martes, 7 de enero de 2025

No usarás el nombre de Dios en vano (Éxodo 20,7).

No usarás el nombre de Dios en vano (Éxodo 20,7) 

Hace unos días, y en Religión Digital (https://www.religiondigital.org/opinion/utilizar-nombre-catolico-vano-obispo-teruel-internet-fachosfera_0_2719228067.html), apareció una reflexión de Monseñor José Antonio Satué, obispo de Teruel y Albarracín sobre el uso de 'católico' en vano. Y yo diría, en cambio, también a los cristianos, de no usar el nombre de Dios en vano ni en forma irreverente. 

“Dios ha tomado la decisión”. Estas fueron las palabras que pronunció Donald Trump al comentar la decisión con la que la Corte Suprema de Estados Unidos abolió el histórico fallo Roe v. Wade de 1973, que legalizó el aborto en el país. Por lo tanto, los distintos estados federados eran libres de aplicar sus leyes al respecto. 

Expreso algunas notas muy personales, no sobre aquella cuestión del aborto, sino sólo sobre el hecho de que Donald Trump y sus partidarios, especialmente del sector católico intransigente y tradicionalista, entienden su elección como próximo presidente de Estados Unidos de América como como "voluntad de Dios". Ninguna imposición es en absoluto nueva en la historia de las relaciones entre Estados y comunidades de fe religiosa (judía, cristiana, musulmana, por nombrar las abrahámicas). Cuando una ley o una decisión gubernamental parece coincidir con la visión religiosa individual, del mundo y de la historia, siempre surge algún campeón de la causa que debe sellarlo todo diciendo que "Dios está de nuestro lado", como cantaba Bob Dylan". Con Dios de nuestro lado”. ¿Pero es realmente así? 

Las experiencias históricas nos enseñan que explotar el nombre de Dios y convertirlo en "autor" de algunas elecciones esconde muy a menudo el proyecto de "implementación" plena de la religión en un Estado. Y este proyecto se llama teocracia. Ya sean algunos sectores de la derecha judía o algunas corrientes locales o estados reales del mundo islámico, o corrientes cristianas extremistas (ya sean católicas, ortodoxas, protestantes), el factor teocrático es el que está re-surgiendo. Evidentemente hay teóricos de la teocracia y artesanos populistas e improvisados. En otras palabras, una cosa es reflexionar sobre la naturaleza y el propósito de la comunidad política a la luz de la propia religión, y otra agitar imaginarios religiosos en mítines o citar sentencias constitucionales para intentar ganar votos. En la casa populista siempre existe la tendencia a hacer que todo sea muy serio y, al mismo tiempo, muy ridículo. 

Lo que parece, en cualquier caso, a menudo olvidado es el largo recorrido histórico que ha llevado a las democracias modernas a consagrar el secularismo y la autonomía en sus documentos constitucionales. Estados Unidos de América siempre se ha destacado por su gran respeto hacia las opiniones personales y las elecciones religiosas -1ª Enmienda-. Una regurgitación teocrática y populista en esas tierras se vuelve, por lo menos, hasta preocupante: es una prueba de cuán alto es el analfabetismo (primeros o recurrentes); la crisis de amplios sectores de escuelas y universidades; de conocimientos reducidos, monotemáticos y poco interdisciplinarios, efímeros, extremadamente dependientes de la superficialidad de diversas fuentes on-line. 

No sólo falta formación cívica, social y política, sino que falta formación ‘tout court’. No es casualidad que en inglés se diga que ‘culto’ es ‘educado’. Esta debilidad cultural de amplios sectores de la población permite que surjan líderes como Donald Trump, que acapara votos en zonas pobres y/o poco cultas; pero ocurre lo mismo en España y en otros lugares. Y donde no hay formación, o la hay poca y de mala calidad, es muy fácil dejarse influenciar por los gritos del momento, sin capacidad crítica de discernimiento, o explotar la religión para fines menos que nobles. También sería necesario profundizar en las formas de analfabetismo emocional que reducen la autonomía personal y crean dependencia de aquellos líderes que más gritan y golpean. 

La naturaleza laica del Estado es un baluarte que no debe ser socavado en ninguna parte. El Estado y la Iglesia cristiana son, cada uno en su orden, independientes y soberanos. Los padres conciliares del Vaticano II afirman, por otra parte: "La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas entre sí en su propio campo" (Gaudium et Spes, 76). El Concilio continúa explicando que Iglesia y Estado no deben confundirse, sino ser distintos en su autonomía e independencia y que ambos, en capacidades diferentes, están al servicio de la "vocación personal y social" de cada uno. 

El poder estatal es, por definición, laico. De ello se deduce que la secularidad del poder consiste, al menos etimológicamente, en no aceptar órdenes y directivas excepto de sí mismo. Es evidente que, tratándose de una institución, podemos hablar de laicidad en la medida que, en su pensar, actuar y decidir, sea fiel a lo establecido en el pacto fundacional, que para el Estado es la Carta Constitucional y las leyes que de él se derivan. 

Por tanto, el Estado tiene el deber de evitar la interferencia y explotación de las religiones u otros poderes equivalentes a ellas, como ideologías totalizadoras o nuevos populismos, y crear siempre un espacio común de diálogo y discusión. Desde un punto de vista teológico, aquí está implícita la lección evangélica de la distinción de poderes: "Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios" (Mateo 22, 21). La respuesta de Jesús se sitúa virtuosamente entre dos extremos: la teocracia, con su tendencia a concebir y absorber cualquier forma de poder en el ámbito religioso y, en el otro extremo, la invasión del poder político en el ámbito de la libertad personal, especialmente religiosa. Hay facultades y potestades, cada una con su orden y prerrogativas, a las que responder; todos autónomos unos de otros. 

