martes, 7 de enero de 2025

Navegar contra el viento.

Navegar contra el viento 

Quizá sea precisamente la navegación «contra el viento» la que constituye la esperanza más realista para toda delicada travesía eclesial en el momento presente. ¿No es verdad que la cometa se eleva más alto en contra del viento, no a su favor? 

Seguramente, el 'Sínodo de la sinodalidad' no es otra cosa que la re-proposición de una verdadera recepción del Concilio Vaticano II, con la necesidad de 'reforma' que contenía entonces y sigue promoviendo hoy. Precisamente en este punto tan delicado, es decisivo que el viento 'sople' incluso a pesar de toda tentación de 'sofocarlo'.  El viento «sopla» también a cuando otros «conspiran» para apagarlo. 

Quizá pueda leerse ahora, como antes y después, la gran tensión entre el modelo eclesial tridentino y decimonónico, identificado con la competencia institucional, y el nuevo modelo que primero el Concilio Vaticano II y luego el redescubrimiento del «sínodo» han vuelto a poner en primer plano. Una pregunta que subyace a veces es: ¿arraigarse en el Magisterio o poner en marcha la Tradición? 

Son dos posturas fundamentales que también reaccionan instintivamente ante la palabra «sinodalidad». 

Por un lado, están los que piensan que el Magisterio ya tiene todas las respuestas a los problemas que la historia propone y el Sínodo sería el modo para hacerlas «pasar». Por otro, los que piensan que sólo poniendo en marcha la Tradición (es decir, la interpretación de la Escritura y una mejor elaboración de los conceptos magisteriales) será posible responder a nuevas preguntas. Al fin y al cabo, lo que está en juego es la comprensión de la «tradición católica», en su acepción más rica y menos rígida, alimentada por el Evangelio que se encuentra con la experiencia humana de un modo siempre nuevo. 

La figura del Magisterio y la Tradición (yo diría identificación de la tradición con el magisterio), elaborada en el siglo XIX, sigue gozando de gran credibilidad y, por tanto, es capaz de bloquear toda dinámica conciliar y sinodal. La «sospecha» hacia la cultura, que el catolicismo elaboró a finales de los siglos XIX y XX, sigue siendo fuerte y condiciona fuertemente la confrontación eclesial. Si se leen bien algunas claves del magisterio del Papa Francisco, se comprende que si la Iglesia es capaz de confesarse no sólo «maestra», sino también «aprendiz», el camino sinodal podrá centrarse en las verdaderas coyunturas de la misión y la evangelización. Podrá reconocer la autoridad para hacerlo. Si, por el contrario, cede al miedo, si sigue desconfiando de la cultura común, podrá esquivar la cuestión, confesando que «no tiene autoridad para decidir». 

Es evidente que el modo de entender la autoridad, su esencia y su ejercicio, no puede ser un punto asumido de una vez para siempre, sino que debe convertirse en objeto de un cuidadoso discernimiento, con todas las consecuencias inevitables sobre el modo de entender la forma de la Iglesia, la corresponsabilidad de los bautizados y el reconocimiento de la autoridad de hombres y mujeres. Si el Espíritu, como el viento, sopla donde quiere, disponerse a aprender del viento significa salir de posturas rígidas, unilaterales y previsibles. La Iglesia, para reflejar la luz del Señor, como lo hace la luna, no debe quedarse quieta. 

Seguramente hay varias y diversas preocupaciones que pueden resumirse en dos actitudes polares (hoy que hablaos en tantos y tantos contextos diferentes de ‘polarizaciones’): por un lado, la preocupación de que la Tradición cambie y sea traicionada, y por otro, la preocupación de que la Tradición no cambie y se perpetúe. Se puede ser agorero, profeta de calamidades, al menos de dos maneras: o porque se cree que todo se destruirá después del Sínodo, o porque se cree que nada cambiará después del Sínodo. La pregunta es: ¿cómo evitar estas polarizaciones? Se pueden indicar al menos tres pequeños remedios contra la creciente desconfianza hacia los profetas de la fatalidad. 

La tradición viva 

La tradición de la Iglesia vive de un delicado equilibrio: en el fondo es 'recibida', no 'puesta' por la Iglesia. Por eso, todos los que 'enseñan' -es decir, que ejercen un magisterio- deben entenderlo como un 'ministerio', como un servicio a un saber que no dominan. Por tanto, la Tradición, que es la presencia en la historia de esta Palabra de Dios, para seguir siendo verdaderamente ella misma, es decir, palabra libre e incontrolable, requiere mantenerse equidistante de dos polos: por una parte, el polo de la autosuficiencia de los testimonios del pasado (es decir, de la Escritura y de los monumentos escritos o no escritos en los que la Tradición se ha expresado); por otra, el polo de la autosuficiencia de las evidencias del presente. 

