miércoles, 15 de enero de 2025

Los creyentes… el buen gobierno… la buena política.

Los creyentes… el buen gobierno… la buena política 

Todo lo que hay que decir y que podríamos decir como cristianos que pretendemos trabajar por el Bien Común se deriva de la sabiduría y de las virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad; recuerdo que: Fe (la Esperanza nos hace creíbles, la Caridad nos hace creíbles) y por las virtudes no teologales o cardinales: Justicia, Fortaleza, Prudencia, Templanza. 

La buena política es siempre necesaria para el bienestar de los ciudadanos, para liberarlos del miedo al futuro: la buena política significa servicio, ponerse a disposición, buscar el Bien Común antes y más allá del propio interés o de la ambición personal. 

Esto es lo que debemos exigir a la política, pero también a nosotros mismos. No podemos quedarnos de brazos cruzados y observar: la política hoy es como el viajero atacado y saqueado en el camino de Jerusalén a Jericó, abandonado a un lado del camino. Éste es precisamente el mandato que nos da Jesús: ir al mundo para salvar al mundo; y la política en una democracia es su instrumento principal, que no podemos dejar en manos de quienes la han atacado y saqueado. ¿Qué es más urgente y más frágil que “salvar la democracia con buena política”? El compromiso personal y la caridad hacia los demás son importantes, pero primero está la Política, que es, o mejor dicho, debe ser, la creadora del Bien Común. 

Sin embargo, el Bien Común no puede delegarse: todo ciudadano debe cooperar al bien común. En resumen, no podemos pensar que todo se agote con el voto (¡al menos eso!), sino que se requiere participación en los órganos de la democracia: sin nuestra participación, la democracia deja de existir. 

Como lo muestran los hechos, la mala política genera pobreza, peleas, guerras, odios, miedo al presente y al futuro. 

Debemos pues entrar en la política, para salvar el bien común: ésta es la tarea primordial de los cristianos. 

En el pasado se pensó que la solución era la creación de un partido católico, la Democracia Cristiana, pero ya se vio cómo terminó eso. No, no es un partido católico lo que necesitamos (“partido católico” es un oxímoron, por cierto), sino que los cristianos sintamos como nuestro deber entrar a los partidos llevando el espíritu de servicio que nos enseñó nuestro Señor. 

Esto es lo que nos une, lo que va más allá de lo que, en el pensamiento común, es la “división” que genera la llamada “pertenencia” política. No, no, no: nosotros los cristianos pertenecemos sólo a nuestro Señor y debemos permanecer por encima no de la “militancia”, que llama a la guerra, sino de la elección de uno u otro partido como “vehículo” para contribuir al Bien Común. 

Esto es lo que debemos testimoniar: cómo podemos amarnos unos a otros incluso cuando tenemos una elección personal y opcional por una u otra parte. 

La transparencia, el respeto mutuo, el servicio con competencia, deben distinguirnos para generar buenas relaciones incluso entre partes diferentes en la construcción del bien común. 

Hay una unidad entre nosotros que trasciende las divisiones de opiniones y puntos de vista políticos. 

Nunca debemos olvidar esto. 

Tampoco debemos olvidar, sobre todo en política, estas palabras tomadas del Evangelio de Juan 15,18-19: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; Pero como no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia”. 

Sí, hoy en día es muy fácil encontrarse en la política no tanto “odiado”, sino más bien apartado y considerado peligroso, si no te ajustas al pensamiento dominante del líder, si eres una minoría, si te expresas libremente con una opinión sobre los hechos y sobre las decisiones que deben tomarse. La dialéctica en un partido es esencial y si falta, falta el aporte de la “visión”, que hace que la Política sea viva y bella, capaz de escuchar a los ciudadanos y de elaborar soluciones innovadoras a las nuevas necesidades. 

Si falta la visión, la política se convierte en mera administración, que es la gestión de lo existente. Ya no sabe involucrar a los ciudadanos, ya no sabe calentar los corazones, vuelve apáticos a los ciudadanos, alejándolos del compromiso político. Y la democracia sufre por ello. 

En este punto surgen las preguntas: “¿Qué queremos? ¿Qué esperamos de la política? ¿Qué creemos que estamos haciendo por el bien común? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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