiciones tan aparentemente desesperadas como las que nos rodean.
En una situación difícil como la que vivimos hoy, en este ambiente brumoso e incierto, y tantas veces violentamente injusto, la reflexión sobre la esperanza puede sernos de gran ayuda. Una esperanza que se basa no en la posibilidad de éxito, sino en la certeza de que las propias acciones y valores son correctos. Es lo opuesto al sistema en el que vivimos y en el que nos formamos, donde es más importante el éxito, lo externo, que la experiencia interna, que la coherencia con uno mismo.
Creo que el “otro lugar”, de donde nace la esperanza, es el futuro, es decir, ese horizonte que, negando y superando el presente, alimenta las aspiraciones más grandes y profundas. Una imagen bíblica poderosa es la imagen de los “nuevos cielos y la nueva tierra”. Sin este futuro, sin estas aspiraciones, el ser humano nunca se habría abierto a la Historia. Es la imagen del futuro la que da sentido al pasado y transforma el presente. Y es Dios el que nos precede en la Galilea de cada día.
Si reflexionamos sobre un momento difícil de nuestra vida, podemos observar cómo fue precisamente del futuro de donde sacamos la fuerza para salir de él. ¿Y dónde, si no en el futuro, ha encontrado la humanidad la inspiración y los recursos para llevar adelante las batallas sociales que han permitido mejorar las condiciones de vida?
Por eso, todas las actividades que se realizan hoy contra cualquier forma de inhumanidad, de injusticia,…, tienen un significado profundo, más allá de los resultados inmediatos. Estas actividades, por pequeñas que sean, son muy grandes, porque alimentan la aspiración a un mundo a la medida del ser humano, nutren el sueño de un mundo verdaderamente humano.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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