¿Y no será un cierto victimismo una excusa?
Con atención he leído la noticia de Religión Digital de ayer, 1 de octubre, sobre la denuncia por parte de los Obispos de España de la presunta indefensión de los creyentes tras la derogación del delito de ofensas a los sentimientos religiosos (https://www.religiondigital.org/espana/obispos-ofensas-sentimientos-religiosos-aborto-eutanasia-espana-vida-excomunion_0_2711728815.html). La lectura de la noticia ha suscitado en mí una reflexión. Por supuesto, no pretendo responder al Secretario General de la CEE, César García Magán, sino compartir mi reflexión desde otra orilla al hilo de esta mencionada denuncia.
Desde muchos lugares de España y de Europa occidental -es decir, en países donde durante décadas, si no siglos, los cristianos han vivido libres y respetados, ciudadanos con plenos derechos y total libertad- se escuchan voces que se quejan del ostracismo, del desprecio e incluso de la persecución hacia los cristianos por cada pérdida mínima de privilegios adquiridos, cada falta de recepción de solicitudes confesionales, cada rechazo de categorías de pensamiento y juicio derivados de la revelación bíblica y la tradición cristiana.
Las legítimas afirmaciones de laicidad por parte del Estado y los torpes episodios de odio o venganza hacia la Iglesia cristiana se mezclan indebidamente y se interpretan como peligrosos resurgimientos de hostilidad contra la fe cristiana, amenazantes augurios de discriminación y preludios de sufrimiento físico y moral para los cristianos.
Pero no podemos olvidar que ahora estamos en una sociedad plural en cuanto a religión, cultura, ética y que lo esencial es que el Estado garantice a todos las libertades constitucionales y favorezca su expresión en un espacio no sólo privado sino público, en que puedan desarrollar un diálogo y un debate con todos los componentes religiosos y no religiosos de la sociedad para el bien de la ‘polis’ en su conjunto.
Como cristianos deberíamos más bien preguntarnos si las acusaciones de enemistad dirigidas por los no cristianos no son una pantalla conveniente para descubrirnos como minoría, para la incertidumbre y la falta de conciencia de nuestra fe, para las dudas y temores sobre nuestra capacidad efectiva para transmitir la fe cristiana a las generaciones futuras.
Tal vez, y es solamente una hipótesis de reflexión, para no admitir este enfriamiento en nuestra vida cotidiana de las exigencias del Evangelio, para no asumir nuestra responsabilidad por el debilitamiento del cristianismo en las tierras que lo acogieron por primera vez, preferimos acusar a los laicos, o tal vez al Islam, o a…, de quitarnos espacios vitales y poner en peligro nuestras tradiciones.
Si los cristianos de Occidente conocen hoy una persecución, es de aquella de la que ya hablaba Hilario de Poitiers en el siglo IV: “Debemos luchar contra un perseguidor aún más insidioso, un enemigo que adula; no nos azota la espalda, sino que acaricia nuestro vientre; no confisca nuestros bienes, dándonos así la vida, sino que nos enriquece para darnos la muerte; no nos empuja hacia la libertad encarcelándonos, sino hacia la esclavitud invitándonos y honrándonos en palacio; no golpea nuestro cuerpo, sino que se apodera de nuestro corazón; no nos corta la cabeza con la espada, sino que mata nuestras almas con dinero y poder” (Liber contra Constantium 5). ¡Esta es la persecución de la que debemos estar conscientes!
Me parece también que una actitud de victimismo indefinido no sólo está fuera de lugar, sino que, y más grave aún, suena como una ofensa al cuerpo de la Iglesia en su unidad y catolicidad, en su extensión en el tiempo y el espacio, en su encarnación en la historia en lugares específicos y en situaciones diferentes. ¿Con qué valentía podemos hablar hoy de persecución en nuestros países cuando sabemos lo que padecieron nuestros padres y madres en tiempos menos recientes y lo que sufren nuestros hermanos y hermanas en la fe en otras regiones del planeta?
Sí, "martirio", testimonio hasta el punto de la sangre, es una palabra demasiado noble, es una vocación demasiado elevada, es un don demasiado precioso para que podamos abusar de ella para colorear nuestra insatisfacción ante una hegemonía fracasada, y ya finiquitada, una simple pérdida de poder o de influencia en la sociedad. Debemos tener respeto por aquellos que, aún hoy, pagan con su vida el seguimiento del Señor, la encarnación del espíritu de las bienaventuranzas, el hambre y la sed de justicia, la búsqueda de la paz, la cercanía a los pobres, los enfermos, los presos, los extranjeros.
En lugar de comparar las pequeñas y raras adversidades que nuestro testimonio cristiano puede experimentar con la "gran tribulación" que aún experimentan muchos de nuestros hermanos y hermanas, deberíamos aprender de ellos la paciencia en las pruebas, la transparencia de la mirada, la pureza del corazón, la compasión por los demás, y especialmente por los más débiles, el perdón a los perseguidores, el amor a los enemigos. En ello nos jugamos la excelencia cristiana.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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