Sobre la Teología de la Sinodalidad: la sinodalidad es la dimensión de la Iglesia, o la Iglesia es sinodal o no es Iglesia
La invitación del Papa Francisco a realizar una teología de sinodalidad, yo creo, se sitúa en un desafío de pensar la fe en la escucha de la Palabra de Dios y los signos de los tiempos.
El teólogo no puede conformarse con lo ya dicho, porque escuchar la voz de Dios -siempre antigua y siempre nueva- nos lleva a reflexionar sobre el contenido mismo de la fe, teniendo presentes los signos de los tiempos, el grito de la humanidad, la voz de los sin voz, la voz de nuestro tiempo para repetirla de modo que suscite atracción por Alguien ya presente en nosotros, aunque su presencia no siempre sea descubierta y aceptada. Para realizar esta tarea es necesaria la escucha, pero también el diálogo y el discernimiento.
Un claro ejemplo de este proceso lo encontramos en Hechos de los Apóstoles 17. Cuando llega a Atenas, el apóstol San Pablo tiembla dentro de sí, pero vence su primer sentimiento y sale, va a buscar a los creyentes en Dios y a los no creyentes, todos. Escucha y consigue así despertar el deseo -y quizás incluso la curiosidad- de saber lo que ha venido a anunciar. San Pablo pudo captar algo sobre los atenienses: son muy religiosos. Y encuentra un punto de encuentro: les anuncia el Dios desconocido que ya es adorado en Atenas. Sin embargo, Pablo no cae en el sincretismo, porque no se trata de adaptar el anuncio a lo que se quiere escuchar. Y de hecho se encuentra con una dificultad. Cuando anuncia la Resurrección de Cristo, algunos se ríen de él, otros no le creen, pocos lo siguen. Es un proceso interesante. Para encontrar el punto de encuentro es necesaria la escucha, el diálogo y el discernimiento.
En este horizonte, ¿qué es realizar una teología sinodal? Esto presupone crear una teología donde estén presentes la escucha, el diálogo y el discernimiento. Superar el individualismo. La teología sinodal no tiene miedo de reflexionar, incluso a riesgo de equivocarse, pero sabiendo que juntos queremos encontrar el mejor camino para profundizar y expresar la fe.
El Papa Francisco, en Veritatis Gaudium, ofrece cuatro criterios fundamentales para la renovación de los estudios teológicos y añade una dimensión que está presente en un verdadero proceso de sinodalidad: abordar el conflicto. No es fácil, pero una teología sinodal debe abordar necesariamente lo que es diferente e incluso contradictorio. Y aquí son aún más necesarios la escucha de la Palabra, la apertura al Espíritu y el discernimiento. Si los contrastes y las dificultades se viven con espíritu eclesial, conducen a la conversión. Por eso, a los cuatro principios señalados en la Veritatis gaudium, me atrevo a añadir un quinto: la conversión, la capacidad de salir de nosotros mismos y darnos la posibilidad de renovarnos. No se trata de seguir la última moda, sino de dejarse guiar por el Espíritu.
Quizás se trate de comprender que la investigación teológica no se hace sólo en la biblioteca, sino que debe poner en contacto el trabajo más arduo con la escucha y el diálogo más "actuales". De lo contrario la teología será estéril, como ha ocurrido en algunos momentos de la historia. Estoy convencido de que la teología presentada en este diálogo ofrece siempre elementos válidos para el futuro.
Ya en octubre de 2015, en la conmemoración del cincuentenario de la institución del Sínodo de los Obispos por el Pablo VI, el Papa Francisco había afirmado que "el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio". Este documento pretende ofrecer las razones teológicas de esta audaz declaración programática, en la que la sinodalidad se presenta como una "dimensión constitutiva" de la Iglesia. Para justificar esta afirmación, el estudio cita en primer lugar las expresiones de san Juan Crisóstomo cuando presenta a la Iglesia como Pueblo de Dios que camina unido (syn-odos), como asamblea convocada para alabar a Dios como “un coro, una realidad armoniosa donde todo se mantiene unido (sys-thema)” y quienes la componen convergen en un mismo sentimiento. El término griego synodos se traduce al latín con el término synodus o concilium, que, en uso profano, indica una asamblea convocada por autoridad legítima. Sólo en las últimas décadas se ha llegado a utilizar un sustantivo que se define como "sinodalidad". En el marco de la eclesiología del Pueblo de Dios del Concilio Vaticano II, el término pretende indicar el modus vivendi y operandi de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza concretamente su ser comunión en el caminar juntos, en la reunión en asamblea y en la participación activa de todos sus miembros en la misión evangelizadora.
