martes, 7 de enero de 2025

La Iglesia necesita de sorpresa.

La Iglesia necesita de sorpresa (una reflexión a propósito de la celebración de la Jornada de la Iglesia Diocesana)

Se dice que un niño, al salir del circo después del espectáculo, vio un gran elefante encadenado por una pata a una estaca clavada en el suelo. El niño amaba y admiraba a los elefantes. Así que quedó muy sorprendido al observar que la estaca era solo un trozo de madera, mientras que el elefante era grande y fuerte, ciertamente capaz de liberarse fácilmente. ¿Cómo es que no sucedía? Más tarde descubrió que aquel elefante había estado encadenado a un poste así desde que era un bebé. El pequeño elefante había intentado desesperadamente liberarse pero, a pesar de lo pequeño que era, no lo había conseguido. Lo había intentado varias veces, sin éxito, hasta que simplemente aceptó la situación. Una vez que creció y adquirió una fuerza enorme, gracias a la cual podía arrancar árboles enteros y mover rocas pesadas, el elefante seguramente habría podido arrancar la estaca, pero nunca lo volvió a intentar. Lo que lo encadenaba no estaba en sus músculos sino en su mente. Irónicamente, ese gran elefante estaba menos enojado, menos asustado, menos triste. Se había adaptado. Cadena y estaca se habían convertido en parte de su vida. Pero él todavía estaba atrapado. 

¿Una novedad encadenada?

La habituación había ganado. La habituación es la tendencia que lleva a las personas y a los grupos a adaptarse a una situación inicialmente nueva, buena o mala, gratificante o arriesgada. El efecto de la habituación consiste en la atenuación gradual de la reacción a medida que la situación se vuelve familiar. La habituación crea habituación, reduce la atención y la conciencia hacia el fenómeno experimentado: podríamos decir que gracias a ella se 'anestesia' el cambio que intentas afrontar, devolviéndolo a tu zona de confort. 

En muchos casos, la atención pastoral parece funcionar como esa estaca con el elefante, desencadenando procesos de habituación que atrapan la fuerza de la fe. El impacto de la novedad evangélica acaba debilitándose progresivamente, e impide a las comunidades cristianas creer que pueden “mover montañas”. Como mucho podrán quitar los granos de polvo de los altares y estatuas de la Iglesia, siempre que todavía haya alguien dispuesto a hacerlo. 

¿Una pastoral que se aplana y amortigua de manera inane? 

Esta consideración cobra mayor significado cada vez iniciamos un nuevo año pastoral, sustancialmente similar al anterior, en el que probablemente todo o casi todo ya esté definido. Quienes gravitan en torno a la parroquia saben lo que sucederá de principio a fin, desde ahora hasta el próximo verano: la pastoral ya ha tomado medidas para programar y planificar la oferta religiosa, en tiempos y modalidades. Por si fuera poco, está la agenda pastoral, normalmente multinivel (diocesana, zonal, parroquial) que se encarga de concretar los plazos y actividades definidas con antelación. Todo es previsible: las liturgias y en particular la misa, los días y los horarios de las celebraciones y de los encuentros, el catecismo, evidentemente los tiempos y los aniversarios del año litúrgico... las diversas celebraciones de la familia, de la vida, de las confirmaciones y de las primeras comuniones, acampadas,... Y luego empezar de nuevo. 

No hay ninguna sorpresa en la vida real al asistir, por ejemplo, a la parroquia, nada que suscite un asombro positivo. No hay sorpresa en la comunidad cristiana: todo está anunciado, previsto, normalizado. Al contrario: nos sorprendemos si algo sucede de forma diferente e inesperada. La parroquia se ha convertido, para quienes aún la frecuentan, en un lugar tranquilo, seguro, estable, con el debido respeto a la novedad del mensaje evangélico. 

Una situación paradójica 

¿Cómo sorprendernos si las asambleas litúrgicas quedan desiertas, si las comunidades cristianas se asfixian y envejecen cada vez más mentalmente, más allá de la edad del DNI? ¿Cómo sorprendernos o quejarnos, por tanto, de tener comunidades cristianas atrofiadas, sentadas, pasivas, hasta el punto de ser víctimas de actitudes fatalistas? No basta con creer que esto es sólo un efecto del cambio de escenario sociocultural y de la secularización. Hay que reconocer que esto es en gran parte efecto de una pastoral propensa a la repetición, al "siempre se ha hecho así". 

¿Qué pensar de un ministerio pastoral que pretende suscitar interés y atracción hacia la novedad de vida que ofrece el Evangelio mediante la repetición regular y monótona de métodos y propuestas evidentes que dificultan su implicación? ¿No es curioso y paradójico observar cómo la pastoral pretende anunciar la novedad evangélica evitando la novedad? ¿Qué invitaciones a cambiar la vida sin que la vida cambie? ¿Quién no prevé experiencias de discontinuidad y ruptura que conduzcan a una conversión real? 

