martes, 7 de enero de 2025

¿Sínodo en la Iglesia de Navarra?

 ¿Sínodo en la Iglesia de Navarra? 

Allá por el 14 de octubre del presente año publicaba en el Religión Digital una reflexión “Para un discernimiento eclesial, por ejemplo, en la Diócesis de Pamplona-Tudela” (https://www.religiondigital.org/beste_aldera_joan_zen_jesus/discernimiento-eclesial-ejemplo-Diocesis-Pamplona-Tudela-diocesis_7_2714798496.html). Y ahora trato de ir dando más cuerpo a un necesario discernimiento eclesial en esta Iglesia después de casi un año de la ordenación episcopal y de la toma de posesión del Arzobispo de Pamplona-Tudela, Monseñor Don Florencio Roselló Avellanas.

"Amemos a la Iglesia. Amémosla también dentro de sus límites y con sus defectos. Ciertamente no por sus limitaciones y defectos, y quizás también por sus faltas; sino porque sólo amándola podremos sanarla y hacer resplandecer su belleza de Esposa de Cristo. Es la Iglesia la que salvará al mundo, la Iglesia que es la misma hoy como fue ayer, pero que siempre encuentra, guiada por el Espíritu y con; la colaboración de todos sus hijos, la fuerza para renovarse, para rejuvenecer, para dar una nueva respuesta a las necesidades siempre cambiantes" (Pablo VI). 

Premisa 

Comparto la belleza y la alegría de ser cristiano, pero también las dificultades y preocupaciones de ser creyente en este siglo XXI. Confieso que creo que el estilo sinodal emprendido por nuestra Iglesia no es una opción, sino una expresión de su vocación y misión. 

¿Qué es un Sínodo? 

El Sínodo podría ser un acontecimiento de gracia para nuestra Iglesia Navarra marcando una nueva fase en la historia secular de nuestra Iglesia. El Sínodo sería la asamblea de esta Iglesia local en comunión para orar, discernir, decidir en esta Comunidad Foral de Navarra. 

Estamos en un momento de la historia en el que también se requiere una mayor participación en el discernimiento y en la toma de decisiones del presente inmediato y del futuro de nuestra Iglesia. La barca de Pedro, que es la Iglesia, parece bien representada y vivida concretamente por la comunidad cristiana que vive en las “casas”: la pequeña comunidad cristiana. El icono de María de Nazareth, reunida en oración junto a los Apóstoles, podría ser el icono sintético del Sínodo y es el símbolo más concreto que me viene a la mente, pensando en este tiempo de escucha que podría vivir nuestra Iglesia. 

Retornar a la raíces 

¿Qué Iglesia queremos ser ante los desafíos que nos esperan? 

¿Con qué rostro pide Jesús a la Iglesia de Navarra que se presente ante la sociedad civil para servirla con humildad y dedicación? 

Nuestra Iglesia está llamada a redescubrir, revivir y actualizar la Iglesia de los Apóstoles, de los primeros cristianos, en la que se proclamaron los Evangelios: la Iglesia descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles y que emerge también de las Cartas Apostólicas y del Apocalipsis. 

Estamos invitados a redescubrir, revivir, actualizar el modo de ver, juzgar, operar y actuar de los Apóstoles y de los primeros evangelizadores. 

Es la realidad de nuestra Comunidad Foral de Navarra la que nos exhorta a revivir la mente y los sentimientos, las actitudes y las opciones, del Señor Jesús, su obediencia al Padre, su docilidad al Espíritu Santo, su atención a la Palabra, su caridad creativa, su impulso misionero, su pasión por el Reino. 

En un camino sinodal el Padre nos invitaría a todos a dirigirnos a Jesucristo, luz que ilumina con esperanza y caridad el camino de la humanidad, para buscar juntos cómo reconocerlo, acogerlo y dar testimonio de ello en nuestro tiempo y en nuestra sociedad. 

Estamos llamados a volver a nuestras raíces. 

