Una Iglesia con puertas y ventanas abiertas
El tema del reciente Sínodo sobre la sinodalidad se ha centrado también en la cuestión urgente de una reflexión sobre el poder y sus dinámicas. Ésta es una de las ideas más claras que se está manifestando en la actualidad eclesial y en el debate cultural más allá de la Iglesia, en lo que podemos llamar “cultura común”. Ante todo debemos reaccionar ante una especie de instinto de autodefensa propio de la Iglesia. Sucede que cuando la Iglesia oye hablar del poder dice “a mí no me concierne, porque no estoy en esa clave, yo estoy en la clave del servicio...”. Y eso es falso: el ejercicio de la verdadera autoridad, la autoridad del Evangelio, la autoridad del servicio, necesita ejercer el poder. Para perderlo tal vez, pero hay que ejercitarlo. Ahora bien, en el ejercicio del poder intervienen toda una serie de mediaciones que son comunes, no específicas sólo de la Iglesia. En consecuencia, es importante una reflexión sobre estas mediaciones.
La primera mediación en la que se ejerce el poder es el lenguaje. Hablamos una lengua antigua, que era joven cuando fue formulada. Era moderna, avanzada, audaz en la época de Santo Tomás de Aquino, del Concilio de Trento, de los concilios del siglo XIX y XX. Hoy, sin embargo, repetimos fórmulas manidas y cansadas.
Sobre esto el Papa Francisco es muy franco y pide utilizar la imaginación, la inquietud y la incompletitud. No es casualidad que utilice estas tres expresiones, expresiones sorprendentes. Y es paradójico que lo diga un Papa y no lo digan teólogos, pastores y laicos. Debemos decir las cosas de siempre con palabras nuevas. Es la gran intuición de San Juan XXIII, quien abre el Concilio Vaticano II argumentando que tiene un carácter pastoral. Porque - afirmó entonces el Papa Juan - una cosa es la sustancia de la antigua doctrina del ‘depositum fidei’ y otra la formulación de su revestimiento. Debemos formular el revestimiento de la sustancia de la antigua tradición de una manera nueva, sorprendente, convincente y emocionante. Por lo tanto, debemos ejercer el poder utilizando el lenguaje de una manera nueva.
En segundo lugar, creo que debemos alejarnos de la autorreferencialidad, que normalmente es una consecuencia de los lenguajes antiguos. Las lenguas son viejas cuando ya no dicen el o lo otro, sino que sólo se dicen a sí mismas. En la Iglesia ésta es una de las tentaciones de todos los tiempos. Una Iglesia que ya no es capaz de "salir". El Papa Francisco utilizó esa imagen incluso antes de convertirse en Papa, en su discurso ante el Colegio Cardenalicio. En realidad, no es la Iglesia la que sale, sino Jesús que sale: debemos permitir que Cristo salga de los muros que hemos construido a su alrededor. Es una imagen hermosa: un Cristo en salida necesita una Iglesia con puertas y ventanas abiertas, que lo deje salir y la vida de los humanos entre.
El tercer ámbito es estrictamente institucional. Usamos el derecho canónico –concebido en 1917 y parcialmente revisado en 1983– como si fuera la Biblia. Dejemos de reducir todo a cuestiones canónicas. El Derecho Canónico es una función esencial pero no es ni el principio ni el fin. Hay otras cosas en el medio, al principio y al final. Una Iglesia que siempre tiene el Derecho Canónico al principio y al final es una Iglesia que habla un lenguaje autorreferencial y que no se comunica con la realidad.
Todo esto se vuelve más fácil y realista si finalmente introducimos en la Iglesia una nueva consideración del segundo de los signos de los tiempos del que habló San Juan XXIII en su última encíclica ‘Pacem in Terris’. Y ese es el papel público de las mujeres.
En este sucinto cuadro llama la atención, también, el retraso de teólogos, pastores y laicos. Tal vez o seguramente hay no pocas razones que, además, vienen en parte de lejos y en parte de cerca. De lejos, antes que nada. En un momento determinado de la historia de la Iglesia, por muchas razones comprensibles entonces, pero ciertamente no hoy, el miedo al mundo moderno hizo que la Iglesia se atrincherara en la cultura adquirida. Era como si ya no necesitara leer la realidad y tuviera todas las respuestas a las preguntas que aún no sabía. Era la época de finales del siglo XIX, principios del siglo XX, es decir, la época del antimodernismo. Todavía hoy, más de un siglo después, somos hijos de aquella época.
