O magnum mysterium… de un Dios que sabe a pan
Tan bueno… como un trozo de pan.
Después de la plenitud del misterio de Pascua y Pentecostés, la Iglesia celebra la fiesta de la Eucaristía, el "Corpus Domini". Pero esa fiesta celebra un misterio que, en realidad, se celebra en todas partes, todos los días, en la Iglesia.
Humanidad, cuerpo, carne de Jesús.
Sí, el cuerpo, la humanidad de Jesús: no una imagen, un símbolo, sino la realidad del Verbo que se hace carne, lo eterno que se hace frágil, vulnerable, como toda carne. Es la encarnación inaudita, que cuestiona todo espiritualismo alienante y se refiere a la dignidad que el cristianismo atribuye a cada cuerpo.
En la Escritura no hay división entre vida espiritual y material, entre interioridad y sensibilidad. Todo es uno y lo mismo: carne espiritual, espíritu carnal,…, carne y espíritu, hasta el punto de que Pablo puede decir: “Ofreced vuestros cuerpos como sacrificio agradable a Dios; éste es vuestro culto espiritual" (Romanos 12, 1), es decir, ofreceros vosotros mismos, vuestras experiencias en las relaciones con los demás, con la creación y con Dios mismo, para hacer de vuestra vida una ofrenda a ejemplo de Cristo.
En el cristianismo todo gira en torno al cuerpo. Del Verbo que se hizo carne, al prólogo del Cuarto Evangelio, a la Eucaristía, a las curaciones de Jesús, al cuerpo que es la Iglesia, de la creación a la resurrección y a la escatología... el cristianismo se presenta como un tratado sobre el cuerpo. Después del Nuevo Testamento no se puede hablar de Dios ni del hombre, ni de la moral, ni de la vida eterna sin hablar siempre del cuerpo.
Jesús nació de una mujer joven, se hizo adulto en el anonimato, similar a los demás.
El Hijo de Dios vive plenamente su "terrenalidad – su historcidad": nace de una joven llamada María, en un contexto específico, crece y se convierte en un adulto en el anonimato, completamente similar a los demás. En la vida pública no se retira del mundo, a diferencia del Bautista. No adopta técnicas particulares de ascetismo como las de los esenios y los "monjes" de Qumran. No está por encima de los demás, como los escribas, los fariseos, los saduceos o la casta sacerdotal, pero es un maestro, un gran maestro y habla con autoridad.
Como los hombres en todo menos en el pecado.
Jesús comparte la vida de todos: va de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, entra en las casas, llama, escucha, acoge, ama y se hace amar, se inclina sobre los enfermos, siente compasión, participa de las debilidades físicas y espirituales de los hombres, se da “todo a todos”.
Jesús hizo suyo todo lo humano… Cristo no negó nada que fuera humano.
“Dios ama la carne y la sangre del hombre, el cuerpo, el comer y el beber; ama su placer y su amor, su belleza y su esfuerzo; ama sus días y sus noches, ama los años y los siglos que componen su historia” (Jacques Marie Pohier).
Y cuando nos presenta al Padre, lo hace a través de las figuras de la realidad cotidiana: las flores del campo y los pájaros del cielo, la higuera que anuncia el verano, los pescadores con sus redes, el pastor y las ovejas, la gallina que recoge los polluelos, el ama de casa que amasa la harina con la levadura, la tierra y la semilla...
El Reino es una mesa puesta, un banquete compartido donde justos y pecadores, fariseos y prostitutas se encuentran unidos, sin divisiones ni jerarquías, o mejor dicho, con jerarquías invertidas.
La última mesa es la Eucaristía. Y es precisamente en una de estas "mesas", la Última Cena, ante la inminencia de la muerte, el momento culminante de la celebración del cuerpo.
Aquí, a través de los alimentos consumidos junto con "su pueblo", ciertamente no especial, una Iglesia de pecadores frágiles y dudosos, Jesús expresa de manera real, concreta y radical su dedicación absoluta a los hombres al donar su cuerpo.
Un almuerzo normal y "banal" se convierte en un punto crucial en el encuentro entre el hombre y Dios. Así, un momento habitual y cotidiano, como sentarse a la mesa y comer juntos, se convierte en el punto crucial y decisivo en el encuentro entre Dios y el hombre, la carne es el cruce de los caminos entre Dios y el ser humano.
Este es mi cuerpo entregado por ti.
El cuerpo del Señor es el don, que se convierte para nosotros en mandamiento absoluto: amar como Él amó, en el cuerpo de cada hermano. (Mateo 25, 31-46), en un dinamismo continuo hasta que "el Señor Jesús transfigurará este cuerpo miserable, para conformarlo a su cuerpo glorioso" (Filipenses 3, 21).
“Glorificad, pues, a Dios con vuestro cuerpo” (1 Corintios 6, 19).
O magnum mysterium… de un Dios que sabe a pan.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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