Para buscar las fuentes normativas de la sinodalidad, los autores se remontan a la llamada de Abraham (cf. Génesis 12, 1-3), interpretada en términos de "convocación". La convocatoria de Abraham, y luego del Pueblo de Dios en el desierto, se convierte en la forma original en la que se manifiesta la convocatoria sinodal del Pueblo de Dios. La Pascua de Jesús hace posible vivir y caminar juntos en la vida nueva del Espíritu, cuya fecundidad atestiguan los escritos del Nuevo Testamento. La galería de los Padres muestra el desarrollo de la práctica sinodal en el primer milenio, señalando cómo la sinodalidad se despliega desde el comienzo como garantía y encarnación de la creatividad y la fidelidad de la Iglesia a su origen apostólico y a su vocación católica.
Los fundamentos teológicos de la sinodalidad se remontan al misterio de la Iglesia como forma de participación en la vida de comunión trinitaria, como se afirma en los primeros números de Lumen Gentium (nn. 2-4): En el ejercicio de la sinodalidad la vocación de la persona humana a vivir la comunión que se realiza, mediante la entrega sincera de sí, en unión con Dios y en unidad con los hermanos y hermanas en Cristo.
Pero esto sólo es posible gracias a la acción del Espíritu que obra en los corazones. La raíz sacramental de la sinodalidad se encuentra en la Eucaristía: La sinodalidad tiene su fuente y su culminación en la celebración litúrgica y de forma singular en la participación plena, consciente y activa en la sinaxis eucarística. En la Eucaristía, como fuente y paradigma de la comunión, se plasma lo que el texto define como "afecto sinodal", condición necesaria para todo ejercicio de discernimiento. La dimensión sinodal es constitutiva, en cuanto expresión de la eclesiología de comunión al servicio de la misión: la vida sinodal da testimonio de una Iglesia compuesta de sujetos libres y diferentes, unidos en comunión. Es una Iglesia “participativa y corresponsable”, cada uno según su propia vocación y con "una distinción de tareas en la reciprocidad de la comunión". Se trata de una manera de entender la autoridad como servicio y de participar en la formación de decisiones con espíritu de docilidad.
El Papa Francisco utiliza dos imágenes para indicar el caminar juntos en la Iglesia: respirar y caminar. El aliento y el paso sinodal revelan lo que somos y el dinamismo de comunión que anima nuestras decisiones. Se desprende claramente que la figura de la "sinodalidad" no es "inédita" en la historia de la Iglesia, especialmente en su historia más reciente. El Concilio Vaticano II ilustró ampliamente la vocación sinodal del Pueblo de Dios, que podemos definir como el "aliento" eclesial.
Ahora se trata de concretar el "paso", iniciando aquellos procesos que intentan lograr la continua conversión teológica y pastoral de la Iglesia, superando las prácticas que expresan una comprensión de la Iglesia no renovada por la eclesiología de comunión, como como concentración de la responsabilidad de la misión en el ministerio de los pastores; la insuficiente valoración de la vida consagrada y de los dones carismáticos; la escasa valorización de la contribución específica y cualificada de los fieles laicos y entre ellos de las mujeres. Sólo así la "respiración", invocada proféticamente por el Concilio Vaticano II, encontrará una concreción eficaz también en el "caminar" juntos de la Iglesia del tercer milenio.
En los últimos tiempos eclesiales hemos contemplado y usado diferentes lenguajes para superar la drástica distinción entre la Iglesia docente -el Papa y los Obispos- y la Iglesia aprendiz -el Pueblo de Dios- llamado a obedecer. El que tiene la prerrogativa de saber ya a priori por obra del Espíritu Santo, y el que en cambio debe simplemente obedecer, como es propio de los súbditos.
La sinodalidad habla de "colaboración"… pero sobretodo habla de "corresponsabilidad", reconociendo los carismas y ministerios de cada uno con los que construir la Iglesia y contribuir a realizar su misión hasta los confines de la tierra. Y sin embargo, desde la colaboración-corresponsabilidad, la eclesiología y el propio magisterio avanzan hacia la "comunión" como categoría que unifica teológicamente el aporte indispensable de cada bautizado, y dentro de la especificidad del don del Espíritu recibido: el Papa y los obispos, los sacerdotes y los diáconos, los religiosos y religiosas y todo tipo de vida consagrada, los laicos, las asociaciones y los movimientos...
