martes, 7 de enero de 2025

En camino para redescubrir la Navidad.

En camino para redescubrir la Navidad 

Cuando Israel era niño, lo amé y desde Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamé, más se alejaron de mí (Oseas 11,2). 

No sé si a vosotros os pasa como a mí. Se acercan las vacaciones de Navidad y ya no quiero vivirlas. 

En definitiva, cuando comienza el Adviento siento también el deseo de revivir el acontecimiento que cada año me permite renacer nuevo, junto al Hijo de Dios que viene al mundo; pero cuando pasa el mes de noviembre y diciembre me dice que el tiempo se ha acortado, no sé por qué... 

Me gustaría refugiarme en alguna ermita remota, para vivir la Navidad en solitario, tal vez o seguramente con un buen libro, el ordenador para escribir y sin distracciones. 

La parte más farisaica de mí me dice que lo hago por un profundo deseo de tener una mayor intimidad con el Señor, pero ambos sabemos (yo y el fariseo que vive dentro de mí) que eso es una mentira colosal. 

Avanzo hacia la Navidad y al mismo tiempo en sentido contrario porque entiendo que esta festividad no puede ir de la mano de mis cómodas costumbres: como todo niño que viene al mundo, este Niño también reescribe los equilibrios, los modifica y los hace crecer, cambiando los acuerdos y dictando nuevas reglas. 

Y así me encuentro viviendo en el mismo movimiento del Pueblo de Israel, bien descrito por Dios en el libro del profeta Oseas: "Yo me acerco y ellos se van", como si su presencia me molestara, como si realmente podría prescindir de Él. 

Tal vez me pesa de cara a la Navidad porque la venida de Jesús me obliga a ir hacia lo desconocido, hacia lo no explorado. 

La Navidad no favorece el retroceso, aunque la tradición nos enseña que volvemos a ese preciso momento de la historia en el que Dios eligió encarnarse y hacerse accesible a los hombres. 

Más bien siento que la Navidad tiene que ver con el futuro. 

¿Y cómo podría ser de otra manera, ya que el Niño no tiene memoria de acontecimientos pasados, mientras que tiene por delante un camino que inmediatamente se sumerge en lo desconocido e insondable? 

Y entonces aparece ante mis ojos la provocativa invitación a caminar hacia lo insondable y lo desconocido: una relación diferente y nueva con las personas que me rodean; una actitud nueva y más verdadera hacia mi ministerio y mi servicio a mis hermanos; una nueva disposición de ánimo hacia un Dios que no se cansa de sorprenderme, que me invita a asumir la responsabilidad de vivir una vida libre y me asegura el perdón de los errores que cometeré al intentar responder a esta vocación ( que es de todos y no sólo de los misioneros claretianos, de los presbíteros, de…). 

¿Qué podría pasar, por ejemplo, si me dejo provocar por lo que las personas que me rodean me sugieren como el camino a seguir, lejos de las etapas que yo considero “verdaderas”, “correctas” y “buenas” para mí? 

¿Qué podría pasar si, en lugar de juzgar, intentara experimentar una mirada capaz de valorar y alentar, en lugar de preferir la de quienes condenan y critican? 

Y nuevamente, ¿qué podría pasar si, en lugar de la lenta decadencia de todo lo que me rodea, fuera llamado a ver los signos de un mundo nuevo que poco a poco se va afianzando, mostrándome el amor de Dios que nunca me abandona? 

¿Qué pasaría si, en lugar de alejarme, me acercara al Belén esperando recibir un regalo de manos del Niño recién nacido? 

Todas preguntas que giran en mi corazón y que comparto de buen grado, deseando a todos una tranquila y feliz Navidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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