martes, 21 de enero de 2025

Sobre la parroquia: siete puntos críticos.

Sobre la parroquia: siete puntos críticos 

Estamos en una época de cambios profundos; de hecho, como ha dicho varias veces el Papa Francisco, vivimos en un "cambio de era" más que en una "era de cambio". Desde el punto de vista eclesial, la parroquia es terminal de muchos fenómenos: siente, sufre y vive numerosos y profundos cambios, lo que demuestra la necesidad de algunos puntos cruciales de replanteamiento. Hoy la parroquia necesita cuidados, renovación y valentía. Basta hablar con los sacerdotes y laicos comprometidos, basta con vivirlo un poco para tener inmediatamente una idea de cuán profundo es el 'derrumbe' de la parroquia en el siglo XXI. 

Este 'derrumbe' merece alguna atención: «La comunión eclesial, aunque siempre tiene una dimensión universal, encuentra en la parroquia su expresión más inmediata y visible: es la localización última de la Iglesia, es en cierto sentido la Iglesia misma quien vive entre las casas de sus hijos e hijas" [Christifideles Laici, 26]. Además, es (o debe ser) "una presencia eclesial en el territorio, un ambiente de escucha de la Palabra, de crecimiento de la vida cristiana, de diálogo, de anuncio, de caridad generosa, de adoración y de celebración" [Evangelii Gaudium, 28]. 

Sin embargo, la parroquia, a la que se le reconoce un papel tan decisivo en la transmisión de la fe, se encuentra en una profunda crisis; por ello debe ser protagonista de una verdadera reforma: «debemos reconocer que la llamada a la revisión y renovación de las parroquias aún no ha dado frutos suficientes para que estén aún más cerca de la gente y sean espacios de comunión viva y participación, y que se orienten plenamente hacia la misión" [Evangelii Gaudium 28]. 

Ha habido intentos de cambio, es cierto; intentos, sin embargo, muy localizados, vinculados a un párroco, a un grupo de laicos, a algún obispo con visión de futuro. 

Toda hipótesis de solución, o todo intento de renovación, debe tener el coraje de una mirada sincera. Es decir, debemos partir de la realidad y probar nuevos caminos desde allí. En caso contrario las actuaciones de reforma sólo afectarán a la superficie, sin tocar la sustancia. También porque -premisa necesaria- la parroquia es un organismo estático que a menudo avanza por inercia, fuertemente conservador y refractario a cambios profundos. 

Sin embargo, si leemos atentamente, no podemos hablar de una sola crisis parroquial: hay muchas crisis que afectan a las comunidades parroquiales. Yo he identificado al menos siete y creo que, si bien quizás ninguna comunidad las tenga todas, ciertamente es muy raro encontrar una parroquia que no tenga al menos una de ellos. Voy a enumerarlas, abriéndome a la discusión sobre otras crisis en la parroquia y reservando un espacio para una hipótesis de reflexión y de trabajo. 

1. La parroquia vive una crisis de fe: si la fe hoy está atravesando profundas transformaciones, es inevitable que todo esto se extienda a la parroquia. En ella sobrevive mucha religión, pero cuesta ver una buena propuesta de vida de fe para el siglo XXI. Entre las tensiones del pasado siglo, y aquellas tridentinas y conciliares, la parroquia lucha por hacer suyo el seguimiento de Cristo de una manera viva, interesante y humana. Atrapada entre múltiples presiones, es incapaz de centrar el kerigma de manera convincente en sus propuestas y actividades. La parroquia es incapaz de hacer vivir la fe más allá del culto y del rito que a menudo se prolongan con cansancio. Reavivar las liturgias y las oraciones, dar espacio al silencio, escuchar la Palabra, superar devociones que ya no son elocuentes para los creyentes del tercer milenio parecen objetivos difíciles. Es necesario reavivar el fuego de la fe, teniendo la valentía de renunciar a mucho, por el único necesario: Cristo. 

2. La parroquia vive una crisis de personas: los fieles están disminuyendo cuantitativamente. Cada vez acude menos gente a las actividades. Menos personas significa también menos voluntarios, menos disponibilidad para llevar a cabo actividades que son herencia de otros tiempos y otras cifras, y la consiguiente "sobrecarga" de compromisos para los pocos que quedan. Pero también hay una crisis que – quizá podemos admitirlo - afecta a la "calidad" humana de quienes asisten a la parroquia. No es raro que se convierta en el lugar donde se manifiestan frustraciones, pequeñas luchas de poder, concepciones de propiedad que a menudo tienen evidentes debilidades humanas, que otros deben pagar. Puede suceder que los voluntarios rechacen a otros voluntarios, en una especie de extraña competencia que absorbe vidas personales caracterizadas por un profundo malestar. 

Puede suceder que mujeres y hombres libres e inteligentes, emprendedores y valientes, formados y capaces sean empujados a los márgenes, o se alejen espontáneamente porque ya no se sienten "en casa". Hay un exilio silencioso de cristianos de la parroquia que empobrece la misma comunidad de rostros, historias, carismas, diálogos, etc. Es un exilio que transforma la parroquia en una fortaleza identitaria, muy resistente a quienes no se reconocen en la línea dominante, a menudo indicada por el clero. A todo esto hay que añadir la cuestión de la edad: la hemorragia de jóvenes es una realidad, la edad media de los feligreses es elevada, hasta el punto de que uno se pregunta qué pasará en el futuro próximo. 