¿Qué raíces? 

La contemplación de Dios revelada y dada por Jesucristo, escuchando su palabra leyendo la Biblia, la celebración eucarística, la misión y la caridad. 

Regresando a las raíces porque nuestras comunidades necesitan y quieren prestar atención diaria y afectuosa a su fundamento que es Jesucristo, estando atentos a captar la perenne novedad de Dios, y ofrecerse como instrumento dócil al Espíritu Santo, que quiere hacer de nosotros signo de la dedicación divina y benévola a la humanidad y a cada uno de los hombres. 

Convertirnos a la sinodalidad 

Este regreso a las raíces requiere ciertamente reflexión, investigación, análisis, debates, propuestas… y muchos sueños. El Sínodo es esto, pero no es sólo esto. Es sobre todo "conversión al Señor, es decir, compromiso de revisar profundamente nuestra relación con Él; relación fundada en la entrega confiada a su amor, en la escucha dócil y atenta de su palabra, de su esperanza y de su pasión. 

Precisamente esta conversión al Señor es una condición indispensable para el éxito del camino sinodal. El éxito del Sínodo depende de la acción del Espíritu Santo y de la voluntad de cada uno de nosotros y de las comunidades de dejarnos llevar por los caminos que Él ha querido para nuestra Iglesia. Depende de nuestra conversión al Señor, y está confiado al corazón y a la mente de cada uno de nosotros. 

El Sínodo depende de nuestra voluntad efectiva de volver a poner al Dios de Jesucristo en el centro de nuestra vida, como la Iglesia de los Apóstoles que, incluso antes de predicar, bautizar, organizar la caridad, vive como Iglesia que reconoce el primado de Dios, proclama que Dios es Dios, alaba a Dios sobre todo, permanece delante de Él en adoración silenciosa. Debemos empezar de nuevo desde aquí: desde la certeza de que Dios en Jesús está cerca de nosotros, nos sostiene, nos mueve, nos vivifica, nos ama, nos llama, nos salva. El Dios de Jesucristo es el principio de todo: Dios es para nosotros, es todo para nosotros; y estamos en Él. 

El Sínodo significa “camino juntos”. El Sínodo es la implicación de los diferentes componentes de este Pueblo de Dios, itinerante y peregrino, cada uno en su propia función, pero todos responsablemente dispuestos a reflexionar, contribuir, verificar, proponer. El Sínodo es la experiencia fuerte, tal vez dolorosa pero ciertamente apasionante en el Espíritu y profundamente eclesial, de sentirnos y sabernos llamados juntos en una operación de discernimiento evangélico a ser Iglesia de Cristo hoy, comunidad que bebe de su vida en el tiempo y en la historia. 

Esta perspectiva nos lleva a buscar juntos, en un clima de fraternidad, lo que el Señor quiere darnos a conocer y a realizar. El Espíritu Santo es el maestro y guía que nos enseña el estilo con el que acogernos y escucharnos unos a otros, acoger y escuchar a la sociedad y a quienes comparten esta historia común en nuestra Comunidad Foral de Navarra.

Es el estilo evangélico de la sinodalidad, la manera de vivir este acontecimiento singular y extraordinario de la Iglesia y al mismo tiempo es una meta a alcanzar para renovar el rostro de nuestra fraternidad / sororidad eclesial tejiendo y retejiendo redes y sinergias. 

Este estilo de sinodalidad sería la novedad del Sínodo. 

No se celebra un Sínodo para confirmar el pasado. Se realiza un Sínodo para iniciar procesos de renovación e iniciar transformaciones, para un futuro diferente. Antes que a un nivel de práctica y de instituciones, un Sínodo pretende iniciar procesos de innovación a nivel de mentalidad. Si las mentalidades no cambian, no habrá nada realmente nuevo. 