San Pablo VI escribía: “Discutir estas cosas es delicado e interminable; pero hoy se habla tanto de ello que nadie desconoce por completo esta proclamada distinción entre lo sagrado y lo profano; mientras muchos no saben qué equilibrio, qué relación, qué ayuda mutua puede resultar de su mutuo y respetuoso reconocimiento; y qué templanza, qué discreción, qué respeto a la libertad de los demás, y al mismo tiempo qué ardor de bondad, qué ayuda providente puede aportar el cristiano que, traspasando la frontera eclesial, sale al mundo con la intención de difundir la luz del reino de Dios" (22 de mayo de 1968). 

No quisiera ponerme la venda antes de la herida… pero creo que sí puede haber un peligro a evitar. Realmente lo creo. No sé qué hubiera pasado si hubieran matado a Donald Trump. Y sin evocar escenarios apocalípticos, aunque presumibles e imaginables, me quedo con el mínimo, el lógico. Los republicanos deberían entonces haber elegido otro candidato. Pero todos los nombres que existían -empezando por el del conocido Ron De Santis- eran más extremistas, más obsesionados que Donald Trump. 

Y, sin embargo, el “Donald Trump moderado” -en relación con sus contendientes existentes, no en relación con lo que significa moderación- lo primero que hizo fue señalar quién lo salvó: Dios fue la mano de Dios, dijo, para salvarme. Ni casualidad ni suerte… en un país donde otros hombres políticos o casi políticos de primera línea fueron asesinados: los dos Kennedy, Martin Luther King, Malcom, con una facilidad y naturalidad increíbles. “Dios me ha salvado la vida por una razón”, dijo el reelecto presidente de EEUU en alusión al atentado de julio. “La razón es que tengo que salvar el país y hacer América grande de nuevo. Esta es la misión”. 

Casi de una manera imperceptible y, lo que es más triste para mí, indiferente, estamos en presencia de un claro secuestro: el secuestro de Dios por la política. En sociedades como la nuestra (desde Rusia hasta Occidente y muchas otras) donde la gente mata, roba y pisotea la dignidad de los demás como si fuera la hierba de un parque público, la política ha secuestrado a Dios para sus propios fines. Quien lo dude debería leer lo que dijo el Patriarca de Moscú en su momento: Dios obra en Putin. Pero no es sólo el caso ruso. Dios vuelve, arrogante, sólo para lo que suele importar a una parte de la política, en todas partes: el poder. En el caso de Donald Trump, que ahora me ocupa, es un ejemplo más del uso indebido del nombre de Dios. 

Es la teopolítica la que gana por goleada, es decir, esa sutil perversión que define la política como un terreno, un campo, que interesa a Dios, en el que Dios debe estar presente: es la teopolítica que evoca Donald Trump, diciendo que Dios intervino personalmente para salvarlo y para encomendarle esta grande y salvadora misión de hacer otra vez grande a los Estados Unidos de América. 

Todo esto no sólo recuerda su idea de que Dios tiene predilección por él, sino que recuerda el hecho de que Dios tiene predilección por Estados Unidos de América, como algunos estadounidenses parece que siempre han creído. No es casualidad que un país que dice ser laico muestre la curiosa frase "In God We Trust" en su billete de dólar. ¿Quiénes somos? ¿No puede un estadounidense ser legítimamente no creyente? 

La idea estadounidense de tener una misión divina, de defender las razones de Dios en el mundo, que es también la idea de otros líderes, acompaña a Estados Unidos de América en muchas locuras desde hace un siglo. Por suerte hubo, y hay también, la otra cara de la moneda, es decir, la idea de tener un ejemplo que ofrecer a quienes las miran que lo ha convertido en un gran país, con directores, escritores, actrices, actores, los campeones de los derechos humanos, los inmigrantes de enorme éxito, el crisol, la integración, los empresarios brillantes, los cantantes que hicieron llorar y vibrar de alegría al mundo entero, y un larguísimo etcétera. 

Pero la crisis de la fe auténtica, de las religiones que creen en sí mismas y por tanto también en los demás, ya que todos somos hijos de Dios y si todos lo somos por caminos diferentes marchamos hacia la misma meta, está encerrando la fe, la religión, en los oscuros y sombríos recintos de la teopolítica. Una de sus suposiciones, obviamente, es que el mal es funcional al bien. Para hacer el bien es legítimo hacer el mal, ¿cuál es el problema? El punto es el propósito, el objetivo. Esto es lo que teorizó Bush -el presidente que habló con Dios- que al teléfono con un Chirac asombrado evocó el Apocalipsis, citando las figuras apocalípticas de Gog y Magog. Asombrado, Chirac tuvo que pedir a sus colaboradores que llamaran a algún experto para explicar quiénes eran Gog y Magog y qué le había dicho el presidente de los Estados Unidos de América. 

No sé si la elección de Donald Trump como siguiente presidente de los Estados Unidos de América sea un problema o no. Sí sospecho que es un país polarizado. Más bien, creo un problema, en mi opinión, es la relación enfermiza de Estados Unidos de América con Dios. Me pregunto que, con los resultados de estas elecciones, y con el triunfo más que mayoritario de Donald Trump, si es Dios quien ha ganado o ha perdido. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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