martes, 21 de enero de 2025

Sobre la parroquia: siete pistas de trabajo.

Sobre la parroquia: siete pistas de trabajo 

Después de señalar algunas de las diversas crisis que ha vivido en los últimos años la parroquia, toca poner sobre la mesa algunas propuestas, para que la primera parte de mi reflexión, sobre las crisis, pueda ir seguida, al menos en intención, de una parte más propositiva. También en este caso procederé por puntos, con el fin de sistematizar de una manera más clara la propuesta. Soy muy consciente de que algunas propuestas son complejas y difíciles pero creo que al menos como objetivos o como horizontes de acción eclesial pueden ser iluminadoras y, por lo menos, pueden ser introducidas (o reintroducidas) en el círculo del diálogo. 

1.- La cuestión del clero y de los laicos: desde muchos sectores (incluso muy altos) se denuncia el fenómeno del clericalismo, que sin embargo no parece desaparecer, especialmente en las parroquias. A esto se suma la carga de trabajo y las expectativas que muy a menudo los sacerdotes sienten sobre sí mismos, perdiendo lo que deberían ser las especificidades del ministerio sacerdotal. Por ejemplo, un sacerdote no puede hacerse cargo de los sacramentos y la contabilidad, el acompañamiento espiritual y el coste de los dulces en el centro juvenil, las obras de restauración y los enfermos. Pero al mismo tiempo ya no puede ser el que decide últimamente en todos los aspectos, relegando a los laicos a un único papel consultivo. 

Creo que en este caso realmente podemos aprovechar la reflexión conciliar y posconciliar y comenzar realmente a revisar la organización de la parroquia, no sólo por un mero principio funcional, sino por una conciencia ya madura sobre los estados de vida, los carismas, el valor del bautismo como sacramento en el que se basa el ser cristiano. Por tanto, podemos pensar en una reorganización de las tareas dentro de la comunidad, en la que la toma de decisiones y el poder jurídico y económico ya no sean prerrogativa exclusiva del clero. La corresponsabilidad no funcionó, tanto porque quedó abstracta como porque quedó abandonada a la discreción del individuo: hay que abordar las funciones, las tareas y los roles. Se podría pensar en el sacerdote como asistente espiritual de la parroquia, a ejemplo de lo que ocurre en algunos movimientos y asociaciones: responsable de la vida sacramental y espiritual en sentido estricto (pienso en el acompañamiento espiritual), en plena colaboración con los diáconos, el sacerdote vería así realzado el propio insustituible del ministerio. Para los demás ámbitos (económico, social, cultural, educativo) sería necesario contar con líderes laicos, hombres y mujeres, elegidos por la comunidad de los bautizados, en rotación y con roles temporales (para evitar la cristalización de cargos, el poder y clericalismo del retorno). Para un funcionamiento armonioso, todo debe ser coordinado por una figura laica, también temporal, quizás remunerada, nombrada por el obispo a indicación de la comunidad, que pueda tener ese "poder de firma" esencial en la gestión y coordinación de los distintos conjuntos. Sería pues deseable que estos coordinadores estuvieran en varias parroquias, para promover esa colaboración entre comunidades que es verdadera fraternidad y corresponde a un verdadero sensum ecclesiae. 

Huelga decir que el consejo pastoral necesita ser repensado totalmente: ya no es sólo un órgano consultivo, sino también capaz de deliberar, quizás reactivando así aquellas figuras marginadas porque no estarían disponibles para funciones meramente consultivas. 

Tendríamos entonces responsables laicos del sector (hombres y mujeres), un asistente espiritual y un coordinador laico (hombre o mujer), un verdadero director de todo, con una asamblea pastoral que refleja la variedad de una comunidad: de esta manera una verdadera corresponsabilidad y el clero podría dedicarse a cuidar la vida espiritual, las relaciones, los sacramentos, la escucha, la oración de una manera más específica que como ocurre hoy. Además, esto conduciría a una implicación más activa de los obispos en la vida de la comunidad. 

2.- Verdadera formación: es claro que una división de tareas y responsabilidades, incluidas las jurídicas, implica una sólida formación, tanto en el campo de intervención, tanto desde el punto de vista humano como desde el punto de vista teológico-espiritual. También en este caso, siendo el obispo el último garante del depositum fidei en una iglesia territorial, es en el contexto diocesano donde se deben pensar itinerarios de formación, teniendo también la valentía de negar a personas inadecuadas el desempeño de cargos superiores; los caminos también deben estructurarse en función de lo que requiere el territorio: una comunidad y el conjunto de las comunidades estarían llamadas a discernir sus propias necesidades y deseos formativos. Ahora bien, no a todos se les puede pedir todo, sin embargo es necesario que quienes coordinan tengan un equilibrio humano, psicológico y espiritual, madurez personal y un camino cristiano establecido (y aquí vuelve a entrar en juego el importante papel del asistente espiritual). Si no todos están obligados a hacer todo, también hay que decir que no todos pueden hacerlo todo. 

