martes, 14 de enero de 2025

La Vida Consagrada como memoria y profecía, alma de la Iglesia y reserva de la humanidad.

La Vida Consagrada como memoria y profecía, alma de la Iglesia y reserva de la humanidad 

Quizá nunca antes la vida consagrada se había sentido tan amenazada y «condenada a la extinción» como hoy, hasta el punto de que hay congregaciones e institutos que han decidido no sólo no hacer ya ningún tipo de promoción vocacional, sino también cerrar sus puertas a quienes llaman pidiendo entrar. Según los responsables de estos institutos, no sería ni humano ni responsable admitir nuevos aspirantes religiosos y religiosas para administrar centros o atender a ancianos, o tal vez para realizar servicios sociales o ministeriales. ¿Qué futuro podemos ofrecerles? 

Es cierto que este escenario refleja principalmente el mundo de Europa Occidental, mientras que en otras partes del mundo, como algunos países de Asia y África, la vida consagrada está experimentando un crecimiento y un desarrollo inimaginables. Algunos dirán que se trata de una repetición de lo que ocurría en Europa, cuando los países eran pobres, las familias numerosas y el ambiente religioso y claramente cristiano. Si así fuera, el crecimiento actual fuera de Europa sólo suscitaría pocas esperanzas de un renacimiento de la vida consagrada. 

La situación actual de la vida consagrada en Europa no debe vivirse en un sentido única o principalmente negativo; al contrario, puede convertirse en una oportunidad, en un pasaje en el que lo que muere debe morir para dar lugar al nacimiento de algo nuevo. En nuestro caso, una vida consagrada, tal vez más pobre y débil, menos visible, pero más profética y más centrada en lo esencial, que es la gloria de Dios y no la propia supervivencia, para representar a Dios y no para defender las propias obras; una vida consagrada menos clerical pero más evangélica, más «ligera» y cercana a la gente, más capaz de leer las necesidades de nuestro tiempo y de captar los interrogantes que plantea, de ofrecer, con el testimonio de una vida alegre y gratuitamente entregada, respuestas en un lenguaje comprensible para todos. 

Nuestra lectura y comprensión del tiempo en que vivimos y de sus dificultades nos exige tener como trasfondo una visión teológica que se basa en la convicción de que Dios salva en la historia, y permite así a cada persona permanecer gozosamente dentro del tiempo que Dios ha dado y amarlo, porque Dios lo ama y nos ama. 

Al mismo tiempo, podemos -debemos- aceptar la realidad y ser transparentes unos con otros: los hechos objetivos nos dicen que estamos envejeciendo y en declive. Y estos hechos son también historia de salvación. 

Sin embargo, los retos que tenemos por delante muestran algunos espacios nuevos y apropiados abiertos a la vida religiosa en la Europa de hoy, aunque seamos conscientes de nuestra fragilidad. Parecería -¡y es una paradoja! - que cuanto más necesita Europa la vida consagrada, menos preparada está para su misión. Por eso debemos saber renovarnos. 

- El mayor desafío que debe afrontar la vida consagrada es ella misma (actitudes de resignación, pesimismo, nostalgia del pasado o cerrazón en las estructuras, etc.), empezando de nuevo por tener plena confianza en que el Señor, como en el Mar Rojo, abre ciertamente el camino para superar las dificultades. Y no sólo eso. El Señor nos dice: «He aquí que yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Esto significa una mirada mística, contemplativa, que sabe ver a Dios en todas las cosas y mirarlo todo con la mirada de Dios, ¡y reconocer así la novedad de Dios hoy! 

- Luego viene el reto del lenguaje, que es la capacidad de hacer comprender la vida consagrada. Muy a menudo nos damos cuenta de que la gente tiene un conocimiento limitado y distorsionado de las personas religiosas. Es necesario encontrar nuevas formas de hacer comprender lo que somos y lo que vivimos. No se trata sólo de una cuestión de «hábito», sino de la capacidad de ser percibidos como personas apasionadas por Dios, que viven comunitariamente por el ideal del Evangelio, que expresan una auténtica fraternidad, que no trabajan por afán de poder, sino para convertirse en samaritanos de los pobres... 