El Papa Francisco vino a despertarnos porque estábamos convencidos de que éramos felices donde estábamos, es decir, dentro de nuestro mundo. Pensamos que no necesitábamos salir. A veces basta mirar una parte de la historia de los sacerdotes. Nos arriesgamos a formar sacerdotes y teólogos sólo con discusiones internas. El seminario tridentino nació como un lugar de cultura, no como un lugar cerrado sólo en sí mismo. En cambio, el seminario de finales del siglo XIX y principios del XX se ha convertido en un lugar en el que sólo se estudian temas sagrados. ¿Cuántos sacerdotes estudian materias científicas avanzadas para realizar investigaciones? Nace y se alimenta como una cierta sospecha hacia todo lo que es ciencia moderna.
Luego están también las causas próximas. Después del Concilio Vaticano II, que es precisamente el gran deshielo del antimodernismo, surge una especie de nuevo antimodernismo de los años ochenta, noventa y principios del 2000. La Iglesia pronuncia un gran no: no a las intervenciones sobre el ministerio ordenado, sobre la liturgia, sobre la eclesiología. Todo queda como bloqueado porque todo ya se decidió en el pasado.
El Papa Francisco, en cambio, venido de América del Sur, viene de otro mundo comparado con Europa. Es hijo del Concilio Vaticano II: es el primer Papa que no es un padre conciliar. Siente la responsabilidad y sacude a los teólogos y pastores que siguen pensando la fidelidad en términos de inmovilidad. El Papa Francisco aprendió esto de la manera más difícil en América Latina. Vivió tremendas experiencias civiles y religiosas que le permitieron escapar de esta autorrepresentación un tanto caricaturesca del Papa, del obispo, del teólogo, del pastor e incluso del laico. Termina chocando con una estructura europea y vaticana que, por el contrario, está convencida de que para ser Iglesia católica hay que repetir la Iglesia del siglo anterior.
Tengo para mí que una clave del presente y de futuro está en la correcta comprensión de la distinción entre tradición y tradicionalismo, porque me parece uno de los puntos en torno a los cuales una parte del catolicismo actual está levantando incluso barricadas también en formas de “espantadas” como ha ocurrido en Belorado.
La tradición siempre ha estado ahí. El tradicionalismo es un producto de la modernidad tardía. La tradición es ese mecanismo humano, institucional y también eclesial a través del cual se garantiza lo nuevo en una determinada relación con el pasado. La tradición es la garantía de que puedan suceder cosas nuevas, en forma de asimilación gradual, de un paso de generaciones, para que lo nuevo pueda hacerse lugar.
El tradicionalismo, que es uno de los muchos “-ismos”, es precisamente el intento de bloquear la tradición en un museo, no dejarla florecer como un jardín. Quiere garantizarlo dentro de las vitrinas, siempre igual, pero muerto. El tradicionalismo es la Eucaristía, el obispo, la parroquia,…, vistos únicamente como objetos de museo. La idea es garantizarlos haciendo que sigan siendo siempre los mismos, siempre iguales. Las oraciones son siempre las mismas, nadie aprende un nuevo idioma, todos hablan sólo latín,…, pero todo está irremediablemente muerto.
Esto es evidente precisamente en lo que respecta al lenguaje. Esta es una forma presente incluso en personas absolutamente no tradicionalistas. Creo que es más bien una corrupción de la forma de pensar sobre la tradición. Se dice que el latín garantiza la universalidad de la Iglesia: sí, pero ¿para quién? La universalidad de la Iglesia en latín, si el latín es una lengua, hay que comprenderla, entenderla, para estar universalmente de acuerdo. No, se piensa que es esa lengua en la que escribir las cosas vale para todos. Salvo que entonces cada uno las entiende en su propia lengua: uno en inglés, el otro en francés, el otro en español y el otro en alemán.
El Concilio Vaticano II lo entendió hace sesenta años diciendo «juguemos a la universalidad en lenguas particulares», no en una lengua que ya no está viva. El latín ya no está vivo desde que los poetas declararon que para hacer poesía, para hablar de la vida, había que utilizar la lengua vernácula. Los poetas se dieron cuenta de ello en el siglo XIV. La Iglesia, evidentemente, tarda unos siglos más. La Iglesia protestante lo consigue en el 1500, nosotros, la Iglesia, católica, más tarde.
Cuando se abandona el latín, significa que se puede utilizar para los documentos canónicos, se puede utilizar como lengua de algunos documentos, pero la experiencia de la fe ya no es en latín. Esto debemos aprenderlo, debemos decírnoslo a nosotros mismos. El tradicionalismo bloquea el latín como lengua intocable y piensa que así guarda la fe. Es uno de tantos ejemplos pero creo que da una buena idea de ese tradicionalismo que ha corrompido la auténtica y genuina tradición.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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