martes, 21 de enero de 2025

Qué ministerio ordenado en el futuro y para España.

 Qué ministerio ordenado en el futuro y para España 

Hace unos meses - el 10 de mayo de 2024 para ser más exactos- en Religión Digital apareció una noticia bajo este epígrafe titular: “Seis meses después del varapalo en la visita a Roma para hablar de los seminarios”. 

Desconozco, ni tengo por qué conocer, ni quiero conocer, el mencionado informe del Dicasterio vaticano para el Clero. La mía es una intuición. Y es que tengo la sospecha de que quizás también se quiere poner de manifiesto los rasgos más humanos de aquellas personas que van a ser los sacerdotes del futuro inmediato y más lejano, es decir, de poner más en valor aquellos aspectos más ligados a las experiencias más humanas y afectivas de aquellos hombres están llamados a discernir y madurar su vocación al ministerio ordenado. La preparación para el ministerio ordenado ni siquiera borra cierta impaciencia a la hora de afrontar el futuro, con esa mezcla de ímpetu y temor que caracteriza los pasajes importantes de la vida eclesial. Y el nuestro, lo está siendo y lo seguirá siendo. 

La asociación del sacerdote con la esfera de lo sagrado ha condicionado durante mucho tiempo nuestro imaginario católico, relegando al sacerdote a un mundo aparte, inmune a las complejas vicisitudes interiores y exteriores que todos, especialmente los no sacerdotes y los no religiosos, tratamos de asumir. El ideal evangélico de santidad, sin embargo, no contempla una separación que salvaguarde a un pequeño grupo de puros, sino que se realiza como un servicio ordenado a la comunión que pasa siempre por la carne y la sangre del ministro ordenado. Y que no ignora sus heridas y fragilidades. 

Tal vez acabe siendo una figura de sacerdote menos ‘estilizada’, con la que a veces es más cansado o más decepcionante -sobretodo según qué prejuicios y expectativas- tener que tratar, pero quizá más auténtica y ciertamente más apta para dar testimonio de un Evangelio no abstracto que toca la vida real y concreta de la gente. 

Sin embargo, para que esto ocurra, no basta con devolver a los sacerdotes al lado del común de los mortales. Al mismo tiempo, el propio ministerio ordenado debe transformarse, buscando precisamente en la experiencia humana más compartida la fuerza salvífica del anuncio y su relevancia y significatividad -valor- para todos. De lo contrario, la referencia a la humanidad encarnada -la carne y la sangre- del sacerdote se convierte en una mera invitación a tolerar, con un poco de misericordia, sus faltas. 

En cambio, si el sacerdote cultiva la sintonía de su propio corazón con la existencia mundana de sus hermanos y con el rostro más evengélico y neotestamentario que encierra el sacerdocio ministerial -también con su misterio-, se produce algo nuevo, que libera a unos y otros de las palabras un tanto artificiales que suelen caracterizar el discurso religioso también referido a los sacerdotes. Y el Reino de Dios crece ante nuestros ojos con otro rostro. 

Con el Concilio Vaticano II las cosas cambiaron, la Iglesia cambió, las comunidades cristianas y eclesiales cambiaron. Hoy en Occidente, los sacerdotes son una ‘especie’ casi en extinción. No sé cómo se realiza ni, mucho menos, cómo deba realizarse la formación de los seminaristas. Pero sí entiendo que en el centro debe estar la formación integral, capaz de unir de manera equilibrada las dimensiones humana, espiritual, intelectual y pastoral, a través de un camino gradual y personalizado. Porque si es verdad que la novedad nunca se separa de la tradición, no es menos verdad que esa novedad está llamada a integrar y profundizar en la tradición en un nuevo contexto social y también eclesial. Necesitamos superar algunos automatismos del pasado; el desafío es proponer un camino de formación integral que ayude a la persona a madurar en todos los aspectos y favorezca una evaluación final basada en la globalidad del camino. Para ser un buen sacerdote, además de haber superado todos los exámenes, se necesita una maduración humana, espiritual y pastoral demostrada. Y sospecho que algunas de las claves de esa maduración pueden ser tal vez las siguientes: 

1.- Humanidad: Necesitamos sacerdotes con rasgos amables, auténticos, leales, interiormente libres, emocionalmente estables, capaces de tejer relaciones interpersonales pacíficas y de vivir su don, servicio y ministerio sin rigidez, sin hipocresía, sin altanería. Además, es necesario cultivar la humildad, el coraje, el sentido práctico, la magnanimidad de corazón, la rectitud de juicio y la discreción, la tolerancia y la transparencia, el amor a la verdad y la honestidad. Es de fundamental importancia que el seminarista alcance una autoestima equilibrada, que le lleve a ser consciente de sus propios dones, a aprender a ponerlos al servicio del Pueblo de Dios. Es necesario cuidar tanto la dimensión estética con una educación que permita conocer las manifestaciones artísticas, educando el "sentido de la belleza", como el ámbito social, ayudando al sujeto a mejorar sus habilidades relacionales. 

2.- Espiritualidad: El sacerdote no es un organizador religioso ni un funcionario de lo sagrado, sino un discípulo enamorado del Señor, cuya vida y ministerio se fundamentan en una relación íntima con Dios. El ministro ordenado aprende a salir de sus propias certezas preconcebidas y no pensar su ministerio como una serie de cosas que hacer o de reglas que aplicar, sino que hacer de su vida el 'lugar' de escucha acogedora de Dios y de sus hermanos. 