- Otro desafío consiste en reafirmar valores que nos distinguen y que tal vez ya no se comprendan. El carácter definitivo de una opción de consagración, castidad, obediencia, pobreza, etc.; la dificultad de hacer comprender el valor de estas opciones no nos exime de testimoniarlas con alegría y de seguir proponiéndolas a los jóvenes que, aunque confundidos y fragmentados, siguen fascinados por opciones radicales y figuras verdaderamente proféticas y alternativas. 

- Hoy se nos desafía a vivir el voto de pobreza como una forma de vida, pero también como una capacidad para situarnos en la frontera de la marginación. Que los pobres sean nuestros maestros. La pobreza también se vive como liberación de las estructuras: a veces parece que nos ahogamos en la gestión de estructuras que no tienen futuro. Tal vez haya estructuras que ya no responden a las necesidades de hoy... Tal vez tengamos que pensar nuestra vida de otra manera, liberándonos con valentía de tantas cosas que nos impiden ser como aquellos a los que nos gustaría estar cerca. Esta forma de vivir la pobreza es fidelidad al Espíritu y es un testimonio al que la sociedad actual es muy sensible. 

- Hay un gran desafío que se refiere a la posición de la vida consagrada en la Iglesia: parece necesario «desclericalizar» la vida consagrada en una Iglesia que a menudo se presenta como muy clerical; en algunas Congregaciones, de hecho, el modo de ejercer el ministerio sacerdotal parece haber anulado algunos de los aspectos más característicos de la vida consagrada. Esto es más necesario que nunca en una visión sinodal de la Iglesia. 

- Un reto importante hoy -también a nivel formativo- es el uso adecuado de las nuevas tecnologías, de modo que nos ayuden a incrementar nuestro servicio y no constituyan un obstáculo, especialmente en lo que se refiere a la tendencia a refugiarse en la virtualidad, comprometiendo o incluso anulando la comunidad fraterna por falta de comunión. Todos somos conscientes del modo en que ciertas tecnologías afectan a nuestra vida comunitaria, a nuestra vida personal: también en este ámbito es necesario el discernimiento. 

- La situación «generacional» de la vida consagrada en Europa (tantos ancianos y tan pocos jóvenes) constituye un doble desafío. Ante todo, el reto de valorar a los ancianos entre nosotros, para que no se sientan una carga en nuestras comunidades, sino que sean valorados como un recurso de experiencia, fidelidad y sabiduría. Al mismo tiempo, educarnos a nosotros mismos y a ellos para envejecer bien, de modo que podamos seguir contribuyendo positivamente a la comunidad y a la misión. 

- Por otro lado, está el reto de la integración adecuada de los religiosos más jóvenes, porque a menudo falta una generación intermedia que facilite esta integración; debemos abordar la cuestión de cómo dar mayor protagonismo a los jóvenes. A veces se les sobreprotege, porque son pocos o quizá no se les asignan responsabilidades; a veces, por el contrario, se les sobrecarga de trabajo y tienen la responsabilidad de realizar tareas excesivas. 

- Otro desafío es el testimonio de comunión a todos los niveles (incluso entre institutos y entre carismas diferentes llamados a pasar cada vez más de la «concordia» a la «sinergia»): reunirse juntos, reflexionar juntos, trabajar juntos en una sociedad dividida, que se cierra en la privacidad y el individualismo. 

