Reflexión con la Conferencia Episcopal Española
Del Sínodo que ya no existe a la recepción, en curso, del Sínodo y su sinodalidad. El camino ya ha comenzado. Llevamos años. Ahora estamos en el decisivo de la ‘traditio’ y la ‘receptio’. Ayer y hoy, seguramente también mañana, existe un riesgo: temerosos de lo desconocido, ¿preferimos refugiarnos en las excusas del “no es necesario” o del “siempre se ha hecho así”? ¿Por qué dejar lo cierto por lo incierto? ¿Para ir a dónde? ¿Con qué? Realizar un Sínodo significa caminar por el mismo camino, caminar juntos. Miremos a Jesús, que primero encuentra al rico en el camino, luego escucha sus preguntas y, finalmente, le ayuda a discernir qué hacer para tener la vida eterna.
Encontrar, escuchar, discernir: tres verbos -entre otros- del Sínodo. Así, el Papa Francisco, advirtiéndonos, hablaba al Sínodo sobre la sinodalidad. No se trata de un juego de palabras, sino que se trata de una tarea particularmente exigente a la que está llamado todo el Pueblo de Dios, compuesto por fieles, religiosos, sacerdotes y obispos -el orden no es baladí en el horizonte del Pueblo de Dios todo él profético, real y sacerdotal porque bautizado-, que debe conducir a cambios radicales, es decir, de raíz. Sin lamentos. Sin atajos.
Cuestionar nuestras acciones cotidianas, abandonar nuestras certezas y hábitos, renunciar a nuestras situaciones de privilegio y poder, dejar a un lado nuestras zonas de confort y emprender un itinerario, peregrinos, ligeros de equipaje. Cuestionar todo sobre a nosotros mismos y cambiar, renovarnos, emprender un nuevo camino de vida, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en la sociedad. “Toda la Iglesia está llamada a hacer frente al peso de una cultura impregnada de clericalismo, que hereda de su historia, y de formas de ejercicio de la autoridad en las que se injertan distintos tipos de abusos (de poder, económicos, de conciencia, sexuales). Es impensable 'una conversión de la acción eclesial sin la participación activa de todos los componentes del Pueblo de Dios” (Francisco, Carta al Pueblo de Dios - 20 de agosto de 2018 -). Esto es lo que la Iglesia nos propone y nos pide desde el Sínodo. ¿Sigue vigente este mensaje? ¿Es actual este estilo? ¿Sigue siendo este el horizonte?
¡Sencillo de decir! ¡Complejo de lograr! Es necesario saberlo: no hay atajos ni alternativas a casi un mes de la conclusión de la última sesión presencial del Sínodo en Roma, a las puertas del Jubileo y del año 2025 de este siglo XXI. O se hace o no se hace. La Iglesia no puede permanecer inmóvil. El nuevo camino queda por recorrer si queremos devolver la luz, un nuevo esplendor a nuestra fe, si queremos releer la Buena Nueva, el Evangelio, anunciarlo, actualizarlo y vivirlo. Nuestro ser cristianos, tantas veces bien encerrados y pertrechados en nuestras certezas, en nuestras sacristías, satisfechos con liturgias cada vez menos concurridas,…, no puede ser la respuesta a ese Sínodo que la Iglesia, a petición e indicación del Papa Francisco, puso en marcha. La sinodalidad ya tiene carta de ciudadanía, ya es mayor de edad y ha venido para quedarse.
Una de las palabras clave de los Hechos de los Apóstoles es “en salida”. Palabra clave, también, del pontificado del Papa Francisco y principio inspirador de este Sínodo. En ese horizonte de movimiento y salida encontramos la conversión, de los gentiles, de los paganos y de Cornelio, bautizado por San Pedro, el primero, contado en los Hechos de los Apóstoles. Es el verdadero testimonio de que Dios no hace preferencias entre puros e impuros, judíos y no judíos, entre paganos o creyentes, entre hombres y mujeres. “La rigidez, el enemigo más tenaz del discernimiento”. “Dejar la cómoda presunción de lo que ya se sabe, moverse, ir a ver, estar con la gente, escucharla, recoger las sugerencias de la realidad que siempre están ahí” (del mensaje del Papa Francisco para la Jornada de las Comunicaciones 2020).
Lo mismo ocurre en este tiempo de recepción sinodal: debe llegar a todos, creyentes y no creyentes, y caminar junto con ellos. Es encontrando a las personas, acogiéndolas, caminando con ellas, entrando en sus casas, sentándose a su mesa que se comprende el significado de su visión: ningún ser humano es indigno a los ojos de Dios y la diferencia que establece la elección no es exclusiva de preferencia, sino de servicio y testimonio de alcance universal.
