Un cristianismo policéntrico porque el el Hijo de Dios nació en la periferia
El cristianismo es, por naturaleza, policéntrico, y no podemos razonar todavía según el paradigma del único «centro» que ordena y regula, además de ser muy de siglos anteriores, es sobre todo poco evangélico, pues «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). En el cristianismo no es importante el centro, sino la relación con Cristo y con los hermanos, dondequiera que ésta ocurra; y cuando eso sucede, ese es el centro.
La Navidad, que hemos celebrado hace unos días, es precisamente la manifestación de la elección de Dios por lo periférico, por lo escondido y humilde: ¿qué importancia tenían Nazaret y Belén en la economía del mundo antiguo? ¿Y qué importancia tenían Cafarnaún, Betania, Caná,…? Incluso Jerusalén era una cosa pequeña en el peso de la antigüedad, aquella Jerusalén centro de una religión periférica, de la que, además, fue expulsado Jesús de Nazaret, al morir fuera de los muros de la ciudad. Ese Jesús que eligió a doce hombres sencillos, no poderosos, no en el centro...
A lo largo de los siglos la insistencia en el centro, también para defenderse de los golpes de la modernidad, ha mortificado las periferias y sus experiencias generativas, no sólo equilibrando la fuerza centrífuga con la centrípeta, pero sofocando a la primera para dejar prevalecer a la segunda; para luego, por ejemplo, darnos cuenta demasiado tarde de todo lo bueno que había en la periferia, en los aledaños, en los suburbios.
Así, por ejemplo, la Palabra retornada al Pueblo de Dios tuvo que esperar hasta mediados del siglo XX, unos buenos cuatro siglos más tarde que los cristianos reformados. Así pues, por poner otro ejemplo, tuvimos que esperar hasta el siglo XXI para redescubrir la sinodalidad que la ortodoxia oriental ya conservaba como método y don. Así pues, una vez más, tuvimos que esperar años para comprender que una opción preferencial por los pobres, desde América Latina, podía decir algo verdadero y evangélico a todos.
El cristianismo es la fe de las periferias y el Papa Francisco, al recordarlo, no hace más que seguir el Evangelio. Toda periferia es un centro, y todo centro es una periferia, en la experiencia cristiana: ya sea Roma, ya sea un pueblo de América Latina, ya sea un barrio de una metrópoli asiática. Cristo está vivo dondequiera que haya humanidad. Toda Eucaristía tiene el mismo valor, ya se celebre en San Pedro o en una cabaña. Superar un cierto eurocentrismo inevitable, que pone en el centro lo europeo/occidental, en la época de fe que vivimos, es un paso doloroso… pero evangélico. Pero es reconfortante: todos estamos, esencialmente, en la periferia; «Dios ha elegido lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte» (1 Cor, 27).
El centro de la fe es nuestra debilidad… porque así Dios lo ha elegido. El Hijo de Dios nació en la periferia de Israel como después el cristianismo nació en la periferia romana… Y porque el Evangelio del Reino nació en la periferia conoce perfectamente ese lenguaje porque es un idioma materno.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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