3.- Reavivar la liturgia: es necesario volver a un ars celebrandi cuidado, en el que los distintos ministerios (acólito, lectorado,…) sean valorizados, pero también objeto de formación, atención, cuidado, reconocimiento. Se aplica el primer principio: no todo el mundo puede hacerlo todo. Ya no se pueden tolerar celebraciones descuidadas, Palabra de Dios deficientemente proclamada, servicio litúrgico descuidado, música improvisada, grandilocuencia litúrgica, homilías abstractas o recitadas. La liturgia debe ser una preocupación de la comunidad, evitando también formalismos, anacronismos, lenguajes que ya no dicen al hombre contemporáneo más que nostalgia o falta de gusto estético, cuando no son expresiones de cuestiones personales de otra índole. También en este caso, un grupo litúrgico formado por cristianos bien formados, que también tengan presente la realidad de la comunidad en la que celebran la fe, parece ser una urgencia inaplazable. 

4.- Gradualidad eucarística: sabemos bien que la Eucaristía representa "la plenitud de la vida sacramental" [EG 47], pero quizás sea necesario revisar el papel que ha asumido hoy en la práctica parroquial. La Eucaristía es la culminación del seguimiento de Cristo y es también un misterio inagotable, pero en la forma de la Misa también es - debemos admitirlo - muy difícil: debemos preguntarnos si proponerla inmediatamente, siempre y a todos, convertirlo en la 'métrica' exclusiva para medir la vida cristiana no es, en última instancia, reduccionista ni contraproducente. En el clima general de secularización, con la decadencia de las sociedades católicas, la conciencia eucarística de los fieles ya no puede darse por sentada ni estar tan difundida tanto en la vida cotidiana como en las vacaciones; y esto no se debe tanto - o no sólo - a una cuestión ligada a la disminución del número de sacerdotes, sino también a razones formativo-teológicas. Por lo tanto, podemos pensar en reducir el número de Misas, especialmente los domingos (y quizás así hacerlas más organizadas), y sustituir algunas celebraciones eucarísticas (largas en el sentido actual del tiempo) por breves momentos de reflexión y oración sobre la Palabra de Dios. ¿Que puedan ayudar a aquellos que aún no sienten que pueden vivir el misterio eucarístico en plenitud? Pienso en Liturgias de la Palabra más sintéticas y más sencillas, que lleven progresivamente a los fieles menos formados a acercarse a los grandes misterios de la vida cristiana y, finalmente, a la Eucaristía. También hemos visto en tiempos de pandemia que el 'precepto dominical' puede ser revisitado con creatividad evangélica, porque "es el sábado para el hombre y no el hombre para el sábado". Caminos graduales, caminos diferentes que puedan así interceptar e involucrar a quienes quizás estén en el umbral, que quisieran acercarse de manera progresiva, manteniendo así el respeto por las diferentes historias y opciones de vida. ¿Y por qué no pensar también en los laicos como animadores de las Liturgias de la Palabra (lo que ya ocurre en algunos casos)? 

¿Podemos pensar también en diferentes formas de tiempo de oración dominical para los niños? Incluso en el caso de las bodas, ¿es posible hipotizar que no necesariamente estén incluidas en la celebración eucarística, ahora dada por sentada, de acuerdo con el camino de fe de los cónyuges? ¿Podemos pensar lo mismo en los funerales cuando los participantes demuestran una sensibilidad más tibia en materia de fe (posponiendo la Eucaristía de sufragio por los difuntos quizás hasta una Misa ya establecida)? ¿Cuántos, a decir verdad, estarían tan "escandalizados" por tal gradualidad eucarística? Esa gradualidad me parece responder también a una sabia observación de Tomás de Aquino: "no es igualmente posible lo mismo para el hombre virtuoso y para el los que carecen de virtud; como no es igualmente posible para el niño y el hombre maduro. Y por esta razón no se establece la misma ley para niños y adultos: de hecho, a los niños se les permite hacer cosas que en los adultos están castigadas o reprobadas por la ley. Y de la misma manera a los hombres imperfectos en la virtud se les deben permitir muchas cosas que serían intolerables en los hombres virtuosos" (Summa Theologica, I-II, quaestio 96, artículo 2). ¿No tendríamos así, a través de un proceso eucarístico gradual, un acompañamiento más equilibrado y concreto de los fieles, un momento de oración más adecuado a la verdadera vida espiritual? 