Una "comunión" que no puede sigue siendo rehén de lecturas psicológicas, emocionales y sociológicas, pero que se refiere a diversas ideas bíblicas y teológicas. Por un lado tenemos como referente específico la Trinidad y por otro la realidad socio-antropológica del Pueblo de Dios, con el necesario examen de los componentes ministerial y carismático, que ciertamente remiten al Espíritu y a Cristo pero que también en gran medida subrayar el componente humano y cultural, quizás bajo la égida de los "signos de los tiempos".
Sólo con una "cristología de comunión" podremos evitar la deriva de lecturas parciales y unilaterales para permanecer abiertos al protagonismo del Espíritu Santo en cada fase del ser y de la acción eclesial. El Espíritu es el "factor" tanto de la comunión de los bautizados con Dios, como de toda la comunidad con Dios, y también de la comunidad interior y exterior, de la misión, de toda la humanidad.
“Colaboración” – “corresponsabilidad” – “comunión” si se releen continuamente a partir de la Palabra de Dios empujan en la dirección de la “sinodalidad” que es la clave para expresar la auto-comprensión de la Iglesia hoy: la sinodalidad es la dimensión de la Iglesia. O la Iglesia es sinodal o no es Iglesia. La sinodalidad es la petición apremiante del magisterio del Papa Francisco y es el objeto de la petición del Papa Francisco a la Comisión Teológica Internacional de desarrollar una Teología de la Sinodalidad.
El protagonista de la sinodalidad es el Espíritu Santo que nos sostiene a partir de la Palabra de Dios y despliega la complejidad de la Iglesia articulándola con sus ministerios y carismas: su identidad, su sentido de ser sigue siendo la evangelización y la unidad y la fraternidad que pertenecen a la misión de la Iglesia. Y el objetivo es la comunión personal de cada uno con Dios pero también la realización de la comunidad fraterna de discípulos -la Iglesia evangelizadora y la Iglesia que celebra el Misterio del Amor de Dios- y la fraternidad-hermandad universal.
La Iglesia sinodal de la que hablamos requiere un estudio en profundidad del papel y de las formas de ejercicio de la autoridad, pero también de las responsabilidades particulares que corresponden a los Christifideles en virtud del bautismo y, por tanto, del sacerdocio bautismal que configura a Cristo como rey, sacerdote y profeta.
El "caminar juntos" que establece la sinodalidad exige el reconocimiento de la contribución particular de cada uno, en virtud de los dones del Espíritu. El atrincheramiento en las especificidades de cada individuo, con un estilo sindical exigente y conflictivo, puede llevar a definir con precisión roles y tareas, pero al final degrada a la comunidad en una división de poderes, en un nuevo clericalismo, a menudo denunciado por el Papa.
La sinodalidad es reiterar y relanzar la dimensión evangelizadora que pertenece a todo el Pueblo de Dios y que no puede reducirse al ministerio de los sacerdotes ni al carisma de algún Instituto de Vida Consagrada. Tampoco a una teología del laicado que reivindique su propio espacio, sino siempre en una lógica de división.
El concepto de toda la Iglesia llamada a salir a las periferias a evangelizar (EG 46) implica la conversión de la colegialidad "aristocrática" a la sinodalidad "popular": en ella cada bautizado asume la responsabilidad de llevar el Evangelio dentro de la realidad de este mundo secularizado. Toda la familia humana es destinataria del anuncio del gran plan de amor del Padre que nos entrega a su Hijo en la Cruz y que nos permite caminar de ahora en adelante en su Espíritu de amor y unidad fraterna.
Como en cualquier otra época, nos enseña la historia de la Iglesia, es posible que también nosotros tengamos retrasos o que tengamos que rectificar formas e incluso doctrinas, pero éste es un desafío, tan crucial como apasionante, como cristianos dentro de esta época. Quienes se asoman a la ventana con nostalgia, quienes simplemente repiten fórmulas sin preocuparse de no decir nada al corazón de los hombres de hoy, se condenan a priori a la irrelevancia o a convertir la fe en folklore de museo.
La sinodalidad puede ser la dinámica de una Iglesia que se pone de pie, porque todos redescubrimos que somos llamados por el Espíritu a hacernos signo, a ser sacramento -por el bautismo, uno de los dos ‘sacramentos mayores’- de un Dios cercano, de un Dios de Misericordia, de un Dios que quiere la salvación de esta humanidad frágil y náufraga.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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