La novedad eclesial es la sinodalidad, es decir, la mentalidad de comunión. Sólo una conversión real a la sinodalidad puede dar origen a un nuevo rostro de la Iglesia, el del Concilio Vaticano II. El rostro de comunión de la Iglesia pide realizarse a través del principio de la diversidad en la unidad; es decir, a través de los criterios de copresencia, complementariedad y corresponsabilidad. 

El camino para hacer de la Iglesia una casa y una escuela de comunión pasa, en primer lugar, por la participación responsable de todo el Pueblo de Dios - profético, real, sacerdotal - en la vida y en la misión de la Iglesia. Juan Pablo II afirmó varias veces que sin la corresponsabilidad real de todo el Pueblo de Dios no puede nacer un modelo verdaderamente "nuevo" de Iglesia. 

El Sínodo no se realiza para "hacer el Sínodo" cumpliendo el expediente... En realidad, el Sínodo no se celebra sin una verdadera conversión. Es ante todo la conversión personal de todos los miembros de nuestra Iglesia; es decir, la conversión cultural y espiritual a la eclesiología de comunión. 

Es también conversión institucional a la comunión; es decir, potenciar y fortalecer los órganos de participación y comunión en los diferentes niveles también en nuestra Iglesia Local. 

Es también conversión pastoral, ya que implica el paso de la "pastoral del hacer, a la pastoral del ser para hacer"; de la pastoral desde arriba a la pastoral de comunión, y de la pastoral de conservación a la pastoral de evangelización y misión para el "servicio al hombre de hoy". 

Esta perspectiva nos protege de una posible tentación. No se puede pensar en la sinodalidad como si cada cristiano tuviera recursos espirituales que, a través de la práctica sinodal, podrían beneficiar a toda la Iglesia. La posibilidad de que los individuos den testimonio de la verdad que concierne a todos requiere iniciación. La cultura actual alimenta formas de conciencia creyente que obstaculizan la sinodalidad en el momento mismo en que la piden, porque, en realidad, hasta podemos reivindicar un pluralismo destinado a sublimar nuestras propias inclinaciones autorreferenciales. 

Para tomar en serio tal compromiso de conversión, uno no puede evitar sentirse perplejo, hasta el punto de desorientarse. No se trata de esperar que en el Sínodo algunas personas decidieran qué hay que hacer. Más bien, debemos estar convencidos de que todos debemos ser protagonistas responsables del Sínodo. Pero debemos centrar nuestra responsabilidad en una única finalidad: qué propuesta cristiana, evangelizadora y misionera, realizar en nuestra Comunidad Foral de Navarra e este siglo. 

¿Qué rostro de Iglesia? Sueño y concreción 

¿Qué sueño de Iglesia puso el Concilio en nuestros corazones? 

¿Qué Iglesia estamos llamados a construir para que la luz de Cristo brille en el rostro de la Iglesia? 

¿Iglesia, hogar y escuela de comunión? 

¿Una Iglesia consciente de ser familia de Dios? ¿Una Iglesia que se apoya totalmente en la Palabra de Dios? ¿Una Iglesia segura de que el Espíritu de Dios obra siempre, antes y mejor que nosotros, en cada persona y en la sociedad? ¿Una Iglesia de acción de gracias, alabanza y contemplación de la Cruz? ¿Una Iglesia del diálogo respetuoso, de la colaboración sincera, del deseo de comunicar al Resucitado, fuente de esperanza para la humanidad? 

¿Cómo? ¿Qué medidas concretas deberían adoptarse para que este sueño salga a la luz? 

Será necesario combinar el trabajo, tantas veces a tientas, experimentando,…, con el sueño de la Iglesia, pero al mismo tiempo hay que ser concretos. No negar aspiraciones ideales, ser tolerantes para dar visibilidad en cosas simples y obvias a lo que se percibe como un valor. No debemos esperar cambios rápidos e inmediatos. Más bien es necesario, dentro de una nueva perspectiva, identificar algunos puntos sencillos de posible aplicación, capaces de suscitar otras energías y otras formas de implicación y de servicio a esta sociedad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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