3. La parroquia vive una crisis de pensamiento: menos personas significa también menos mentes pensantes, menos figuras capaces de leer los signos de los tiempos y desarrollar un pensamiento para hoy. Pero una crisis de pensamiento significa también un progresivo empobrecimiento cultural e intelectual de la parroquia: cada vez se invierte menos en cultura, en una formación adecuada, en propuestas significativas, en conformarse con lo gratuito, con lo que hace el "voluntario de turno", con lo que "le agrada" a la gente. Parece difícil trazar un camino que toque la razón y nos ayude a vivir el siglo XXI con conciencia, más allá de fórmulas rancias y retóricas vacías que nos hacen sonreír o, peor aún, ahuyentar a hombres y mujeres, creyentes o no creyentes, que en cambio tienen herramientas culturales más sólidas. Además, será innegable comprobar que la crisis de pensamiento se convierte en una crisis de formación, que afecta tanto al clero como a los laicos. ¿Cuántas veces basta hojear un boletín parroquial, escuchar algunas homilías para comprender cómo crece la esterilidad del pensamiento y del estudio, la falta de investigación y de agudeza? Me acuerdo del consejo que Jean Guitton recibió de su madre: "Si quieres ser cristiano, tienes que ser inteligente". Lo cual no significa despreciar la sencillez. Sin embargo, significa tener conciencia del mundo y de sus fenómenos, evitando el descuido y la superficialidad. Significa entrar en un diálogo fructífero con el mundo, evitando musculaturas identitarias anacrónicas que a menudo no son más que miopía intelectual. También significa acoger el disenso, la crítica y el conflicto, para que sean leídos como momentos de crecimiento y no como crímenes de lesa majestad. Que la cultura ha desaparecido de demasiadas agendas parroquiales y diocesanas lo demuestra el hecho de que quizá algunas diócesis no tengan un vicario ni una oficina que se ocupe de la cultura. 

4. La parroquia vive una crisis de estructuras: fruto de un pasado de movilización, lealtad y generosidad, las parroquias hoy poseen bienes materiales y estructuras desproporcionadas con el número de personas que las frecuentan y los fondos que recaudan. Estas estructuras son a menudo antiguas y necesitan renovación: signos de belleza artística, de preocupación educativa, de caridad activa. Hay un patrimonio que necesita atención y que requiere recursos y habilidades que la comunidad ya no puede satisfacer. Entre restauraciones, deudas, limitaciones regulatorias, las estructuras son hoy a menudo una carga cuyo uso es difícil decidir, entre nostalgias, dolores y dudas legítimas. 

5. La parroquia hoy vive una crisis de comunicación. Acostumbrada desde hace mucho tiempo a ser la única realidad capaz de desarrollar eficazmente propuestas integrales (desde la educación hasta las actividades recreativas, desde la caridad hasta la cultura), hoy se encuentra compitiendo con instancias y organismos mucho más capaces de comunicar, porque son capaces de interceptar a las generaciones jóvenes o de mejorar las competencias profesionales, oscureciendo así el canal de comunicación parroquial. Un ejemplo bastará también aquí: en la era de Internet, muchas parroquias no tienen un sitio web, o si lo hay, puede suceder que no esté actualizado. La parroquia lucha por comunicar sus actividades, incluso cuando son interesantes y creativas, prisioneras de la superficialidad que roza el kitsch o el anacronismo extremo, como si estuviéramos atrapados en los años 70 u 80. La lucha por comunicar es también consecuencia de un problema lingüístico: la gramática y el léxico provinciano muchas veces ya no significan nada para el hombre de hoy, no se vuelven elocuentes ni comprensibles. En el momento de la comunicación, la parroquia todavía tiene buenas noticias, pero ¿cómo comunicarlas a la gente, ahora mayoritaria, que vive fuera del 'círculo eclesiástico'? 

6. La parroquia vive hoy una crisis de credibilidad, debido a escándalos, hipocresía, robos y a una no eficiente gestión. Ciertamente no es un fenómeno que afecte a la mayoría, sabemos que el mal hace más ruido que el bien, pero no podemos negar que los escándalos, desde los más graves con consecuencias criminales (ver pedofilia) hasta los más privados (a menudo vinculados a la conducta de los consagrados o de los laicos más clericales) han socavado la credibilidad de la parroquia en el mundo actual. Purificar la memoria, pedir perdón, admitir culpas y responsabilidades, actuar con transparencia han sido y son acciones necesarias. Debemos saber que la confianza se pierde fácilmente, mientras que se recupera con mucho tiempo, mucha humildad y mucha paciencia. 

7. La parroquia vive hoy una crisis de identidad, a menudo resultado de crisis anteriores. En el siglo XXI, ¿qué quiere ser la parroquia? ¿Proveedora de sacramentos? ¿Comunidad resignada de supervivientes nostálgicos de la antigüedad? ¿Agencia social y caritativa? ¿Grupo autorreferencial de conocidos y amigos? ¿Centro para personas mayores? ¿…? Hay una identidad que hay que reconstruir, entre renuncias sanas (y probablemente dolorosas), apertura, coraje y complejidad o dificultad. La inercia, las contradicciones, los dolores son signos de una comunidad en busca de sí misma. Sin saber quién es, privada de la guía de un clero cada vez más viejo y menos disponible, debe desarrollar una nueva identidad a partir del bautismo mientras quizá no sabe ya qué decir al mundo. 

He enumerado siete puntos críticos en la parroquia, siete nudos por desatar, con diálogo, debate, reflexión, innovación, escucha del Espíritu… discernimiento. Siete puntos de donde partir para evitar que nos cierren en el cenáculo por miedo al mundo, o con la ilusión de que el mundo busca algo de o en la parroquia. No, hoy el mundo demuestra que sabe vivir, incluso muy bien, sin la parroquia. Si hoy en la parroquia ya no tenemos una experiencia significativa para la vida y, por tanto, para la fe, corremos el riesgo de ser la sal que ha perdido su sabor. Y queda la pregunta evangélica: ¿con qué se salará? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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