Además, reducir las Misas, y por tanto potenciarlas, podría abrir espacios para otras formas de oración como la Lectio Divina, la adoración eucarística misma, el silencio y la meditación, prácticas estas últimas que pueden estar más en sintonía con las necesidades actuales, cuando la persona se siente en el centro de un vórtice de compromisos y palabras. Por último, ¿no es el mismo método de Jesús en los evangelios el de la gradualidad? No todo de golpe, sino un lento seguimiento que conduce al Padre (así quizás podamos leer los episodios de la samaritana, de Zaqueo, de Emaús o del propio itinerario de los Doce). 

5.- La cuestión de la juventud: es necesario revisar en profundidad los caminos de la iniciación cristiana (en este sentido hay muchas propuestas), prestando atención, en un marco diocesano común, a las especificidades del territorio. ¿Es posible pensar en conferir el bautismo y la confirmación juntos en el primer año de vida, posponiendo la primera Eucaristía y la confesión para una edad más consciente de los niños?; ¿o el camino de preparación para la comunión y la confesión puede reducirse a un año, y dejar la confirmación para una edad más adulta? Todo ello dejando algunos momentos fuertes para quienes quieran, sin la finalidad del sacramento, momentos de formación y catequesis. O bien, se podría imaginar un camino que dejara a los niños, a los educadores, a los padres y al sacerdote la elección de la edad más adecuada a cada persona, evitando objetivos establecidos sólo en función de la edad y respetando así la variedad de situaciones de los fieles y familias. Ciertamente, ya no parece posible posponer la liberación del camino de la catequesis del modelo escolar, escalonado, con citas establecidas y comunes para todos, que carga la semana familiar con una actividad extra, de la que tal vez puedan liberarse lo antes posible y tan pronto como se haya cumplido la forma del rito. 

Persiste el problema de los jóvenes, que en el Sínodo dedicado a ellos no ha hecho más que abordar: en el contexto actual, el diálogo entre las diversas realidades es necesario y absolutamente formativo, evitando encerrar a los jóvenes en situaciones cada vez más pequeñas y asfixiantes. Necesitamos fomentar los intercambios y la libertad, debemos dar confianza (y por tanto espacio, tiempo y "poder") a la variedad de experiencias juveniles y eliminar el moralismo del mensaje cristiano. Ya no se puede posponer una implicación estable de quienes viven efectivamente con los jóvenes fuera del contexto eclesial: profesores, educadores, entrenadores, animadores, acompañantes,… Se trata de figuras que conocen los cambios en la condición de la juventud, portadoras de preciosas experiencias e intuiciones que ya no deben quedar al margen. 

6.- Territorialidad y especialización: sin perjuicio del depositium fidei, dada la amplia movilidad del mundo moderno que impacta a la parroquia, no se puede pensar que realidades cada vez más pequeñas y antiguas puedan hacer frente a todas las peticiones, deseos y cuestiones de la variada humanidad que habita el mundo hoy. La territorialidad ya no es un criterio exclusivo de pertenencia: es necesario fortalecer la fraternidad entre parroquias, dejando atrás pequeñas rivalidades, apegos anacrónicos y nostalgias engañosas (y teniendo también el coraje de la impopularidad). Pienso en una fraternidad que pueda conducir entonces a la valorización de los singulares carismas: así habrá una comunidad más atenta a la caridad, una más atenta a la cultura, otra a la oración, etc., en una sinergia que no rompe y separa, sino que realza el poliedro (imagen querida por el Papa Francisco) y los recursos de las distintas parroquias y de sus fieles, manteniendo siempre viva la comunicación con la asamblea parroquial. 

De aquí podemos extraer entonces criterios de discernimiento sobre las opciones concretas que hay que tomar: ¿qué estructuras ya no son útiles para anunciar el Evangelio en un territorio y para los carismas que ese territorio contiene? Más allá de las consignas y los planes pastorales de una iglesia todavía del siglo XX, preguntémonos, con comparaciones francas y opiniones honestas sobre el contexto en el que vivimos, escuchando incluso a aquellos que no son feligreses frecuentes: qué edificios suponen hoy un coste, qué iniciativas son solo fósiles de museo, hermosos de admirar, pero testigos de un tiempo que nunca volverá y, por tanto, también objeto de sacrificios. Y también en este caso, ¿no es posible pensar en una renovación general de los horarios de actividades y liturgias, todavía en medio de un mundo ya moderno? 

