martes, 21 de enero de 2025

Semana Santa.

Semana Santa 

"Los dos corrieron juntos -Pedro y Juan-, pero el otro discípulo corrió más deprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro" (Juan 20, 2ss). ¿Y quién de nosotros, en este mundo, no corre? Corremos por compromisos laborales, ritmos apremiantes, plazos elegidos o impuestos. Pero también se corre con la mente o el corazón, como para que los proyectos de vida mejoren y progresen. 

Se corre con previsiones y deseos grandes o pequeños: nuestra vida por gestionar, pero también cualquier crisis por superar definitivamente y la guerra por archivar. También hay quien huye del hambre, de la cárcel, de la violencia, de las epidemias y de las guerras, no sólo en Ucrania ni en Gaza. Los emigrantes lo saben muy bien. A veces incluso se huye sin saber adónde ir, para escapar. Y es obvio que corren bien los que saben adónde ir y cómo hacerlo. Los que tienen un destino. Pero también los que son libres de hacerlo. 

La Pascua, es decir, la celebración de la Resurrección de Cristo, es una fiesta difícil, no sólo para los no creyentes, sino también para los cristianos. No todos están dispuestos a correr hacia una tumba vacía, por muy confirmadora que sea. Sólo María se queda con la esperanza de encontrarse con Cristo: lo que luego sucede. Hay carreras que no satisfacen, ni responden a las muchas preguntas que todos llevamos dentro. ¿Terminará pronto la guerra? ¿Sucumbirá el camino de la paz? ¿La línea histórica del progreso ético y social (además del tecnológico) o el crecimiento integral de la humanidad es una terrible ilusión? ¿Es una carrera cuesta abajo o cuesta arriba? 

La carrera de Pedro y Juan termina con la visión de los "lienzos puestos allí, y el sudario -que había estado sobre su cabeza- no puesto allí con los lienzos, sino envuelto en un lugar aparte". Muy poco comparado con un acontecimiento anunciado como de importancia histórica: un hombre que resucita de entre los muertos. Sin embargo, ambos ven esos pequeños detalles y uno de ellos creyó. 

Ciertamente, "el buen Dios habita en los detalles" (Aby Warburg); pero por muchos que los discípulos hubieran visto los detalles, la resurrección seguía estando fuera del alcance de sus mentes y de sus corazones. Hasta entonces "aún no habían comprendido la Escritura, que había de resucitar de entre los muertos". Esta dificultad de comprensión no nos debe pasar por alto, ni debemos tener miedo de analizar nuestras dudas de fe. Ciertamente, no ayuda la difusión, entre los cristianos, de una actitud ideológica, en la que la fe, el compromiso por la paz y el cuidado de los demás, se convierten a veces en cruzadas sin corazón ni ingenio; no ayuda la pretensión de tener respuestas sobre todos los dramas personales y globales; no ayuda el sentirse depositarios de la verdad, cerrándose al diálogo con los demás. 

Los discípulos no lo entendieron. Nosotros tampoco. Tanto se nos ha escapado, tanto se nos escapa todavía, de las calamidades globales y planetarias, como de las heridas individuales y personales. Debemos poner las cosas en orden, de lo contrario prevalecerá un nuevo nihilismo. Como con los discípulos, como con nosotros, nadie parte de cero. Siempre habrá en alguna parte palabras con sentido, no vacías; relaciones sanas, no falsas; un poder no corrupto, sino protector sobre todo de los pobres y de los últimos; políticos probos y competentes, y no lobos disfrazados de ovejas; también habrá "sudarios y lienzos puestos en orden", contra el caos de una parte del mundo. Ahí empezamos a (re)creer, a levantarnos, a renacer, a construir. 

La muerte de Jesús fue una muerte política y no privada, llevó los sellos de los poderes de aquel tiempo. Por eso el anuncio de la Pascua no está hecho para darnos una exaltación imaginativa temporal. Está hecho para conducirnos a las raíces donde hacemos nuestras opciones fundamentales. Es allí donde se decide todo. Dios mira el corazón y no nuestro palabrerío o nuestros rituales. Es en esta profundidad donde nos encontramos constantemente en la encrucijada entre la muerte y la vida, donde decidimos sobre nosotros mismos y decidimos sobre el futuro del mundo. Una vez hecha esta reflexión, adquirimos de algún modo el derecho a abandonarnos al ritual, a las palabras sagradas, pero conteniéndolas conscientemente dentro de la reserva que debemos poner: todo esto es vano, más aún, es mentira si no pasa por el filtro del sentido del misterio más indecible que queremos y necesitamos evocar estos días contemplando y acompañando el Vir dolorumEcce homo! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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