martes, 21 de enero de 2025

Mover la piedra del sepulcro.

Mover la piedra del sepulcro 

Hay una piedra entre nosotros y Cristo. La del día de la Resurrección la conocemos: la piedra que servía de puerta al sepulcro de Jesús era de un tamaño enorme, difícil de mover. No es casualidad que Marcos nos hable de los discípulos que se preguntaban quién podría hacerla rodar para abrir el sepulcro. Para Mateo hay un terremoto y un ángel que retira el obstáculo. ¿Y para nosotros? Parece que una enorme piedra permanece allí: no tenemos fuerza personal, ni ayuda de los demás, ni acontecimientos extraordinarios que nos abran el sepulcro. Sí, porque el Domingo de Pascua no es una fiesta ñoña y romántica (como gran parte de la Navidad) que nos da la ilusión de haber celebrado algo "religioso". No, esta fiesta no admite zonas ambiguas, "términos medios", no tolera no decidirse y quedarse en el limbo. Esta fiesta empieza por hacer rodar el canto rodado para saber qué quiere decirnos el Resucitado y adónde quiere enviarnos. 

Sería fácil -e incluso un poco banal- empezar a pensar en los "pedruscos" ante la tumba como la lista habitual de pecados e infidelidades de mi vida. Ciertamente contribuyen, pero no lo son todo; al contrario, corren el riesgo de hacernos retroceder aún más en un intimismo improductivo de la fe. Del mismo modo, pensar que los escollos son sólo los grandes dramas mundiales (guerras, terrorismo, enfermedades, tráfico de personas, especialmente niños y mujeres, delincuencia, corrupción, etc.) nos hace caer paradójicamente en la misma actitud intimista: ¿qué puedo hacer yo? El mundo no se puede cambiar... como mucho puedo rezar un poco, dar una limosna, pecar menos. 

Así que hay que rodar la lápida, y antes que ella, todas las demás que estorban. Ojalá pudiéramos liberarnos de los pedruscos que nos oprimen, cada día. La Pascua es la fiesta de las piedras rodadas. Es la fiesta del terremoto. En la mañana de Pascua, las mujeres acudieron al huerto y vieron el peñasco retirado del sepulcro. Cada uno de nosotros tiene su propio canto rodado. Una enorme piedra colocada en la boca del alma que no deja filtrar el oxígeno, que oprime en un puño; que bloquea toda brizna de luz, que impide la comunicación con el otro… Es el canto rodado de la soledad, de la miseria, de la enfermedad, del odio, de la desesperación, de… 

Lo que más da que pensar y preocupa en estos momentos es una especie de acostumbramiento a tantas situaciones que se repiten como piedras que caen en aguas estancadas: los refugiados que mueren en el mar, las víctimas de la guerra, la política de hacer carrera y consenso a costa de todo, el racismo y la homofobia crecientes, la prevaricación imperante, los abusos de conciencia y de poder,... Y que no se diga que estas cosas siempre han estado ahí. Sí, siempre han estado ahí, pero ¿qué se hace contra ellas? El acostumbramiento, la inercia, el refugio en la esfera privada, el "yo me preocupo de lo mío" son formas de empeorar las cosas. 

Corremos el gran peligro, riesgo de encerrarnos en una cultura estrecha de miras y racista, despreciativa de la democracia y de sus reglas, sucumbida a personalismos que idolatran el propio ego, indiferente y pasiva ante el dolor y el sufrimiento en todas sus formas. Todo esto son pedruscos, que cuanto más se ignoran, más crecen. 

La Pascua nos invita, también, a no ser tumbas alienadas, cada uno de nosotros con nuestro propio sello de muerte. Que la Pascua sea, pues, para todos, el rodar de la roca, el fin de las pesadillas, el comienzo de la luz, la primavera de nuevas relaciones, y si cada uno de nosotros, habiendo salido de su tumba, trabaja para remover la roca de la tumba de al lado, se repetirá finalmente el milagro que marcó aquella primera resurrección: la de Jesucristo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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