Es singular observar cómo, por un lado, no se pierde ninguna oportunidad de repetir los conceptos claves del mensaje cristiano y su potencial capacidad de renovación, y, por otro, la vida concreta de las parroquias se hunde en una vida cotidiana absolutamente monótona y predecible, sin que ninguna "novedad de la vida" intercepte la vida real. 

Prietas las filas para mantener la posición 

La actitud de los líderes eclesiales en este sentido no ayuda, más bien tiende a confundir. Por un lado, la invitación cada vez más apremiante a los fieles a acoger con agrado los cambios ya inevitables (que a menudo no son más que una adhesión a las necesidades de reorganización del clero de la zona). Por otra parte, los mismos dirigentes nos piden que "apretemos las filas para mantener la posición", que actuemos como de costumbre, preocupándonos de garantizar todos los servicios y funciones religiosas. 

Casi parece que, en última instancia, se centran precisamente en la tendencia a la habituación más que en una renovada responsabilidad, convencidos de que nos adaptaremos también a la ancianidad y diminución del clero y de los consagrados, a la fusión en comunidades pastorales, a los ajustes organizativos de las celebraciones. La amarga conclusión es que cuando la pastoral (se podría decir 'de buena fe', si no fuera irónico) sigue la lógica de la habituación acaba negando su finalidad, es decir, no presta un buen servicio al anuncio evangelizador sino, simplemente, incluso 'entierra el talento'. 

Reorganizar las cartas de la pastoral 

¿Por qué no intentar barajar las cartas pastorales? ¿Por qué no tener el coraje de cambiar de vez en cuando el contexto, modificar las reglas de convivencia y de compartir, para que las personas y las comunidades salgan de su zona de seguridad? 

Cuando todo es predecible -y estamos acostumbrados a acostumbrarnos a ello- lo que sucede es que las expectativas bajan: nos sentimos satisfechos y queremos seguir estando satisfechos, incluso desgraciadamente a nivel espiritual. Si la pastoral no quiere cometer el sensacional error de obstaculizar el mensaje que pretende proclamar, debería trabajar la des-habituación como criterio básico de la propia acción pastoral. 

Este es el estilo a cultivar para tomar conciencia de lo que hacemos, por qué lo hacemos, cómo lo hacemos, y no quedarnos prisioneros de ello sino abrirnos al cambio y a la conversión de vida, poniendo de relieve los prejuicios y estereotipos que nos afectan negativamente. Una práctica pastoral inspirada en la des-habituación es aquella capaz de 'superar la ley', hacer eco del "pero yo te lo digo", superar el miedo a perder el control, ir más allá de la obediencia acrítica a las normas de las que la mayoría de las veces no se conocen ni su sentido ni su origen. 

La sorpresa pastoral está en cambiar los procesos 

¿Qué sorpresas podría depararnos la pastoral frente a las numerosas confirmaciones que presenta periódicamente? No son los contenidos, más allá de su valor, los que cambian la acción pastoral sino los procesos. Quienes dicen 'sinodalidad, sinodalidad, sinodalidad' no realizan la sinodalidad, porque ésta se vive en procesos y prácticas, no en exposiciones conceptuales. Las "sorpresas pastorales" potencialmente más eficaces y bienvenidas se refieren, por tanto, no tanto a los conceptos de fe o a los contenidos magistrales, sino a los diferentes procesos activados, es decir, al tipo y la calidad de las experiencias vividas por las comunidades cristianas y cómo se proponen y realizan. 

Algunos buenos ejemplos reconfortantes de novedad y sorpresa en los procesos pastorales han llegado de algunas experiencias espirituales activadas (para quienes quisieron o supieron o pudieron) por el camino sinodal: las oportunidades redescubiertas para los métodos de escucha, las conversaciones espirituales, la práctica del discernimiento. 

Otros ejemplos se refieren al cambio de funciones y la introducción de otras nuevas, se definan o no como "nuevos ministerios"; la posibilidad de que los renovados consejos parroquiales y pastorales se basen en un estilo diferente de reunión y no simulen una especie de "junta directiva parroquial"; el cambio de estilo, lenguaje y canales de comunicación eclesial; la voluntad de experimentar, siempre que sea posible, nuevos signos y gestos en la liturgia, en la administración de los sacramentos y, sobre todo, durante la celebración eucarística. 