De estos retos surgen líneas de acción y compromisos para afrontarlos: construir comunidades en las que se viva con alegría el don de la fraternidad: en una sociedad a menudo multicultural, que sufre tensiones por ello, el testimonio de comunidades formadas por personas de diferentes orígenes geográficos y culturales que viven con alegría el don de la fraternidad, es un testimonio importante de la fuerza transformadora del Evangelio y, al mismo tiempo, es una parábola que señala el camino a seguir por las sociedades europeas; ofrecer itinerarios serios de camino espiritual a las personas que buscan respuestas a sus inquietudes religiosas y tienen un cierto anhelo de Dios. Esto exige, naturalmente, profundizar en la experiencia espiritual y crear ambientes y proyectos comunitarios que ayuden en este sentido a recuperar la centralidad de la misión y servirla con mayor transparencia. 

La vida consagrada debe dejar de pensar prioritariamente en sí misma y, por el contrario, situar los retos de la misión en el centro de sus preocupaciones. En este contexto es fundamental repensar los carismas y sus expresiones; potenciar la experiencia de participación de los laicos que desean vivir el carisma de un Instituto. El papel de los religiosos en este contexto es de acogida, formación, acompañamiento; de apoyo a las nuevas presencias apostólicas implementadas en los últimos tiempos por diversos Institutos Religiosos. Volver a las periferias, a los márgenes, estar menos institucionalizados significa, entre otras cosas, recuperar una dimensión en la que la vida consagrada siempre ha sido particularmente significativa; vivir profundamente la experiencia de la interculturalidad, en la perspectiva del enriquecimiento mutuo, sin ningún sentido de superioridad, y volver, en Europa, a «respirar con los dos pulmones»: una mirada más atenta a Oriente podría proporcionarnos alimento para la reflexión y la acción. 

Juan Pablo II nos había invitado a «reproponer con valentía la iniciativa, la inventiva y la santidad de los fundadores y de las fundadoras en respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy» (VC 37). Pero para ello es necesario reconocer a la vida consagrada un «estatuto jurídico» abierto, capaz de respetar y apreciar un cierto genio de exploración y de invención. Si nos encerramos en esquemas fijos, por miedo a perder el control o porque la fascinación por el pasado nos impide pensar de forma nueva y creativa, corremos el riesgo de acabar como vino nuevo en odres viejos. Un desastre asegurado para el vino y los odres...: «El vino y los odres se pierden» (Mc 2,22). 

«He aquí que yo hago algo nuevo: ahora mismo está brotando, ¿no os dais cuenta?» (Is 43,19). El Espíritu está suscitando cosas nuevas; es más, las está suscitando ya, con su creatividad y llamando a nuevas estaciones nuestros carismas, en los dolores de parto de una Europa que se retuerce en los dolores de un parto doloroso e inesperado. Que no nos suceda también a nosotros constatar con el Profeta Isaías: «Hemos concebido, hemos sentido los dolores como si estuviéramos dando a luz: era sólo viento; no hemos traído la salvación a la tierra, y no han nacido habitantes en el mundo» (Is 26,18)». 

El Papa Francisco insiste en la misma línea cuando exhorta a la Iglesia y a los religiosos en particular a mejorar su actitud hacia el cambio, también en relación con el carisma, que nunca es una realidad estática, sino profundamente dinámica, porque es obra del Espíritu: «Un carisma no es una pieza de museo, que permanece intacta en una vitrina... No, el carisma... hay que abrirlo y dejarlo salir, para que entre en contacto con la realidad, con las personas, con sus angustias y problemas... Sería un grave error pensar que el carisma permanece vivo fijándose en estructuras externas, esquemas, métodos o formas. Dios nos libre del espíritu del funcionalismo». 

Hoy como ayer, el espíritu se comporta libre y creativamente; y puede, por supuesto, suscitar, y de hecho suscita, «nuevas formas» de vida consagrada, como lo ha hecho a lo largo de la historia del cristianismo. A este propósito, cito un texto de la exhortación apostólica Vita Consacrata: «El Espíritu, sin embargo, en la novedad no se contradice. Prueba de ello es el hecho de que las nuevas formas de vida consagrada no han suplantado a las anteriores. En tan multiforme variedad, la unidad de fondo se ha conservado gracias a la misma llamada a seguir, en la búsqueda de la caridad perfecta, a Jesús virgen, pobre y obediente. Esta llamada, así como se encuentra en todas las formas existentes, así se exige en las que se proponen como nuevas» (VC 12). 

