martes, 21 de enero de 2025

Todos comieron hasta saciarse y se llevaron los trozos sobrantes: doce cestos.

Todos comieron hasta saciarse y se llevaron los trozos sobrantes: doce cestos 

Jesús habló a las multitudes del Reino de Dios y curó a los que necesitaban curación. Ésta es nuestra tarea como bautizados; no hay necesidad de añadir más, es más, a menudo más es un lastre inútil y perjudicial. Éste es también el cenáculo cotidiano donde Jesús se hace presente. La Eucaristía es un estilo de vida, no un ritual. 

Todos debemos tener siempre mucho cuidado con el riesgo de reducir la Eucaristía a una devoción privada, casi íntima, en un cenáculo cerrado, dorado, incensado, excluido del dolor del mundo. Prescindir de la multitud, quizá con alguna buena excusa, es un escándalo intolerable; el cristiano y, en particular, el sacerdote, el ministro ordenado de la Eucaristía, está en medio de la multitud en cualquier situación, en las aldeas, en el campo e incluso en el desierto; nunca la deja sola y siempre la alimenta con la fe en el pan de vida. También nosotros, como Jesús, debemos convertirnos cada día en pan y vino para los que encontramos y debemos hacernos comer sin oponer ninguna defensa, sin levantar ninguna barrera. 

La multitud debe alimentarse de nosotros, de nuestro tiempo, de nuestro espacio, de nuestras cosas, porque nada es nuestro, sino que todo nos ha sido confiado para la salvación del mundo. Es verdad que muchas veces sólo tenemos unos pocos panes y unos pocos peces, pero esto no debe asustarnos ni convertirse en una coartada hipócrita; confiemos al Señor nuestra escasez y nuestros miedos y el Señor hará una vez más el milagro del pan para todos. 

La presencia de Jesús en la Eucaristía, es un hoy de amor; llevamos este pan al mundo de cada día, esa caridad sencilla, silenciosa, alejada de los focos, que es la levadura más eficaz de este pan. 

Todos comieron hasta saciarse y se llevaron los trozos sobrantes: doce cestos. Sé que mi reflexión no es exegética. Solamente es un pobre apunte marginal. 

Sí, sobraron 12 cestos… El Evangelio no sólo dice que todos están saciados. Decir '12' es decir todos los pueblos; es decir, pensar en un mundo en el que nadie se quede sin pan y sin dignidad. Pero las 12 cestas que sobran también muestran un atisbo de futuro. Cuentan el sentido de un proyecto sobre el mundo. No un mundo a merced de las urgencias, sino un mundo que prepara el futuro, prevé y crea las condiciones para que no haya disparidades, desigualdades, injusticias planificadas. 

Nuestra aldea global sólo puede tener un banquete global, en el que todos los pueblos tengan el mismo derecho a participar; un banquete del que nadie debe ser excluido ni discriminado. Este ha sido siempre el proyecto del Padre común para toda la familia humana (cf. Is 25,6-9). Este es el sueño que Él confía a la comunidad de los creyentes que tienen el deber-derecho de celebrar la Eucaristía, conmemorando la muerte y resurrección de Cristo. Este es el banquete al que todos los pueblos, animados por el único Espíritu, están invitados. 

Todos los miembros de la familia humana tienen derecho a comer hasta saciarse, con dignidad, en fraternidad. Significativamente, Jesús les ordena «sentarse en grupos». Porque sólo los esclavos están condenados a comer de pie y de prisa. Sentarlos, en cambio, es tratarlos a todos como personas; como niños en casa, con la dignidad de personas libres. El acto de comer adquiere así todo su valor como acto humano y humanizador, porque sentarse y comer en grupo es signo de comunión. 

Quisiera pedir al Señor que nos ayude a tener siempre gran cuidado y dedicación por estas doce cestas. Son las 12 cestas que servirán a los que hoy faltan. Son los que son perseguidos precisamente por su fe en este pan; los que estaban con nosotros pero se fueron escandalizados por nuestro testimonio negativo; los que todavía no conocen a Jesús, y también a los que hemos impedido venir y a veces incluso hemos despedido con dureza de corazón, porque confundimos la ley con el Evangelio, y de esa manera el pan se convierte en piedra. 

Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día, cuando lo tengo que beber nuevo con vosotros en el Reino de mi Padre.  Decimos que la Iglesia vive, celebra la Eucaristía, en la espera de su regreso. Y yo pienso que tal vez el Señor vuelva cuando no falte ni uno alrededor de Su mesa que coma su pan y beba su vino. 

Así rezo, así espero, así amo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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