Pastoral de Diogneto 

Por supuesto, para la pastoral se trata de aceptar el riesgo, renunciar a una vida tranquila, pasar de una actitud reactiva a una actitud proactiva. Para la pastoral no se trata de ayudar a las comunidades cristianas a temblar menos, sino a atreverse y explorar una mayor calidad de vida espiritual. Se trata de romper las cadenas de las bajas expectativas y de la actitud derrotista, si no fatalista, que se siente en muchas comunidades y en gran parte del presbiterio. Para favorecer la conversión, la pastoral necesita también la conversión. Es crucial que la pastoral se acostumbre a salir de la costumbre, es decir, a barajar las cartas, introduciendo signos de discontinuidad que alimenten en los fieles la sorpresa, la novedad que contiene y conlleva el mensaje cristiano. 

Necesitamos una pastoral que sepa captar y practicar el 'principio Diogneto', la capacidad de estar 'en el mundo (eclesial) pero no ser del mundo' (eclesial) con respecto al modo de vivir, de pensar, de comportarse para esperar que sea creíble y para hacer que la novedad evangélica sea practicable. 

¿Qué queremos celebrar en la Jornada de la Iglesia Diocesana? 

«Cuando sopla el viento del cambio, unos construyen muros, otros molinos», nos recuerda un refrán chino. El viento de cambio que sopla en la Iglesia, lo sabemos, es muy fuerte. Ya se sabe… el viento sopla como y cuando quiere… quizá sabemos de dónde viene… pero no siempre sabemos, ni siquiera intuimos, a dónde va. 

Los primeros dicen: «La Iglesia ha conocido y superado tantas crisis, ¡también superaremos ésta!», haciéndose ilusiones de que gobiernan y gestionan el cambio, añadiendo quizá «con la ayuda del Espíritu Santo, por supuesto» (como si la tercera Persona de la Trinidad fuera el socorrista de la autopista o el de la playa...). 

Los segundos dan la bienvenida al cambio, dándose cuenta de que el cambio se afronta atravesándolo y convirtiéndose en el cambio mismo, convencidos de que «si el cambio te pide tu capa, le das también tu túnica, y si te obliga a recorrer una milla, recorres dos». 

Tratar de resguardarse construyendo muros tras los que protegerse, o convertirse en palas que el viento hace girar, produciendo nueva energía, es la diferencia entre una respuesta pastoral conservadora basada en el aferrarse y la de dejarse levantar, hacerse ligero, dejarse llevar y ser llevado, es decir, vivir la fragilidad y la ligereza como recursos. 

¡Y sin embargo se mueve!” es la célebre frase pronunciada por Galileo ante el Tribunal de la Inquisición, para sustentar el cambio introducido por la teoría copernicana respecto al paradigma ptolemaico dominante en la época. 

"¡Sin embargo, no cambia!" es más bien la frase que a menudo surge con amargura de labios de quienes hoy, con compromiso y fe, se proponen introducir cambios pastorales en la Iglesia. 

Prácticamente no hay responsable pastoral que niegue la necesidad de introducir cambios en la actual situación eclesial, ya sea para experimentar nuevas oportunidades o para intentar volver a la "hermosa iglesia del pasado". Pero también son pocos aquellos que saben cómo iniciar y realizar un auténtico cambio pastoral, que no sea irreal ni episódico. 

Hoy una de las paradojas pastorales es precisamente la de una Iglesia presa del "síndrome del cambio", con efectos a veces angustiosos, a veces eufóricos, y al mismo tiempo inmovilizada porque no sabe cómo proceder. Lamentablemente, quienes pagan el precio más alto son precisamente las personas más implicadas en este esfuerzo de renovación y cambio de la Iglesia, las que están más decepcionadas y desconcertadas por la inercia y el carácter contradictorio con el que procede la Iglesia. A la frustración sincera y dolorosa de muchos creyentes "de buena voluntad", se suma la mala fe y el oportunismo de quienes (a veces inconscientemente pero sin embargo culpablemente) implementan un cambio fingido y oportunista, para intentar cambiar para no cambiar, cambiar sin cambiar. 

Cambiar sin cambiar remite a una elección precisa: introducir adaptaciones sin modificar por ello las premisas que rigen el sistema eclesial y pastoral vigente. 

El verdadero cambio, sin embargo, sólo puede ser un cambio en la visión eclesiológica y en las formas pastorales: la Iglesia no puede cambiar sin que la Iglesia cambie. La dificultad y al mismo tiempo la necesidad es aprender a desaprender, para poder releer los paradigmas pastorales que nos condicionan y conseguir de ellos para experimentar con otras visiones y prácticas relacionadas. 

Entre querer cambiar y no saber cambiar, está el conformarse con un pseudo-cambio, un cambio a la baja, la renuncia a creer que se puede vivir el ciento por uno ya desde ahora y aquí abajo. 

Tantas veces me he preguntado en estos tiempos: Ecclesia, quid dicis de te ipsa? O, lo que hasta puede ser algo análogo: Quo vadis, Ecclesia? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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