martes, 7 de enero de 2025

Las reales raíces de la patología del clericalismo están en la Iglesia.

Las reales raíces de la patología del clericalismo están en la Iglesia

En el mundo tradicional, la estructura social era la imagen de Dios. Se basaba en la autoridad (no en la libertad) y en la diferencia (no en la igualdad). En nuestro mundo la igualdad-fraternidad es decisiva para reequilibrar las diferencias impuestas por la subordinación y la desigualdad. El clericalismo se vuelve "autorreferencial" cuando se convierte en defensa ante el mundo, en cierre al mundo, en separación del mundo.

San Pio X en su ‘Vehementer nos’ afirmaba que la Iglesia es por naturaleza una sociedad desigual, es decir, una sociedad compuesta por dos categorías de personas: los Pastores y el Rebaño, los que ocupan un rango entre los de la jerarquía, y la multitud de fieles. Y estas categorías son tan claramente distintas entre sí que sólo en la jerarquía del ministerio ordenado reside el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia sus fines; y que la multitud no tiene otro deber que dejarse guiar y seguir, como rebaño dócil, a sus Pastores. 

Hay quien subestima el clericalismo diciendo que, en realidad, son exageraciones ocasionales de una estructura sustancialmente justificada y sana. Pero yo considero más bien el clericalismo como una patología porque está anidado en concepciones fundamentales (y distorsionadas) de la naturaleza de la Iglesia: la constitución "separada" de la cultura eclesial; la comprensión de la Eucaristía como "acción reservada al clero"; la comprensión del clero como un “cuerpo separado” de la Iglesia. 

Por su parte, el Papa Francisco tantas veces ha dicho que la mundanidad espiritual está en la raíz del clericalismo. Porque siguiendo el espíritu del mundo, los cristianos cederían a la tentación del clericalismo, es decir, a posiciones ideológicamente porque la ideología reemplaza al Evangelio. 

El Evangelio es el alma de una religión dinámica, que lleva constantemente a promover la vida y a romper cualquier barrera o rigidez. Por tanto, si los cristianos estuvieran siempre dispuestos, en nombre del Evangelio, a no congelarse en ninguna posición, serían más libres y menos esclavos de cualquier moda, incluso consolidada, del momento, dictada por consideraciones puramente "humanas". Si los cristianos no se remiten al Evangelio acaban aceptando valores mundanos que no son compatible con el Evangelio mismo. 

Dentro de la Iglesia católica a la sacralización de los ministros ordenados se ha añadido el reconocimiento sólo hacia ellos de la plenitud de los llamados tres “munera”: enseñanza, santificación y gobierno. Esto - hay que decirlo de paso - ocurrió de manera solemne en un documento del Vaticano II, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, la Lumen Gentium, que define en primer lugar cómo estas funciones recaen plenamente en los obispos (25-27) y luego especifica cómo los presbíteros (28) participan en estos “munera” en comunión con su obispo. 

Por lo tanto, los obispos y los sacerdotes se encuentran en el catolicismo teniendo una función sacra y una plenitud de poderes que ningún otro miembro de la Iglesia posee. Además, a todo esto hay que añadir los elementos de la admisión exclusiva de los hombres -en términos laicos: "un patriarcado"- a una condición similar, y la obligación del celibato que establece una nueva separación a priori "del mundo". 

La raíz del clericalismo, en mi humilde opinión, está aquí: cuando a un grupo separado y minoritario (y uno compuesto únicamente por hombres célibes) se le asigna un papel sagrado y poderes que otros no tienen (o no poseen en igual grado), pedir a los miembros de este grupo que ejerzan todo esto sin abusar de su posición y sin creerse mejores o diferentes que el resto del Pueblo de Dios es una especie de misión imposible, en la que sólo un porcentaje muy pequeño de presbíteros puede tener alguna posibilidad de éxito. 

Hay quien me dirá: ¿pero entonces necesitaríamos una revolución dentro del catolicismo? ¿Cómo podemos cambiar algo seriamente sin renunciar a permanecer fieles a nuestra confesión católica o sin distorsionar la doctrina? El debate está abierto, evidentemente. Seguramente cualquier paso que conduzca a reducir la sacralización de la autoridad eclesiástica ayudará a reducir el clericalismo. Sin tocar todo esto, será como luchar contra molinos de viento. 

Lo primero fundamental sería no conferir a una sola categoría de cristianos -presbíteros y obispos- la plenitud de las tres funciones que actualmente les son reconocidas. Por ejemplo, permitir una verdadera sinodalidad, en la que cada creyente tenga el derecho real de participar en las decisiones de la Iglesia, sin ser simplemente un colaborador o en calidad de asesor. Es tan básico como vital. 

El segundo es avanzar en la dirección de una desacralización de las figuras de los ministros ordenados, sin vincular automáticamente el acceso a estos cargos a la obligación del celibato. No pocas sino muchas Iglesias cristianas han estado haciendo esto durante décadas (algunas incluso durante siglos), permitiendo, entre otras cosas, que sus ministros sean percibidos como más cercanos a la gente y más ricos en humanidad. 

El tercero es, evidentemente, romper el monopolio masculino en el ministerio ordenado, lo que al menos conduce a capitalizar sólo una parte de la sensibilidad humana -la masculina- y, de hecho, contribuye inexorablemente al resurgimiento de estructuras patriarcales en cada época que asfixian a las mujeres (y no sólo a ... ). 

¿Qué está en juego en el clericalismo? Yo diría que la cuestión más evidente hoy es la de una Iglesia "cerrada en sí misma" e "incapaz de "salir". ¿Salir de dónde y hacia dónde? Para la Iglesia se trata de salir de sí misma, o mejor aún, de hacer salir a Cristo de sí misma, para que pueda llegar al mundo. En el centro de la realidad del clericalismo hay, por tanto, una llamada a "salir" que la tradición ha gestionado de forma diferenciada y que hoy nos pide una forma completamente nueva de reflexionar y actuar. 

Está claro que cada una de estas reformas conduciría también a una profunda revisión de la formación de los futuros ministros ordenados de la Iglesia. De otra manera va a resultar difícil escapar del clericalismo también futuro. Para habitar el mundo, la Iglesia hoy debe pensar en él -y pensarse a sí misma- como "societas aequalis". Dios habla también de igualdad en la sociedad: no en la diferencia de estatus o en la indiferencia del relativismo, sino en la "no indiferencia" de la misericordia. 

Y he aquí el desafío proféticamente reformulado primero por el Concilio Vaticano II y hoy por el magisterio del Papa Francisco. La Teología de la Sinodalidad está pidiendo al pensamiento creyente y al Magisterio que desarrollen nuevas categorías eclesiales, también y quizás sobre todo en las esferas sacramental y ministerial, donde las lógicas feudales del “ordo”, del ceremonial litúrgico-sacramental, etc., confunden todavía demasiado crudamente la fe cristiana del siglo XXI con el antiguo régimen. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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