3.- Discernimiento: Sospecho que hay la tentación de volver a instalar una rigidez que no se acerca al discernimiento de las situaciones. Y el ministro ordenado debe aprender el don de la escucha. 

Hasta el Concilio Vaticano II la formación tenía como objetivo hacer desaparecer a la persona para convertirla en un "alter Christus", siempre y en cualquier caso: Se hablaba de un "sacerdos alter Christus" para la salvación de las almas con un celo desinteresado, disciplinado y valiente ante las novedades. Pío XII en la exhortación apostólica «Menti nostrae» (23 de septiembre de 1950) reiteraba que el sacerdote, «alter Christus», debía sobresalir en santidad, humildad, obediencia, perfecta castidad, pobreza, enumerando las prácticas de piedad. 

Hoy, a punto ya de pasar el primer cuarto del siglo XXI, ¿qué formación han de recibir los futuros ministros ordenados? La reflexión es pertinente, ojalá que también “sinodal”, porque debe centrarse no sólo ni principalmente en el momento presente sino, más y mejor aún, se requiere la profundidad de una reflexión en el horizonte futuro en el que el Espíritu ciertamente continúa inspirando y sugiriendo aquellas decisiones más evangélicas y evangelizadoras para todo el Pueblo de Dios. 

A menudo me he preguntado cómo será el sacerdote del futuro, qué tendrá que hacer, cómo tendrá que ser,… Me imagino que buena parte de la respuesta a esa pregunta tendrá que ver con la respuesta a otra pregunta: cómo será la Iglesia del futuro. No hay nada escrito… ni mucho menos cerrado definitivamente, pero creo que el ministro ordenado tendrá que crecer en la fe, es decir, cultivar la fe, y al mismo tiempo estar abierto a la dimensión misionera del anuncio y a la colaboración que serán decisivas -no ya importantes- entre laicos, religiosos y sacerdotes en un discernimiento y en una toma de decisiones más ‘sinodales’. También seguirá siendo importante la confrontación y el diálogo con otras culturas y con la cultura contemporánea (que no es ya la cultura, por ejemplo, europea del Concilio Vaticano II) en una sociedad, al menos por lo que se refiere a Europa, que ya es mayor de edad como para ser tutelada. 

Tal vez hasta se pueda decir que la forma en que la gente ve al sacerdote, por exagerada o parcial que sea y por más contaminada que esté por una visión inadecuada de la Iglesia, es un indicador de un desafío o reto que atañe a la verdadera identidad del sacerdote. De un sacerdote que hasta puede parecer que su identidad está en crisis, que necesita encontrar de nuevo su centro, que ha sufrido durante mucho tiempo las incursiones de una complejidad considerable -cultural, social y eclesial-. Quizás hasta cada sacerdote encarna "un tipo", un "modelo" de sacerdote, acentuando unos aspectos más que otros, pero es como si toda esta rica variedad de figuras presbiterales y ministeriales no tuviera un trasfondo común, una base participada, una base compartida. 

También en este tema, en realidad, hoy, mañana y pasado mañana estamos al comienzo de una nueva época cultural, social, continental,…, planetaria y eclesial. Las viejas formas del cristianismo y las viejas representaciones de Dios y de la fe se desvanecen. Esta nueva realidad nos es dada -como nos enseña la historia bíblica- para nuestra purificación, nuestra renovación y el nacimiento de algo nuevo que el Espíritu quiere sugerirnos y que debemos estar disponibles para acoger. 

Si un mundo se va -afirmaba André Fossion hace años- es porque llega otro y, por tanto, no es el fin del cristianismo. Sin minimizar la crisis de transmisión de la fe, también hay un cristianismo nuevo que se gesta, que nace, que crece… Nuestro tiempo, en efecto, se presenta como una nueva oportunidad para el Evangelio, siempre que pueda hacerse resonar de manera nueva en los oídos de nuestros contemporáneos. 

Así las cosas yo creo que la Iglesia de España puede preguntarse: ¿estamos dispuestos a interrogarnos realmente, como nos invita el Papa Francisco a hacer sin cierres y sin miedo, sobre cómo hacer resonar en nosotros el anuncio del Evangelio? ¿Un nuevo camino? Y preguntarnos ante esta tarea: ¿qué forma de Iglesia necesitamos? ¿Qué revitalización de los ministerios en la Iglesia? ¿Qué parroquia? Y… ¿cómo releer, revisar, reformular el ministerio sacerdotal? ¿Podemos seguir pensando en ello como lo hemos hecho hasta ahora? 

Acabo ya. Comenzaba mi reflexión diciendo que desconozco el contenido del informe del Dicasterio del Clero al que hacía referencia la noticia de Religión Digital el pasado 10 de mayo. Es una sospecha. Hay cuestiones que no pueden posponerse más y que no se refieren a aspectos secundarios o simplemente ministeriales, sino a la identidad misma del ministro ordenado, lo que implica quizá una profundización y una relectura de la doctrina sobre el Sacramento del Orden, pero también ciertamente la formación de los futuros presbíteros. La forma en que miramos al sacerdote remite a otro tema más de fondo, el más urgente y todavía no sé si muy abordado: 

1.- quién es realmente el sacerdote cristiano en el horizonte de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote que se describe en la Carta a los Hebreos; 

2.- qué sacerdote necesita la Iglesia de España en el futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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