Puesto que la Tradición es vida en Cristo, comunión con Dios, relación fraterna en el Espíritu, exige ser alimentada por la proposición significativa y la interpretación sagaz de la Escritura y de los documentos de la historia. Es el equilibrio que no permite ni refugiarse en las interpretaciones del pasado ni huir a las evidencias del presente. Profetas de la perdición» son todos aquellos que piensan a través de esta polarización sobre el pasado o el presente. Ambos cierran la tradición a su futuro, que le pertenece por derecho y que no puede aplanarse ni sobre el pasado autorizado ni sobre el presente evidente. 

La relación con los signos de los tiempos 

Para que la tradición permanezca viva, debe alimentarse de una nueva lectura de los dichos y hechos atestiguados en la historia, a la luz de las nuevas evidencias que la cultura contemporánea ofrece a la meditación de la Iglesia. Por «signos de los tiempos» se quiere indicar adecuadamente esta «región espiritual», que no llega a la experiencia de la Iglesia desde los testimonios escritos o vividos del pasado, sino desde las formas de vida, de relación y de pensamiento del presente, no sin vínculos con el pasado, pero vínculos que distan mucho de ser evidentes y a menudo contradictorios. 

La Iglesia, que es maestra en un sentido ministerial, también sigue siendo discípula y aprendiz pudiendo aprender algo nuevo sobre sí misma precisamente mediante una atenta consideración de estos «signos», que la provocan a una nueva postura. Sólo puede «seguir siendo ella misma» cambiando a la luz de esta nueva lectura que los signos sugieren a toda la tradición. Perder la tradición, en este caso, no proviene del cambio, sino de la inmovilidad. Lo prudente es cambiar, no quedarse quieto. Y, desde luego, no conviene convertir una interpretación contingente de la misma en «depósito de la fe» para intentar salvar a la Iglesia y al Sínodo de nuevas y peligrosas polarizaciones. Porque el «depositum» es autosuficiente, pero la Iglesia permanece «expuesta» a los signos de los tiempos y a las nuevas interpretaciones del «depositum» que estos signos podrían y aún pueden inducir. 

La función de la teología 

La tradición viva y los signos de los tiempos exigen un trabajo teológico específico, que consiste, por una parte, en el estudio de la Escritura y de los documentos por medio de nuevas categorías, que son, al mismo tiempo, internas y externas al texto y al documento. Por un lado, descubrimos nuevos y poderosos significados en los textos clásicos, que sentimos resonar con nuevos timbres y brillar con nuevos colores; por otro lado, abrimos los textos a una nueva comprensión de la tradición mediante la debida referencia a los «signos de los tiempos», antes desconsiderados o incluso inauditos. 

Este «maravilloso intercambio» entre la doctrina cristiana y la cultura común ha permitido a la Iglesia recorrer la historia y «crear cultura», trabajando con la interpretación de los datos revelados en relación con los principios del conocimiento universal. En este ámbito, parece bastante decisivo reconocer e iniciar un camino teológico valiente, que necesita una verdadera «escucha sinodal» y una eficaz «deliberación sinodal». 

A la tradición viva pertenece también una necesaria elaboración teológica, capaz de alejarse de las evidencias que se consideran «reveladas», sino que pertenecen más bien al orden contingente de las convicciones históricas, respetables pero superables. Una cierta diferenciación de interpretaciones del «depositum fidei», caracterizada por la diversidad histórica y geográfica, no es el principio de un cisma, sino la respuesta al signo de los tiempos de una Iglesia católica en 5 continentes (más uno si se considera como continente el mundo digital). 

Son todos esos continentes en los que la revelación de Dios ha pasado y sigue pasando por una interpretación parcialmente diferenciada de la Escritura y de los monumentos de la tradición. Preservar la universalidad no en la uniformidad, sino en la diferenciación: ésa es la tarea. Las diversas lenguas en las que hoy expresamos la fe católica no son sólo revestimientos externos, sino formas originales de vida del acto de fe. 

Precisamente este camino sinodal, al descubrir este gran tesoro abierto a la Iglesia desde hace sólo 60 años, asume la tarea de ofrecer, teológicamente, una síntesis más profunda y libre de la relación entre la tradición revelada y la interpretación de la Escritura y de los documentos, que median, de modo nunca definitivo, la riqueza de la gracia que la Iglesia tiene la tarea de conservar, sin encerrarla en una caja fuerte, sino haciéndola caminar por el mundo, con fiel libertad. Comunión y diferenciación no son contradictorias: un Sínodo no cae víctima de polarizaciones sólo cuando y sólo en la medida en que es capaz de pensar más profunda y polifónicamente la tradición como vida en Cristo de todo el Pueblo de Dios. 

Y volviendo a la imagen del viento, que sopla soberano donde quiere… como quiere… cuando quiere… sin saber de dónde viene… ni a dónde va… porque es soberano (cf. Juan 3,8) me quedo con una imagen de la poesía de Pablo Neruda: “El viento es un caballo: óyelo cómo corre por el mar, por el cielo. Quiere llevarme: escucha cómo recorre el mundo para llevarme lejos”. 

Más lejos, Iglesia, más lejos a donde el viento impetuoso del Espíritu Santo te lleve. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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