Han sido dos años de camino, de consulta, dos años de gracia, no para producir documentos, sino “para hacer germinar sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, curar heridas, tejer relaciones, para resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros y crear una imaginación positiva que ilumine las mentes, caliente los corazones, devuelva la fuerza a las manos...” (Papa Francisco, Discurso al inicio del Sínodo dedicado a los Jóvenes - 3 de octubre 2018).
Éste es el camino sinodal. En este horizonte quiere moverse seguramente la Iglesia de España. Una verdadera, apremiante y fuerte invitación a ser concretos y operativos. Hechos, no palabras. Si las comunidades cristianas se están envejeciendo y vaciando, preguntémonos por qué. ¿Cómo intervenimos para ayudar a quienes han sido "golpeados sangrientamente" de mil y una maneras, también en forma de abusos, y abandonados medio muertos al borde del camino? ¿Seguimos adelante, como ese sacerdote y ese levita? ¿Lo abandonamos sin ayudarlo porque lo consideramos "un extraño en la calle"? ¿No tenemos tiempo para ofrecerle? Empecemos a buscar a los que van camino a otros destinos, metas,…, a otras costas.
Sospecho que el tiempo presente, no digamos el futuro,
hasta puede ser una verdadera conversión, una transición dolorosa. “Salir de lo que ya sabemos, elegir estar con la gente”, como
pide el Papa Francisco. Por este motivo, me parece fundamental la
sinodalidad como estilo: una urgencia e invitación a la conversión, a “vivir
juntos el camino y en camino”.
Son significativos los núcleos temáticos en los que el documento final nos invita a acoger, discernir, profundizar, concretar… En todo este proceso, ¿quiénes son los compañeros de viaje, incluso fuera del perímetro eclesial? ¿Qué personas o grupos quedan al margen, expresa o de facto? Escuchar: tener la mente y el corazón abiertos, sin prejuicios. ¿No fue el primer mandamiento de Dios el “escucha Israel”? Será complejo, seguramente hasta difícil, no sé si imposible, registrar la posibilidad de escucha de quienes están imbuidos de prejuicios que históricamente han marcado a personas y comunidades.
Pero una de las preguntas más significativas que nos podemos hacer es: ¿Qué espacio tiene la voz de las minorías, los descartados y los excluidos? ¿Será posible registrar la necesidad de encontrarnos con estas personas, con estos grupos para iniciar o retomar un diálogo y un posible camino juntos? Un verdadero desafío que la Iglesia puede, ¿debe?, hacerse a sí misma.
Tomar la palabra: la Iglesia está invitada a hablar con coraje y parresía. Se necesitará mucho coraje. Lo estamos viviendo de un tiempo a esta parte: alianzas que de repente terminan, distancias para evitar contaminaciones, alineamientos perjudiciales,… “Parreṡìa” (del gr. Παρρησία) es la «libertad de expresión», es decir, la franqueza y la libertad. Que el sí sea sí, y el no sea no. Lo cortés no quita lo valiente. En algunas declaraciones-respuestas dadas a preguntas, tantas veces me parece percibir un espíritu diferente. El significado atribuido a la palabra “parresía” no debe estar imbuido de un cierto paternalismo clerical. El Sínodo de la sinodalidad es también una fuerte invitación a la reconversión sinodal, a ir más allá para no dejarse abrumar por el riesgo de la insignificancia o la afasia, de la contrariedad y enfrentamiento, con tal de que la propuesta evangélica del Reino sea una palabra elocuente y significativa que llegue a las personas de esta sociedad.
Cabe plantearse una pregunta emblemática: ¿España, país de misión? No se trata de ser agoreros. Como tampoco de dejarnos embaucar por “cantos de sirena” de no se sabe que regreso a esplendores (¿?) del pasado… La secularización / el secularismo también afecta a España. ¿Existe un distanciamiento general de la vida de la Iglesia y qué se debe hacer para responder a todo esto? Estamos viviendo tiempos de complejidad en la Iglesia en Europa. La Iglesia de España no puede decir que sea inmune a estos fenómenos. Es necesario repensar el anuncio de la fe y encontrar nuevos impulsos para su anuncio y su testimonio. Es necesario repensar la imagen de una Iglesia que tenga rasgos de frescura, de comprensibilidad, de afabilidad, que verdaderamente dice algo a la vida de las personas.
En cualquier caso, debemos dejarnos cuestionar por la crisis, como ocurrió por ejemplo durante la pandemia, pero también por las dificultades concretas y reales que enfrenta la gente de a pie. Buscar nuevas formas de contacto y relación con las personas. Hacer sentir la cercanía de la Iglesia a la vida y al sufrimiento de las personas. Es decir, transformar el tiempo del sufrimiento en tiempo para acoger el viento del Espíritu, un viento que abrió las puertas de la Iglesia.
