La Iglesia y su posible futuro
¿Cómo será la Iglesia dentro de diez, veinte, treinta años? ¿Cómo deberíamos pensar cuando nos enfrentamos a una marcada disminución en el número de participación religiosa o a la noticia de la cancelación de parroquias enteras?
El análisis claro y sincero se impone. La Iglesia, minoritaria y envejecida rápidamente, corre el riesgo de ser una organización social inclinada sobre los pobres, incapaz de una profecía que la convierta en protagonista, junto con otros, de la planificación de una sociedad más justa y equitativa. Y, sobre todo, corre el riesgo de dejar de ser una instancia espiritual para nuestro tiempo.
Vivimos un cristianismo que no ofrece verdaderos caminos de espiritualidad. Los jóvenes piden propuestas altas. Con un peligro inminente. Creo que muchos cristianos ya no sienten la urgencia ni la belleza de anunciar y dar testimonio de Jesucristo a los demás. Creo que de manera sutil muchos cristianos abrazan el nihilismo contemporáneo o, si se quiere, esa forma de nihilismo que es la relajación absoluta, el relativismo. Una cosa es tan buena como la otra. Pero no estoy en la Iglesia y no soy cristiano si una cosa es tan buena como la otra. Soy cristiano porque creo firmemente lo que dice Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles: que no hay otro nombre en el que haya salvación excepto Jesucristo. Por menos de esto… yo no podría ser cristiano.
A menudo pienso y dialogo con algunos amigos en la situación de crisis en la que se encuentra hoy la historia cristiana: iglesias medio vacías, memorias fracturadas, dificultad para hacer que el mensaje de Jesús sea relevante para las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Con una conciencia que emerge en la mayoría de las personas: lo que está sucediendo no es un paréntesis, es una sacudida radical, que toca profundamente. Que no nos dejará como antes. Entonces, ¿qué hacer?
Un amigo me sugiere una acción: la "poda". Lo que estamos viviendo es una oportunidad única. Debemos dejar, como Iglesia, de llevar siempre todo con nosotros. Sentirse siempre indispensable, a cualquier precio. Es necesario discernir, elegir y preservar lo esencial de la fe cristiana. Por tanto: eliminar aquello que hemos confundido como prioritario y necesario pero que no lo era. Una “poda” para resaltar lo que realmente importa, protegerlo y hacerlo crecer.
Maurice Bellet es un nombre que, imagino, significa poco o nada para la mayoría de la gente. Sin embargo, Maurice Bellet -sacerdote, filósofo, teólogo- fue uno de los intérpretes más lúcidos y refinados del desafío que la modernidad plantea a la fe cristiana. Un desafío que parece hacer a la Iglesia incapaz de conectar con la vida de las personas, especialmente de los más jóvenes, y que por tanto aparece en la cultura humana como el resto de un mundo que se desmorona.
Maurice Ballet hablaba de cuatro posibles parábolas para describir una hipótesis sobre el futuro del cristianismo”. La primera es su desaparición pura y dura, sin estridencias. La segunda es su disolución, la transformación definitiva en "religión civil", en un conjunto de valores morales, sin la novedad disruptiva, la fuerza revolucionaria del Evangelio. En esta segunda hipótesis, Jesús es considerado un maestro espiritual entre muchos, nada más. En la tercera hipótesis, el cristianismo continúa: intenta conservar, restaurar, adaptar, conciliar cierres reaccionarios e impulsos progresistas, renunciando, sin embargo, sin querer, a las preguntas radicales sobre el sentido de la vida y de la muerte. La cuarta hipótesis, que es la elegida por Maurice Bellet, contempla otro escenario: hay algo que termina inexorablemente y es un sistema religioso, deudor, más de lo que se podría pensar, de un modelo de sociedad nacido en la temprana edad moderna. Se acaba un mundo y nace algo más, gracias a la novedad del Evangelio.
Pero esta época inaugural de auroras requiere coraje y creatividad, el coraje de abandonar viejos patrones y estructuras e inventar otros nuevos.
“¿Puede el Evangelio – escribía Maurice Bellet – aparecer como evangelio, es decir, palabra inaugural que abre el espacio de la vida? La paradoja es grande, porque el evangelio es antiguo... Pero quizás el tiempo de las cosas capitales no se rige por la cronología; tal vez la repetición pueda ser una repetición de lo inaudito, así como, después de cada nacimiento de un hombre, es una repetición banal y, cada vez, lo inaudito”.
Es éste, aquí y hora, un tiempo de mucha imaginación. Porque no es el Evangelio lo que se pone en jaque sino la forma en que los cristianos lo hemos vivido y comunicado hasta ahora. No es el fin de la fe sino de una cierta fe. Y quizás, aunque hoy no nos lo parezca, sea una suerte, la dicha. Por eso estamos llamados a discernir entre sustancia y forma, entre costumbres y verdad, como un peregrino que debe hacer un largo viaje y que debe poner en su mochila todo y sólo lo esencial. La Palabra, el cuidado de la celebración litúrgica, la formación, la construcción de una Iglesia del Pueblo de Dios. La cual tiene su centro en la historia de Jesús de Nazaret. En su humanidad, el verdadero tesoro precioso que la Iglesia tiene la tarea de entregar a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.
Estamos ya próximos al Adviento… y al Jubileo… Quizá éste puede ser un ejercicio y, sobre todo, una tarea. Volvamos a Jesús de Nazaret (“vere homo et vere Deus”) porque sólo en su humanidad vemos al Dios cristiano. Y aceptar el desenlace -paradójico y escandaloso, escándalo al que ya estamos demasiado acostumbrados- de su historia humana que termina en la cruz. Combinar pasión, muerte y resurrección significa leer la vida de Jesús con la clave de lo que fue su vida: dar la vida por los demás hasta el final. Transformar el instrumento de la vergüenza -"maldito el colgado del madero", Dt 21,22-23- en camino de gloria, diría el evangelista San Juan, porque es un camino de amor: el amor de quien ni siquiera puede defenderse porque no quiere hacer el daño que otros le han hecho. El amor que es más fuerte que la muerte.
¿No sería un extraordinario mensaje de vida buena y auténtica para comunicar, con la vida en primer lugar, a las mujeres y hombres de nuestro tiempo?
La vieja Iglesia, en algunas partes, está visiblemente muriendo. Por supuesto, sólo en algunas partes. ¿Pero no es quizás mejor que al final muera una Iglesia, una institución muy pesada? ¿Y si la grande tarea que nos espera no es mantener en pie la estructura, la institución,…, sino construir una casa nueva, viva y habitable?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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