martes, 7 de enero de 2025

Navidad, Palabra de Vida.

Navidad, Palabra de Vida 

Para ser sinceros, debemos contemplar esta Navidad sin los filtros de los buenos sentimientos abstractos, los bonitos discursos edificantes, las frases azucaradas, por las que «Jesús ha nacido en nuestros corazones» y cánticos similares. 

Jesús de Nazaret nació hace más de dos milenios y, a pesar de ello, nuestra época experimenta un «exceso de problemas». 

Seamos, pues, sinceros: esto nos queda. Será otra Navidad de guerra, en muchas partes del mundo; y las guerras parecen crecer, no disminuir. La violencia parece dominar ahora todo lo que no sea la raíz de terribles conflictos. Las desigualdades aumentan, el egoísmo individualista no deja paso a la solidaridad. 

Es, el nuestro, un mundo de violencia, que se extiende y se alimenta incluso en la vida cotidiana de la gente corriente. La agresividad y el resentimiento son ahora dominantes en el discurso público, donde ya no hay pudor en establecer discursos cotidianos de resentimiento y, por tanto, de destrucción. ¿Podemos negar que también el discurso privado es ahora denso con destellos de tensión, de arrogancia? 

Nuestras palabras, las palabras de nuestro tiempo, a distintos niveles, se han convertido a menudo en palabras de muerte

Sin embargo, de otras palabras estaríamos sedientos, necesitaríamos, desearíamos: palabras de vida. Palabras que edifican, que construyen, que unen y no desgarran, que sueldan y no fracturan, que consuelan y no desolan

Esas palabras que nuestro decir -público, personal, íntimo- necesitaría, frente a las palabras de muerte que no parecen detenerse, acompañando iguales gestos de muerte. 

El Niño Jesús es Palabra de vida: palabra de marginalidad, de ocultamiento. 

También aquí, seamos francos: la Navidad que narra el Evangelio es un nacimiento de rechazo, de descarte, de pobreza, de violencia: un nacimiento en un lugar incómodo, lejos de casa, después de habérsele prohibido el acceso a un espacio de alivio

Como muchos de nuestros enfermos, abandonados durante días en los pasillos de los servicios de urgencias; como muchas personas, empezando por los niños, que durante meses, durante años, se han visto privados de serenidad, de escuela, de salud, de familia... e incluso de vida. 

Mirando crecer a un niño, mientras lo necesita todo, muchas veces pensamos que todos hemos sido niños vulnerables, niños indefensos, niños capaces de sembrar ternura y emoción. Todos lo hemos sido: incluso los que trajeron la muerte y la violencia, fueron niños de unos días, de unos meses. Incluso los malvados han sido niños. 

Habría una comunión del mundo en contemplar al niño que todos han sido. También Dios, nos dice la Navidad, ha sido niño; y éste es ya, radicalmente, Palabra de vida: el Verbo, la Palabra, se ha hecho carne. Y ha acampado entre nosotros. 

«El Señor ha consolado a su pueblo», dice Isaías. 

Y, sin embargo, lo ha consolado con tejidos de ocultamiento, con tejidos de pobreza: no se permite triunfalismo alguno en la Navidad del Evangelio. Pero se exigen responsabilidades: debemos preguntarnos cuánto nuestra palabra fue y es palabra de vida, y cuánto fue y es palabra de muerte. 

Es un balance del que no debemos sustraernos, sobre todo si nos detenemos ante un niño, si oímos su respiración, si vemos su rostro. Y recordemos que así -desvalidos, dependientes, frágiles- hemos sido todos. 

Tenemos hambre de palabras de vida, que reaviven la esperanza y sean un consuelo, mientras a nuestro alrededor parecen prevalecer las palabras de muerte. 

Tenemos una necesidad urgente de palabras verdaderas, que respondan a vidas vividas, auténticas, profundas. 

Y tenemos una necesidad urgente de experiencias de vida profundas, que sepan dar sentido a nuestra vida cotidiana. 

En la narrativa navideña que prevalece hoy, ¿qué espacio hay para una palabra de verdad como ésta, edificante para la humanidad? Es Navidad cuando nos llegan palabras de vida, ecos del Verbo encarnado que tuvo como cuna un pesebre. 

De ahí esa nostalgia de la Palabra, en su pureza y audacia originales. Porque es Navidad cada vez que sentimos esa nostalgia de la Palabra «en su pureza y audacia originales». Es Navidad cada vez que no nos rendimos a las palabras de la muerte. 

Que la Navidad, que nos introduce en la esperanza de la misericordia, nos ayude en este año jubilar a encontrar y valorar palabras de vida. 

Navidad, la elección de Dios de hacerse viajero en la carne, convirtiéndose así en la aparición inesperada en nuestro Emaús particular y en la relación de la relación… de la relación con un Dios niño. 

Que sea una Navidad de palabras de vida y de relación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El Oboe de Gabriel.

El Oboe de Gabriel ¿Cuál es el sentido de la vida? Tal vez una pregunta sencilla, pero que se me ha vuelto apremiante con el paso de los año...