Una puerta no físicamente cerradas, y que solamente atienden en horario parroquial, sino abiertas a personas que buscan esperanza. La Iglesia ha sabido estar cerca de la gente. Si tenemos la valentía de buscar nuevos caminos, de emprender, de cuestionarnos, podremos superar la insignificancia para dejarnos interrogar, con valentía, por la realidad, por lo que sucede. Siempre es el momento más fructífero que vivimos durante las mayores crisis porque somos cuestionados de manera radical. ¿Con qué rostro la Iglesia se deja encontrar por la gente? ¿Con qué Iglesia soñamos? ¿Con qué Iglesia sueña y espera la gente corriente? Debemos saber escuchar, saber recoger el deseo que hay en el corazón de las personas y preguntarnos ¿qué Iglesia es el sueño de Dios?
Es ésta ciertamente una ocasión extraordinaria de gracia que nos lleva más allá de la inercia y pereza pastorales y de toda forma de cierre. Debemos aprender a trabajar en red con todos y para todos ofreciendo escucha y espacio a las experiencias que nos interpelan. Aprender el arte del diálogo con los compañeros de viaje, especialmente con aquellos que deliberadamente hemos dejado de lado. Debemos aprender que podemos caminar juntos aunque seamos diferentes. Podríamos decir: unidos incluso en la diversidad. La diversidad no choca con la unidad, al contrario, la enriquece.
¿Cómo se toman las decisiones en nuestras comunidades? ¿Los órganos de participación están realmente funcionando o sólo están formalmente constituidos? Cuántos errores, cuánto sufrimiento se podrían haber evitado si los órganos de discernimiento y toma de decisiones hubieran funcionado realmente, sin ser sólo o meros órganos de conveniencia. El camino pos-sinodal no debe vivirse como un hecho extraordinario, sino que debe convertirse en algo cotidiano de nuestras comunidades en todos los niveles, diocesano, parroquial,…, que se construyen sobre la escucha de la Palabra. Una oportunidad de gracia que no debe desperdiciarse. Una sinodalidad que se convierta en principio ordenador a nivel institucional, que se convierta en experiencia cotidiana y ordinaria a todos los niveles para no caer en una parábola que nos lleve del presente al pasado.
Hay que tener el valor de la “parresía”, si no, ¿qué camino sinodal es? Y la parresía cuesta, por supuesto. El Papa Francisco dijo “Tened el coraje de la parresía, no tengáis miedo de decir lo que pensáis. No lo que me gustaría oír. Tened el coraje de decir lo que realmente pensáis, con extrema libertad de expresión, de comunicación. Hay que escuchar no sólo a los que piensan como yo, sino también a los que piensan distinto de mí. Esa perspectiva me enriquece, aunque en ese momento me moleste y quisiera callarla. Aunque incómoda, esta parusía debemos tener el valor de vivirla, o no somos evangélicos, nos sentamos cómodamente en nuestra zona de confort. Pero no sirve para nada ni para nadie. No querer confrontarnos hace que nos falte el suelo bajo los pies, nos debilita, nos vacía de sentido. La parresía es absolutamente indispensable y también está hecha de delicadeza. En nuestras comunidades debemos aprender a decir lo que llevamos dentro, pero con la voluntad de construir, no de destruir al otro. Debo decir lo que pienso, aunque vaya en contra del otro, con espíritu constructivo. Las decisiones deben surgir del camino sinodal. ¿Cómo se toman las decisiones? ¿Cómo se ejerce la autoridad? Cuestión concreta. No hay nada abstracto en este Sínodo”.
Es cierto que una palabra clave es participación, pero hay una actitud que debemos adoptar que es la de conversión. Pongámonos en actitud de querer soñar, de querer ver un nuevo amanecer. Aprenderemos a escuchar que este camino concierne a nuestra manera de ser Iglesia institucional, a nuestra manera de leer la historia, la cultura de este tiempo. Vivamos una escucha serena, posible, relajada, sencilla, con sinceridad, para lograr y restablecer un nosotros eclesial. El alma de esto es volver a poner en el centro un espacio para ser habitado con todo el esfuerzo de todos y de cada uno; poniendo de nuevo en el centro la relación, un estilo de proximidad auténtica, humilde, disponible, hospitalaria. Capaces de habitar y acoger el disenso, incluso con cuestiones críticas. Sin apresurarnos, aunque se esté definiendo el camino. Caminando juntos estructuraremos mejor el camino. Si no nos ponemos en el estado de un auténtico deseo de soñar y de querer ver un nuevo amanecer, necesitamos una capacidad profunda del corazón que nos lleve a aprender que este camino de conversión concierne a nuestro mundo institucional, a nuestra forma de ser, de pensar, de decidir, de hacer.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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