Un futuro cristianismo más ligero
En contraste con el grupo de los fariseos y su interpretación de la Ley Oral, los saduceos se oponían a la idea de la resurrección de los muertos (Mc 12,24-27) y a la existencia de los ángeles (Hch 23,8).
Es un capítulo muy conocido e interesante de la historia judía. Los saduceos y los fariseos –así como los escribas– aparecen con frecuencia en el Evangelio. Los saduceos eran un grupo pequeño y poderoso, vinculado al Templo, institución fundamental de todo el judaísmo. Los fariseos, por otra parte, eran muy numerosos alrededor de la primera mitad del primer siglo.
El historiador Flavio Josefo dice que eran más de seis mil, distribuidos por todo el país y que actuaban principalmente en sinagogas locales. Leían la Biblia, pero, con la Biblia, transmitían tradiciones que explicaban la Biblia y la amplificaban. Estas ampliaciones eran a menudo abstrusas y difíciles de practicar. Por eso también los fariseos tendrán que hacer frente a las críticas abiertas y severas de Jesús. Pero no todo fariseísmo debe ser desechado. Jesús mismo tenía amigos entre los fariseos.
Estos “datos” de la historia bíblica evocan un intento –discutible pero fascinante– de actualización. Gran parte del cristianismo moderno desconfía de la tradición, y especialmente de la tradición menos documentada y menos documentable: la tradición oral en particular. Las historias de fe son, para muchos de nosotros, ante todo historias de tiempos pasados y la fe que nace de ellas es la fe de nuestros abuelos.
Hoy en día el cristiano erudito es aquel que prefiere lo escrito, lo que está “dado” y lo que se puede discutir e incluso creer, pero razonablemente. Sin embargo, no todo está escrito y las lagunas en los escritos justifican las lagunas en la fe y las negativas de los eruditos. No es casualidad que muchos eruditos modernos, como los saduceos, no crean en el más allá ni en los ángeles.
Pero la historia nos dice que los saduceos desaparecieron de la escena de la historia judía con la destrucción del Templo, cuando, en el año 70 d.C., los romanos ocuparon Jerusalén y destruyeron el Templo. Estaban demasiado atados al Templo y desaparecen de escena con su destrucción.
Los fariseos, sin embargo, sobrevivieron. Confiando en su tradición oral y en la explicación oral de la misma Biblia escrita, pudieron “llevar consigo” tanto su palabra como el libro de la Biblia, incluso lejos del Templo y de las instituciones destruidas por las guerras. El judaísmo de los siglos siguientes fue farisaico y el judaísmo actual también puede considerarse, en gran medida, como tal. De hecho, desde entonces, el Templo nunca ha sido reconstruido y los saduceos nunca han renacido.
Pregunta intrigante: ¿Se podría decir que el cristianismo sobrevivirá si es más fariseo que saduceo, más confiado en la palabra que se intercambia que en la que está escrita, sin interesarse demasiado por el poder que lo protege?
Si esto tiene alguna posibilidad de ser verdad, hay que decir que la comunidad cristiana quizá sobrevivirá si es capaz de salvaguardar la palabra y los intercambios más que el poder y las instituciones.
El libro y la palabra, de hecho, viven en todas partes. El Templo vive sólo en Jerusalén. Y si el Templo es destruido, también mueren los saduceos que viven a su sombra.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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