Sábado Santo… ¡despierta, tú que duermes!
Creo que el significado del sábado comienza desde el viernes, desde la muerte del Hijo. El significado comienza con su grito. Un grito imposible, que quizá ni siquiera los verdugos y espectadores de aquel momento habrían esperado. Un grito que se hace eco de un salmo de la oración de la tradición eclesial ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", Salmo 22(21)) pero que, puesto en boca del Hijo de Dios, adquiere un significado dramático. Es un grito que busca llenar el silencio entre el Hijo y el Padre, como si el Padre se hubiera retirado y el Hijo ya no pudiera encontrarlo. Todo lo puede haber aceptado el Hijo, todo: el tormento, la pasión, la indignación, pero esa ausencia del Padre no es posible. Es la agonía del Hijo, Él que, sin embargo, sigue hablando desde la cruz, aunque el Padre no esté.
Creo que allí la omnipotencia del Padre está -si es que alguna vez puede decirse con palabras humanas- en su apogeo, hasta el punto de hacerse impotente, porque su voluntad se está cumpliendo. Y creo que el verdadero silencio es siempre consecuencia de un grito muy alto, donde están todas las preguntas del ser humano, toda la naturaleza trágica de su criatura, de su debilidad. Y hay otro grito, que no está recogido en el Evangelio y que tal vez no tiene voz, pero que desgarra el alma. El grito silencioso de una madre erguida bajo la cruz. En su discipulado, en el seguimiento de aquel Hijo que ella engendró, María llegó hasta el final. Ante el grito del Hijo de Dios y el silencio de su madre, todo grito humano puede encontrar razón y sentido.
No se puede soportar el silencio del Viernes Santo tras la muerte del Hijo: un terremoto, el velo del templo se rasga, los muertos resucitan. Es un escenario espantoso, grave. Insoportable. Luego está el silencio del Sábado Santo, y nos llega casi como una caricia. Suave, como para aliviar el daño que nos hemos hecho a nosotros mismos. Es extraño, la iglesia está vacía: por la mañana celebramos nuestra liturgia y es el único día del año en que no hay nada. No hay cruz, el sagrario está vacío, los manteles están sin usar. La Iglesia está tan vacía como una tumba. Parece un día sin Dios.
En la tradición bizantina, las mujeres van en procesión por las calles de la ciudad, esparciendo flores y perfume. El sábado pertenece a María, y pertenece a esa actitud femenina que sabe que la muerte no es el final. La mujer lo lleva inscrito en el vientre, en los dolores del parto: la mujer no se rinde ante la palabra fin, aunque lo sepa y muchas veces se dé cabezazos contra ella. Tiene una esperanza que la vuelve a poner en el camino. Y el sábado es el día absurdo en el que quizá los apóstoles vuelven al cenáculo divagando porque realmente no saben qué hacer, cómo explicarse, qué decirse. Las mujeres que habían seguido a Jesús se preparan: la mañana de Pascua llevarán los aceites aromáticos para ungir su cuerpo. Siguen allí esperando, preparándose, haciendo algo. Para que la vida no muera, aunque esté muerta.
El silencio que crea
Pienso que Dios Padre es también el silencio y que el Verbo es el Hijo brotando del silencio. Es, pues, un silencio de vida, de relación, un silencio generador que crea y multiplica. Y el Espíritu Santo, entonces, es esa voz que transmite con su tam-tam a través de la historia, de los siglos, de las generaciones, de los pueblos, de las distancias, ese mensaje, esa Palabra generada por el silencio que es el Padre. De la experiencia de Jesús en las páginas del Evangelio, me parece captar mucho de su actitud ante el silencio: sus momentos de retirarse de la escena, las páginas no escritas, las respuestas no dadas, sobre todo en los últimos capítulos, en el marco del Juicio.
La escuela del silencio
El silencio puede ser verdad, puede ser justicia, puede ser solidaridad. Puede ser libertad. Y el silencio también puede ser amor. Pero es una escuela que requiere el tiempo de toda una vida. Y me parece que el silencio es el vocabulario de las verdaderas palabras y significados. Es del silencio de donde todo recibe su justo valor. Es el espacio donde mejor se generan y forman las cosas. Todo esto puede ser realmente agotador en una vida como a la que nos obliga el mundo con sus ritmos, la globalización, la virtualidad. No hay tiempo para el silencio.
El vacío en el corazón
Conozco tanto silencio porque es mucho el que me han dejado algunas personas con las que me he encontrado. Y es el silencio del vacío, en la vida y en los corazones. Es el silencio más triste, inmisericorde de una vida que no está bien, que nos envuelve y nos constriñe. Y comprendo por qué la gente no sabe estar en silencio, y si a veces lo busca, vienen mil pensamientos, mil angustias. No se entrena, es como si se huyera del silencio. El silencio requiere tiempo, respeto, paciencia. Verdad, sencillez. Y un espíritu "sutil": primero hay que afinar los sentidos, la manera de sentir la bondad que hay en la vida misma.
Un grito que despierta
El Sábado Santo contemplamos también el descenso de Jesús a los infiernos. Jesús descendió a las profundidades. Hay, en el Oficio de Lecturas, un hermoso pasaje en el que el Señor dice a Adán: '¡Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará!' Cristo desciende a las profundidades de nuestro sopor, de nuestra negligencia, de nuestra oscuridad. Qué maravilla que alguien nos diga: "¡Despierta!" Si no nos lo dice, ni siquiera nos damos cuenta de que estábamos dormidos, de que estábamos allí viviendo así, como si no viviéramos. Esta es otra palabra que rompe el silencio y hace mucho bien. Siempre es de esperar que alguien venga a nosotros, de vez en cuando, instándonos a no permanecer como infelices e insatisfechos durmientes, a despertar para saborear todo lo bueno que está ahí y que no traiciona, que tiene respeto por el ser humano, por la historia, por la vida, y permanece fijo en el curso del tiempo como la eternidad que pasa a través de nosotros. Lo que es verdadero, bueno, bello, libre, digno, a pesar de todo sigue siendo siempre. Y ésta es nuestra salvación y nuestra esperanza.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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