7.- El 'foro de los buscadores' y los nuevos lenguajes. En el mundo actual hay un número creciente de personas que, por diversas razones, no se reconocen plenamente como miembros eclesiales, pero que sin embargo son "buscadores", es decir, están buscando algo, un no sé qué… Cada parroquia debería preguntarse -y hacerlo con otras para que la pregunta generara complicidad fructífera- cómo escuchar y dialogar con estos hombres y mujeres de nuestro tiempo. ¿Cómo podemos hacernos sus compañeros de camino, según el gran icono de Emaús? ¿Cómo acercarse, cómo compartir penas y alegrías, preguntas, dudas y visiones sobre el futuro? Estoy convencido de ello: los buscadores tienen mucho que enseñar a los demás: pueden traer vida, fecundidad, pueden reanimar ese 'tesoro escondido' evangélico. Pienso en un 'foro de buscadores' (haciendo eco del 'patio de los gentiles'): iniciativas y espacios para la escucha y el debate libre y franco, en igualdad de condiciones, donde los demás también puedan compartir con los buscadores lo que la fe cristiana les ha donado a ellos. 

Pero aquí también es necesario renovar los lenguajes, tanto los verbales como los del culto: es inevitable, si queremos hacernos entender y comprender, abandonar fórmulas heredadas que dicen poco a los contemporáneos, que huelen a autorreferencialidad y cierre, a pereza y cansancio, cuando no a superstición. 

La pandemia nos ha demostrado que la red de internet debe estar habitada. Pero también en este caso no solamente por maestros que saben, sino por personas en movimiento, en búsqueda. Con demasiada frecuencia no nos preguntamos: ¿qué le estamos comunicando a los buscadores? Cuando proponemos conferencias y cursos de formación sobre diversos temas en los que intervienen sólo sacerdotes, o sólo hombres, quizás con una sola mujer para 'pacificar la conciencia', ¿qué idea de Iglesia estamos dando? ¿La forma en que nos comunicamos y lo que hacemos son acordes con el Evangelio, son comprensibles o son sólo una expresión de autorreferencialidad, apego al poder, miopía, hipocresía? En definitiva: ¿anunciamos el kerigma o la forma que adoptó en nuestro pasado? 

Evitemos la superficialidad de la comunicación y del contenido: ya no debemos refugiarnos en la gramática del "dios banal" o del "dios tapa-agujeros" (Dietrich Bonhoeffer) que proporciona respuestas inmediatas a las grandes preguntas de la vida: ¿cuánta tristeza generan los grupos que hablan todos de la misma manera, con el mismo vocabulario, las mismas imágenes, y que proponen el mismo razonamiento? ¿Cuánta falta de confianza en la razón y en la libertad de pensamiento (y por tanto en el Espíritu) revelan los lemas identitarios que tranquilizan, ocultando el latido complejo y difícil de los seres humanos? 

Y al mismo tiempo, ¿cuánto tiene que decir todavía hoy la parroquia si se concibe sobre todo como una comunidad de hermanos y hermanas donde cabe la diversidad, toda ella legítima si está evangélicamente inspirada y humanamente fundamentada, donde hay misericordia y silencio, atención y fortaleza, relaciones de igualdad y compartir, especialmente en años de soledad, de individualismo, que agota las vidas sin proporcionar consuelo y calor humanos? Así pues, alejémonos de las tranquilizadoras opciones y hagámonos capaces de opciones más valientes. 

Estamos finalizando el primer cuarto del siglo XXI, después de una pandemia que no ha dejado el mundo como estaba antes, ni siquiera en el campo de la fe cristiana. Es un tiempo propicio para repensar con valentía nuestra vivencia de la fe cristiana, el rostro que quiere asumir la comunidad cristiana para seguir dando testimonio del Evangelio, palabra buena ayer, hoy y mañana; también podemos como cristianos vivir en armonía y con discernimiento los años que estamos atravesando, en las contradicciones y riquezas del posmodernismo o tardomodernismo, mientras se habla cada vez más de posthumanismo (y de poscristianismo). 

Hoy también, conviene recordarlo, seguimos llamados a poner en circulación nuestros talentos: enterrándolos encontraremos siempre el reproche del propietario y nos perderemos a nosotros mismos. 

"El Hijo del hombre, cuando vuelva, ¿encontrará todavía fe en la tierra?". Se trata de la fe, no lo que de fe se ha convertido en inercia, en religión... confundiendo medios y fines, y convirtiendo una forma histórica -la iglesia tridentina- en una forma absoluta y, por lo tanto, perenne en el transcurso de los siglos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Juegas al ajedrez, ¿verdad?

Juegas al ajedrez, ¿verdad? Un título 'extraño' para una reflexión que trata uno de los temas más delicados, dramáticos y controvert...