Por lo tanto, debemos afrontar esta nueva situación, es decir, que en Europa y en el mundo occidental en general, la vida consagrada puede tener menos miembros que en el siglo pasado, y con nuevas configuraciones; y esto se debe a la convergencia de los factores indicados anteriormente, al menos hasta que se produzca un cambio de tendencia. Sin embargo, esto no significa que lo religioso cuente menos en los distintos contextos sociales. La relevancia social no depende de la cantidad, sino de la calidad. De ahí la necesidad de volver a lo esencial, a Cristo, al Evangelio como suprema Regla de vida, a la ‘sequela Christi’. 

No se trata, por tanto, de una cuestión de supervivencia de la vida consagrada y de los institutos, sino de profecía. No somos válidos porque seamos útiles, sino porque somos significativos y relevantes, capaces de suscitar interrogantes y de implicar a personas que quieren compartir la pasión por el Reino, encarnando la profecía de Cristo con una vida paradójica, la del Evangelio. Para lograrlo, debemos liberarnos de la cultura de la decadencia y del consiguiente pesimismo, inoculado en muchas personas y comunidades, y desatar en su lugar el entusiasmo de personas apasionadas por Dios y por el hombre. 

En este sentido, el Papa Francisco subrayó la importancia de la Palabra de Dios en la vida para vivir «el futuro con esperanza» y añadió que «la vida religiosa sólo puede entenderse por lo que el Espíritu obra en cada uno de los llamados». 

«Hay quienes se centran demasiado en el exterior (estructuras, actividades...) y pierden de vista la sobreabundancia de gracia que existe en las personas y en las comunidades. Alejad entonces el espíritu de derrota, el espíritu de pesimismo: esto no es cristiano. El Señor no dejará de estar cerca de las personas, lo hará de un modo u otro, pero lo importante es Él». 

Esto implica la ineludible tarea de reubicar, de dejar morir lo que debe morir (obras, estructuras, formas de organización y de acción) para que la vida consagrada pueda resurgir con una fidelidad dinámica, que le permita privilegiar las opciones esenciales (primacía de Jesucristo, Evangelio sin glosa, comunión con la Iglesia, compromiso por el Reino, servicio a los hombres), las que le dan identidad propia, dinamismo y fecundidad, y le permiten adaptar sus estructuras a la misión, y así responder a ella. 

Todo ello requiere una fuerte espiritualidad personal, una vida comunitaria de gran calidad humana y religiosa, una presencia en el territorio capaz de suscitar interrogantes, implicar a las personas y transformar el entorno. 

Y debemos ser conscientes de que estamos destinados a ser cada vez más «samaritanos», lo que significa, por una parte, vivir la situación de marginalidad que este término implica y, por otra, ser personas profundamente sedientas de Dios y profundamente solidarias con los pobres y excluidos. 

Si es verdad que en esta vida samaritana, hoy, como individuos y como comunidades e institutos, nos sentimos minorías, debemos ser «minorías creativas», si realmente queremos convertirnos en levadura transformadora. 

Las comunidades se convertirán en «minorías creativas» si no se centran en el «yo» de cada uno de sus miembros, sino en el «nosotros», si están formadas por personas maduras que no se rinden culto a sí mismas, a sus sentimientos y emociones, a sus intereses y a la relación virtual, todo lo cual es divisivo, sino que, por el contrario, se proponen vivir el amor fraterno, fomentar el crecimiento humano y vocacional recíproco, favorecer las relaciones interpersonales fecundas, fortalecer el sentido de pertenencia y el espíritu de familia, en definitiva, contribuir a construir una visión comunitaria más acogedora, alegre, atractiva, compartida y comprometida. 

