Los santos inocentes
Cuando Herodes se dio cuenta de que había sido engañado por los Magos, decidió exterminar a los niños de Belén de Judea, los menores de dos años, y si San José no hubiera creído al Ángel y huido a Egipto, Jesús también habría estado en esa matanza.
La Iglesia celebra la memoria de los Santos Inocentes tres días después del nacimiento del Salvador: "Se oyó un clamor en Ramá, un gran llanto y gemidos; Raquel lloraba por sus hijos y no quería ser consolada, porque ya no están" (Mt 2,18).
Se me permita traer a colación este relato de la tradición cristiana no para hacer una predicación, tampoco una clase de teología, sino con el fin de tratar de aportar luz a la realidad de la sangre de los inocentes.
El verdadero inocente es la criatura que no conoce la malicia, no conoce la mentira, no conoce la fealdad. Seguramente nadie es más inocente que un niño que se confía total, loca y amorosamente a sus progenitores.
Esta confianza ciega se ha vuelto muy peligrosa hoy en día, ya que la inocencia está minada desde el principio y no sólo con la eliminación a gran escala como es la guerra.
Los adultos estaremos obligados a argumentar con aquello de los daños colaterales. Sin embargo, la inocencia se rompe ya desde el principio, cuando se coloca al niño frente a un conflicto armado. La inocencia se pisotea.
¿Qué consuelo dar? "Raquel llora a sus hijos y no quiere consuelo, porque ya no están". No quieren consuelo quienes se niegan a permitir que el horror de la guerra caiga sobre la infancia, sino que, como hicieron las madres de Belén, intentan protegerse entre los Herodes contemporáneos y los niños.
Charles Peguy escribió en 1912 en su obra Le Mystère des Saints Innocents: "Ahora es la inocencia la que está llena y es la experiencia la que está vacía. Es la inocencia la que gana y es la experiencia la que pierde. Es la inocencia la que es joven y es la experiencia la que es vieja. Es la inocencia la que sabe y es la experiencia la que no sabe. Es el niño el que está lleno y es el hombre el que está vacío". Hoy se quiere y se espera que el niño se vacíe para llenarse de los errores de los adultos. Grandes errores sobre todo, y por ejemplo, en el error del horror de la guerra.
Desde los primeros días de todas y cada una de las hostilidades Raquel sigue clamando al cielo que se ponga fin a la matanza de niños. Sus temores más graves sobre el número de niños asesinados, que aumenta a docenas, luego a cientos y finalmente a miles, se hace realidad cada día. Las cifras son aterradoras. ¿Alguien lleva la cuenta?
Mañana serán indefectiblemente más. Porque el número aumenta de forma asombrosa cada día. Los lugares de las guerras se convierten en un cementerio para miles de niños. Para todos los demás… es un purgatorio… en un infierno.
Nada de esto es una novedad. Ocurre en todas las guerras y en cada guerra. Lo cual no es ninguna justificación. Cuando uno opta por alcanzar sus objetivos "manu militari" sabe que también los niños son quienes pagarán el precio más alto.
En el mundo desarrollado ilustrado y democrático se llama, sin estupor y con la conciencia tranquila, a todo ello "daño colateral". No deja de ser un eufemismo para referirse a las muertes, heridos y daños no intencionados que se producen como resultado de una operación militar: la sangre de los inocentes.
Los pobres, cada vez más criminalizados, son candidatos 'naturales' al daño colateral. Y, entre los pobres, los santos inocentes de ayer, hoy y mañana: los niños.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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