San Francisco de Asís, de cómo el Sínodo puede contemplar al Crucificado
El día 17 de septiembre la Familia Franciscana conmemoraba el 800 aniversario del misterio de los estigmas de Francisco de Asís. Se trata de un acontecimiento que siempre ha fascinado y asombrado, impulsando a muchos a estudiarlo e investigarlo, hasta el punto de convertirlo en el núcleo de una de las dramaturgias más elocuentes: es una obra que ha requerido no poca profundización en las fuentes medievales, en las interpretaciones modernas y, finalmente, como siempre ocurre, ha calado, e interpelado profundamente.
La imagen de Francisco ha sufrido siglos de devoción aproximativa, comunicación superficial y hagiografías edificantes -empezando por la de Buenaventura de Bagnoregio, que construyó una figura del santo muy acorde con los cánones pedagógicos, tratando de «controlar» su difusión y descartando otras fuentes-, que luego han dado una imagen un tanto monocromática de él: el santo pobre, el santo ecologista, el santo loco, el santo bufón, casi desencarnando al hombre para exaltar al santo.
En cambio, creo que el misterio de los estigmas nos obliga a detenernos en la humanidad de Francisco de Asís, en la concreción y la verdad de su carne, de sus heridas, de sus crisis, de sus aflicciones, refiriéndonos también al gran misterio de la Encarnación de Cristo. Porque el hombre, que encuentra la crucifixión en el Alverna, hasta el punto de llevar sus marcas en la materialidad de su carne, es un hombre que siente todo el peso de su frágil y débil humanidad, puesta de rodillas.
No hay que olvidar que cuando Francisco sube a los bosques del Casentino es un hombre derrotado: la orden que nació de él, ya numerosa, se le ha «ido de las manos»; los hermanos ya no reconocen su autoridad, llegando incluso a criticarle, dividiéndose entre ellos, favoreciendo una interpretación menos rígida de la Regla. Es un hombre que siente que se le escapa una paternidad espiritual, que ve a sus «hijos» tomar caminos que no imaginaba ni quería, que percibe una derrota. Es un hombre, Francisco, y como tal siente toda la debilidad y la tentación del rechazo, para sufrir o para realizarse. También está enfermo, envejece, le falla la vista. Siente la soledad y, sobre todo, sabe que la muerte no está lejos: ¿qué sentido dar a una vida como la suya, después de su conversión radical en la observancia del Evangelio, totalmente gastada por Cristo? ¿Valió la pena? ¿Darlo todo, para qué, por quién?
Este es Francisco cuando elige vivir en el Alverna, en busca de algún descanso, pero sobre todo, intuyo, en busca de respuestas a lo que está viviendo y a lo que ha sido su vida, no lejos de su conclusión. Es un Francisco de duda y lucha, de conflicto interior y oscuridad.
Y es ahí, en el abismo del abandono, en las profundidades de la oscuridad, donde se identifica con el Crucificado, es decir, con la última humillación kenótica del Hijo que pasó como uno de tantos y que aprendió sufriendo a obedecer: experiencias similares y paralelas, experiencias muy humanas, concretas, carnales.
Aquí, quizás, reside un gran mensaje de la vida de Francisco el Sínodo de la Iglesia hoy: porque los estigmas no son signos de gloria, sino sobre todo de derrota. Para todos los que experimentan el dolor interior, el sufrimiento físico, la desbandada, la lucha, para todos los que recorren su propio camino de fe en la humanidad desgarrada, Francisco es una figura de consuelo y de cercanía.
No hay cristianismo sinodal que pueda ser verdadero sin ser humano, en los momentos de luz y en los momentos de fatiga, hasta la angustia del éxodo, del destierro. Francisco experimentó la misma aflicción y desconcierto que el Hijo crucificado, hasta el punto de crucificarse él mismo. Pero allí, en el vértigo de la nada, experimentó que el abandono puede llegar a ser dolorosamente liberador, porque puede conducir a la entrega total al Padre. He aquí la verdadera santidad, que es conformidad personal con Cristo y con sus sentimientos.
Francisco, sin perder nada de su humanidad, ha podido llegar a cantar, a través del fuego de la crisis, la grandeza de la creación y del Creador. Aquel ya famoso «Laudato sì» brota de la paz tamizada por el crisol de la cruz, del fracaso, del sinsentido; brota de la tentación, de la mirada al precipicio. La alegría que hace madurar en él un nuevo horizonte de sentido nace de la dureza de la piedra del Alverna, donde las heridas de Francisco, numerosas y profundas, fueron recibidas en las llagas del Crucificado.
En un tiempo de sínodo eclesial, en un tiempo de cambio de época, quizá también de desconcierto, la fuerza del mensaje de Francisco está también en esto: hay una carne concreta, hay una humanidad verdadera, de todo hombre y mujer, que puede encontrar hospitalidad en el misterio de Dios.
Madres y padres sinodales, una fe que no abraza lo humano, sino que lo abstrae, lo ignora o lo tolera, es una fe que se aleja de la revelación que Jesús hizo del Padre. Aquí es donde arraiga la palabra hecha carne y carne crucificada.
Seguramente a lo largo de estos días de celebración del Sínodo, pero hoy, quizá de una manera particular, es también un momento propicio para realizar un ejercicio sinodalmente: mirar al Crucificado y contemplar cómo de las heridas de la humanidad del Traspasado nos brotan la gracia y la vida abundante y plena.
Hay una espiritualidad del abrazo y del beso que nace directamente del Evangelio. Dios quiera que el frío racionalismo de tiempos más recientes no lo haya desechado para siempre. Sí, el Señor está más allá de la luz, mientras que la Iglesia necesita tocarle, abrazarle y besarle en sus heridas en la humanidad. Si mirarán al que traspasaron (Zacarías 12, 10), madres y padres sinodales, ayudad a la Iglesia a mirar a los que hoy siguen traspasados.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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