lunes, 13 de enero de 2025

¿Y de verdad creemos y apostamos por el ecumenismo cristiano?

¿Y de verdad creemos y apostamos por el ecumenismo cristiano? 

Hace unos años, pero ya en el siglo pasado, puse en mi corazón una esperanza que a veces parecía convertirse en certeza: la unidad visible de los cristianos. Desgraciadamente, ahora con mis 60 años, constato con gran pesar que esta esperanza ya no es un objetivo para no pocas Iglesias y no pocos cristianos. 

El diálogo entre las Iglesias que parecía adquirido aparece frágil, a menudo contradicho por acontecimientos, tensiones, rupturas y tentaciones cismáticas, cuando no incluso derrotado por la indiferencia y el desinterés, como si se tratara de una cuestión cristiana periférica. 

Incluso dentro de cada Iglesia hay polarizaciones cada vez más exasperadas que deslegitiman, hasta el punto de crear situaciones cismáticas de hecho, aunque no se proclamen. La llama de aquel fuego de ecumenismo que marcó el Concilio Vaticano II y el postconcilio se ha debilitado, mientras que se ha impuesto un cinismo que proclama la imposibilidad o la no necesidad de la comunión visible entre los bautizados. 

¿Qué ocurre entonces, me pregunto, con la oración de Jesús por la unidad de los creyentes en Él? En estos años de diálogo y relaciones, el ecumenismo se ha burocratizado progresivamente, ha asumido estilos marcados por la cortesía y la amabilidad mutua, pero ha faltado convergencia hacia el objetivo único y propio del diálogo ecuménico. 

Cada Iglesia, incluida la católica, sigue su propio camino sin tener en cuenta a las demás, sin buscar la sinergia con las Iglesias hermanas en tantas decisiones eclesiales y en tantas iniciativas espirituales. 

Sólo hay colaboración a nivel de servicio a los pobres y a los últimos, en muchos proyectos humanitarios, pero sin la inquietud de ser visiblemente un solo cuerpo, el Cuerpo de Cristo en y entre la humanidad. Ciertamente, el Papa León XIV continúa con su compromiso personal de diálogo y encuentro con las demás Iglesias. Pero incluso este esfuerzo no tiene, por desgracia, repercusiones eclesiales visibles. Por lo menos yo la desconozo. 

Hay que constatar un egoísmo eclesial que induce a seguir caminos sin tener en cuenta a las otras Iglesias, o incluso exacerba las pulsiones de endurecimiento identitario confesional. Nos refugiamos en la fórmula «ecumenismo espiritual», que en realidad no exige un verdadero cambio en la forma de la Iglesia: cambio que, en cambio, es esencial, si las Iglesias quieren ser obedientes al Evangelio, para vivir una auténtica unidad. Así, el ecumenismo sufre hoy de astenia y se encuentra en una especie de callejón sin salida. 

Existe, sin embargo, una realidad que no se debe subestimar: el martirio vivido en tantas tierras por cristianos pertenecientes a Iglesias diferentes, todos testigos de Cristo en la sangre. En ellos, la comunión eclesial es ya perfecta, pues atestiguan que los muros confesionales que nos separan no llegan hasta el cielo. 

Por eso se puede hablar de un «ecumenismo de los mártires» y plantearnos como lo hacía el Papa Francisco en aquella pregunta crucial: «Si el enemigo nos une en la muerte, ¿quiénes somos nosotros para permanecer divididos en la vida?» (Discurso del 3 de julio de 2015 al movimiento Renovación en el Espíritu). 

Quanta nobis est via? ¿Cuánto camino nos queda por recorrer? No respondamos contentos: «El Espíritu lo sabe». Busquemos más bien, creativamente, caminos y acciones para recuperar la unidad perdida, para caminar juntos, para ser más fieles a Cristo y a su Evangelio. 

Y preguntémonos honestamente: si no sabemos vivir la comunión entre nosotros como cristianos, ¿cómo podemos invitar a los hombres y mujeres con los que vivimos a la comunión, a la reconciliación y al perdón? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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