Y cuando se es minoría, se necesitan tres principios firmes: 

1.- una identidad clara: un sentido claro para definir, incluso para nosotros mismos, quiénes somos y qué queremos ser en la sociedad; 

2.- un fuerte sentido de pertenencia: una necesidad convencida de una comunidad en la que compartimos el mismo proyecto de vida y, en consecuencia, la misma misión; 

3.- un profundo compromiso con la excelencia en la calidad humana, cristiana y profesional. Sólo así podremos relacionarnos con todos y estar dispuestos a colaborar con los demás para la construcción de un mundo más humano, de una humanidad más solidaria, de un futuro más atractivo. ¿No bastó una mujer, una pobre y humilde muchacha de Nazaret, para superar la crisis más profunda y permanente de la humanidad, que es el pecado, la muerte, la desesperación? 

¿Qué significa esto? Significa que la fuerza y la victoria de estos hombres y mujeres no está en ellos, sino en su conversión. La conversión a la que siempre nos llama la Iglesia es un deseo de vida y de felicidad, un deseo de Dios, dejarnos cambiar, dejar que Dios cambie nuestro corazón, nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestros juicios, nuestros sentimientos. La conversión es la libertad de dejarnos transformar por el Espíritu Santo que nos conforma a Cristo, el Hijo del Padre. 

La conversión está sostenida y animada por la fe en que el mundo cambiará si dejamos que Dios nos cambie. Nuestro cambio parece nada, parece ridículo comparado con los retos de los cambios de época que necesita la humanidad; parece ridículo y condenado al fracaso sobre todo porque nosotros mismos somos los primeros en ver que cambiamos tan poco y tan lentamente, en ver que caemos y retrocedemos y que siempre tenemos que volver a empezar. Pero si sabemos que sólo Dios puede cambiarnos, ¿qué diferencia hay entre nuestra conversión personal y la conversión del mundo entero? Ciertamente, lo que le falta a Dios no es poder; lo que le falta es nuestra libertad para lograr lo imposible. 

Despertar el mundo e iluminar el futuro. No se podría formular mejor nuestra misión en la Iglesia y en el mundo de hoy. El estilo de vida de Jesús no se modela sobre las necesidades y el desarrollo de las dinámicas de la naturaleza o de la cultura, sino directamente sobre los valores del Reino y, en consecuencia, sobre la superación de aquellos bienes que en el nivel ordinario de la creación sirven al hombre para crecer y desarrollarse. Y sólo viviendo este proyecto evangélico de vida con convicción, alegría y radicalidad se puede transformar el mundo haciéndolo levadura con la energía del Reino. 

«Son los hombres y las mujeres quienes pueden despertar al mundo e iluminar el futuro. La vida consagrada es profecía. Dios nos pide salir del nido que nos contiene y ser enviados a las fronteras del mundo, evitando la tentación de domesticarlas». 

Si la Iglesia de hoy trata de recuperar la frescura del Evangelio y la fuerza y credibilidad de la Iglesia primitiva, significa que todos estamos llamados a una conformidad cada vez más fiel con Cristo, haciendo de su Evangelio la norma suprema, el principio de evaluación de nuestras opciones personales, comunitarias e institucionales. Sólo así conseguiremos sacudir este mundo en el que prolifera la cultura de la indiferencia. Todos esperan de nosotros un testimonio creíble y fecundo de vida, vivida en plenitud, alegre y feliz, bella y atractiva. De este modo, los jóvenes verán que es hermoso vivir en amistad con Jesús, que es posible vivir el Evangelio haciendo de él la «regla suprema de vida», que Jesús y su Evangelio llenan la vida de sentido, de luz, de dinamismo y de alegría. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

 

 

 

 

 

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